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sábado, diciembre 3, 2022

El turista que no queremos

Viajas al caribe para nadar con delfines y subes tu foto al Facebook, casi en tiempo real, para que te envidien en presente, pasado y futuro. Le gritas en silencio a todo el mundo que la naturaleza es única y que los pequeños cetáceos son como ángeles del agua. Luego llegas a tu hotel y pides mojito cubano, ron dominicano o chilcano peruanazo. Brindas por semejante contacto con la vida y entonces eres feliz.

Y ahí estás, alcahueteando el atardecer en Punta Cana o Varadero, con tu trago en la mesa y tu celular en la mano, jactándote que tu foto tuvo más atención que las de tus amigas. Revisas quienes le dieron me gusta, me encanta o me sorprende y sueltas una sonrisa burda. Trescientos likes es un récord que merece celebrarse y entonces tomas otra vez. Acercas tu boca al pitillo, al maldito sorbete puesto ahí para evitarte la fatiga de poner tus labios sobre el vidrio. Para que, como homínido en trance, muevas y remuevas el sorbete hundido en el licor y tus miserias.

Te vale madre saber que al año muere un millón y medio de aves, peces, ballenas y tortugas por desechos plásticos vertidos al mar tras esos brindis obscenos. Te suena ancho y ajeno que cincuenta millones de cañitas se arrojen al mar todos los días en los EEUU. Total, al trópico volverás recién el próximo verano.

Como no tienes para irte al caribe dos veces al año, tu selva peruana es siempre un buen antídoto para sobrevivir al espanto de vivir muriendo en la ciudad. Entonces ves ofertas de la aerolínea que se burla de la Sunat y le avisas a tu gente que “ya vuelta”. Que te vas a Tarapoto (no sabes que existe San Martín) a pasarla como rey o princesa. Y entonces llegas y pides café que deforesta, te comes tu chocolate devorador de montañas, te limpias la boca luego de engullirte chonta que asesina palmeras. Llamas al mozo y pides el trago más exótico, más caliente y más chévere para tu nuevo post. Necesitas destilar envidia, urges de esa cuota de atención que te es esquiva en tu combi limeña, en tu tren y su anaconda de cemento.

Y ahí estás de nuevo, sorbiendo tu trago, empachado de orgullo y etiquetando compañeros de trabajo con cts más enana que la tuya. Comentas que la selva es increíble, que su clima es excepcional, que su gente es amable, que su comida es sabrosa y que sus lagunas, cochas, ríos, montañas y cataratas son “alucinantes brother”. Pones #JunglaPeruanaPone en tu estado de redes y te ríes con la ignorancia supina de un asesino en serie.

Te despiertas temprano para ver el amanecer en las quebradas de Moyobamba. Pides más cecina al mozo que no sabes que es awajún (ni te importa, claro). Preguntas a qué discoteca van las mujeres más hermosas y en dónde puedes tomarte fotos con osos perezosos, culebras gigantes y monos raros, de esos que no encontraste en la gran prisión del Parque de las Leyendas.

Te emborrachas en la noche cantando cuerpo de sirena y afanando mocosas con mucha pose y poco talento. Al día siguiente te vas y ya casi lo tienes todo, pero como esto es «la jungla», un destino «salvaje”, el patio trasero del Perú, le preguntas al moto taxista (no dices moto carrista) dónde venden marihuana y otros menjunjes. Si te puede llevar el mejor lugar para la foto del recuerdo.

Ya en Tarapoto, a pocas horas de tomar tu vuelo que te conectará con tu cotidianidad de asfalto y apariencias, ves que en la plaza hay unas letritas de colores como las de Cancún o Punta Cana. Pagas tu derecho para salvaguardar la memoria y te montas en el avión.

Revisas tu correo y reparas que tu jefe te pide nuevamente el informe que hace una semana debías presentar, chequeas que Claro te da hasta el viernes para pagar tu celular, que mañana habrá paro y tendrás que llegar en taxi a la oficina. Pero no importa (te dices, para creértelo tú mismo) que para eso trabajas. Para tener vacaciones alucinantes y días de ensueño. Que vale la pena sacarse la mugre meses para vivir estos días en la selva.

Ya en Lima vuelves a pedir tu frappuccino en Starbucks, como un homínido sin remedio. Le tomas foto y desvirgas el empaque del sorbete. Y otra vez sorbes el líquido y te sientes feliz. Prometes volver el próximo año a Tarapoto. «En 350 días hablamos», susurras a tu cerebro. A esa morra que no entiende que aquí no eres bienvenido.

Que en la amazonía no queremos turistas de cambalache. A ti te importa madre como contaminas y sigues engordando con tus parrillas de fin de semana con carbón de algarrobo o quinilla, el vil negocio que castra especies. El destino no te quiere, entiéndelo. Como tampoco quiere a los empresarios obesos que lucran en la selva, infectando sus ecosistemas y aplaudiendo cuando se rellena un barranco o se anuncia una nueva carretera.

La selva no necesita de gente ni cariño de oropel. No se merece falsos emprendedores turísticos, restaurantes malditos que empacan sobras en tecnopor, autoridades genuflexas. La amazonía se respeta y no basta haber nacido aquí para entenderla y amarla. El corazón no sabe de partidas de nacimiento. Y tú lo sabes.

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