martes, agosto 9, 2022

Infierno en las palmeras

crónicas y maldiciones
David del Águila Quevedo
http://infiernodepalmeracruda.blogspot.com/

Rosario baila. Tiene que bailar porque la vida corre frenética a su alrededor. Doce amigos a su lado, los acaba de conocer esa misma noche. Como en una sartén eléctrica todos saltan y sudan. Rosario sueña con ser amada y que le inviten un trago aunque no sepa beber. Desea contagiarse por esa energía que a todos parece llenarles la vida. Entre el humo artificial, ve que ya tiene un cóctel en la mano. Bastante color tiene, divertido, se lo bebe a sorbitos. Un muchacho le besa el cuello, le murmulla cosas y quiere besarla. Ella enrojece, lo evita y busca la mirada cómplice de su amiga de toda la vida que la acompaña esta noche. No está. No. Sí está.

Un tipo que parece extranjero la tiene contra la barra, se frotan y retuercen en besos borrachos. Rosario se siente abandonada. Escapa del chico que la intenta besar. Busca su cartera, va hacia Jime, su amiga de toda la vida a quien le comen la boca, y le dice que es mejor que se volvieran ya a casa. Mi papá se va a molestar. Que mañana hay trabajo del colegio. El gringo le toma de la cintura y le dice: Tranquila. Tal como lo pronuncia, parece que es lo único que sabe decir en español.

Jime parecía tampoco hablar español, ni entenderlo ni importarle. Te espero afuera, grita Rosario. Sale de la disco con el sinsabor de la juerga perdida. Aunque siente un triunfo interno, no la jodió. Y rosario espera. Cinco minutos. Diez. Jime ni la manada aparecen. Llama al celular. Se cansa ya de estar parada en el estacionamiento. Hay chicos que la miran, le tratan de sonreír. Al otro lado ladra un perro y piensa en Puki, su cachorro. ¿Papá le habrá dado de comer? Qué tal si lo dejó en la calle. A veces se olvida de hacerle pasar. Van a atropellar a Puki. Rosario toma a Puki como excusa para irse de una vez. Camina unos pasos y vomita. Fue más de un trago tricolor. Llegan los motocarristas. Llegan como sombras a cundirle, encerrarla. La llenan de preguntas de su paradero. La arrinconan. Le silban. Le dicen, qué pasa mamacita rica. Quiero ir a mi casa. A la Jorge Chávez, cuadra… Cuando menos se dio cuenta, ya se había embarcado en un motocar. Recorre a toda velocidad la ciudad de las palmeras. Ella casi dormida. Le ha venido de golpe el alcohol a romperle la conciencia. Postes de luz, casas, motos y gente. Postes de luz, casas y poca gente. Postes de luz, casas y nada de gente. Postes de luz, sin casas. Pocos postes de luz, descampado. Rosario, por aquí no es tu casa.

Cuando se da cuenta le tapaban la boca. Otro motocar parece salir de la maleza. Ahora eran tres sombras sacándole el vestido. Tres sombras riendo, putita te va a gustar, si nos muerdes te matamos aquí nomás, mierda. Durante una hora o dos, Rosario perderá la conciencia y la despertarán con cachetadas. Le abrirán la boca, le embarrarán el cuerpo. Por favor, quiero dejar de sentir. Todavía hasta allí llegaba el ruido de la discoteca.

Ahí sobre la hierba, la niña mancillada, por donde las sirenas ni los silbatos policiales tienen eco. Los monstruos en sus máquinas se irán. Rosario vivirá para querer morir. Dejará el colegio. Le temerá al abrazo. Entrará en pavor cuando alguien respire en su nuca. Su papá llorará en la comisaría, llorará frente al fiscal, se encadenará, dejará de comer, pero nada será resuelto. Papá evitará que se desangre en la ducha. Papá evitará que se tome diez pastillas en un vaso de gaseosa. Mientras en la ciudad de Tarapoto seguirá la fiesta interminable. “

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