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domingo, abril 21, 2024

Radiografía de una verdad

En la región San Martín los principales problemas de salud están relacionados a desnutrición infantil, anemia, enfermedades diarreicas agudas e infecciones respiratorias agudas, pero el gobierno regional está empecinado en acabar su gestión entre aromas de chanchito al palo y juanes de rellenos innovadores.

La gente sigue prendiéndole velitas misioneras a la virgencita para que el nuevo hospital deje de ser un elefante blanco, pero las autoridades continúan inaugurando carreteras y saneando terrenos con títulos de propiedad express.

Basta darse una vuelta por Tarapoto, Moyobamba, Rioja, Nueva Cajamarca o Juanjuí para entender parte del problema ahondado por las olas migratorias en la región. El principal enemigo de la salud es el hábito de consumo. La gente come demasiada grasa, mucha carne (incentivando la industria cárnica que deforesta), toma gaseosa en cantidades industriales y cena atún con fideos.

Para desayunar un juguito en el mercado y al medio día, cuando el sol golpea con inmisericordia, cocos para refrescar la garganta. Ambas acciones desatan un virus: miles de cañitas van a terminar en ríos y lagunas por un gusto absurdo de sorber el extracto y mover el plástico dentro del vaso mientras se habla de lo mal que anda el mundo por el calentamiento global.

Cero conciencia ecológica. Pero la culpa no es de los chicos, más bien es de los grandes que han fracasado por enésima vez. De las autoridades que no han podido meter en la currícula cursos sobre conservación para que los niños cambien de chip y cuando sean grandes no sean como tú. Sí, como la mayoría de san martinenses enfrascados en una lucha absurda. Que si mejor es Moyobamba, que si mejor es Tarapoto. Pamplinas. Ni la una ni la otra.

En ambas ciudades la basura campea, los estudiantes manejan motocicleta sin casco, los policías se adelantan la luz roja porque son vivazos y la circulina es de ellos y los ingenieros (aquí a todo el mundo le dicen “inge”) parquean donde quieren. Las amas de casa brindan con sorbetes de plástico, van al gimnasio y luego piden pollito a la brasa en tecnopor. Los niños arrojan los empaques de sus chocolates orgánicos al suelo (también orgánico) y las autoridades hacen compras domésticas en el carro oficial.

En San Martín se aplauden a los glúteos más anchos y ajenos. Se corona hombres vestidos de mujer y voz de niño. En la región creen que mostrar en televisión las miserias es chévere. Por eso alzan sus botellas de RC (rompe calzón) o el Siete veces sin sacarla. Sonríen y un diente de oro se ve brillando. Para la mayoría es bacán que todo el país vea a la selva como el aeropuerto de la promiscuidad, como el garaje donde desempacar los instintos más chatos.

Los turistas se toman fotos con monos, osos y reptiles deshidratados. Se bañan en la laguna azul junto a desafortunadas tilapias que han terminado naufragando y muriendo en la orilla. La música que se baila en las discotecas es el nauseabundo reggaetón y las chicas más lindas de la ciudad son anfitrionas y se ponen minifalda para sacarse los problemas de encima.

En los restaurantes te preguntan si quieres boleta y qué monto quieres que vaya “normal cho”, te dicen. La casera del mercadito vende especies en veda con ignorancia supina y el restaurante del centro de abastos sirve gato por liebre con alevosía, premeditación y ventaja.

Cualquier intento de disonancia está proscrito por el roche social. Te miran mal. Se ríen si les dices que no quieres bolsa, que no te pongan sorbete en tu trago o que ese cuarto de pollo lo pongan en el taper que les estás alcanzando. Ser consciente es pasible de burla y hasta de escarnio a granel. Eres lorna ¿manyas?

Esta es la región que se conmueve hasta el llanto cuando le dicen que sus sabores estarán en boca de todo el mundo en la feria que se viene, que se emociona contando que tiene el mejor café, arroz y chocolate del mundo, pero no sabe que esas praxis son responsables del desmadre de bosques y el adelgazamiento de ríos.

Aquí, donde debería haber ejemplo ecológico, orgullo por sus bosques de manchinga, sentido de pertenencia y respeto por esa fantástica cosmovisión amazónica, se baila Luis Fonsi, el pollito a la brasa es el plato más consumido y la gente de a pie no sabe quiénes son los cocamas, de dónde viene la chonta ni por qué diantres la región se llama como se llama.

Y claro, la autoridad ha perdido la brújula. Aquí se gasta la plata en castillos de fuegos artificiales, se trae a Fabiola de la Cuba porque es regia y en las escuelas se engendra generaciones desenchufadas de su historia, promociones mutiladas de carácter, batallones de jóvenes sin capacidad de respuesta. Una generación anestesiada por la incapacidad de sus gobernantes, la falta de liderazgo social y la ausencia de sentimientos con el bosque, el agua y la pachamama.

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