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lunes, noviembre 28, 2022

Algunas enamoran y otras matan

“Los ojos son el espejo del alma”… ¿Y cómo no serlo?, ¡benditos!…. Cuando nací, todos se alegraron que saliera con los ojazos despiertos, negros, impregnantes, alborotados y coquetos, “la morena que hablaba con sus ojos”, desde ese momento mi madre supo que eso sería mi dulce condena, “ay nerita” sentenciaba.

Siempre he creído que si quieres algo, no hables; mira y juega con ese poderío, es esa carta bajo la manga que la utilizas en el lugar y momento exacto, la que puede tener diferentes mensajes, pero que siempre tendrá esa esencia de veneno, que mata, pero que encanta.

Hasta para morir, el cuerpo se excita, se prepara, se entrega.
Algunas matan, otras enamoran, sin duda, suelen decir más de lo que las palabras pueden hacerlo.

Cada vez ganan más importancia los gestos, las caricias, la sonrisa, incluso el arquear una ceja. Sí, somos paranoicas compulsivas, pero es que el cuerpo añade significado a nuestras palabras. Y, en este sentido, los ojos cuentan con mucha ventaja.

Con frecuencia seducen, edulcoran y te ponen tierna. Es en este momento que se me viene a la mente el gato con botas de Shrek, y aparece esa fuerza sobrehumana que hace que no quieras mirar, pero no puedes evitarlo, te derrites y caes.

Caes rendida, como ese chocolate derretido que nos endulza en noches donde la lluvia nos cobija el alma y el corazón despierto en inocencia de los besos nunca entregados, aparece él, sí, aún juegas a la cuerda del tira y afloja, pero aunque digas que no, tu mirada, esa cruel delatadora, termina por sentenciarte y condenarte, dejas de ser tú y pasas a decir, pasa, acá hay un espacio para ti, cierra la puerta, cobíjate conmigo.

Una mirada de reojo, con la cabeza ligeramente agachada, puede ser la mirada que deja abierto el misterio, ese callejón sin salida, del que no huirás corriendo y gritando, sino del que esperarás con ansias ver la luz al final del túnel, ese túnel que te perturbaba, pero que ahora te emociona conocerlo, disfrutar de su oscuridad y de su luz, buscando esa respuesta a la que te condenó tu mirada, aquella que no entiende de razones.

Si me pusiera a contar, cuántas veces mis miradas jugaron el papel delatador, en donde sonrojarme no funcionaba, me delataban tanto, que sin darme cuenta, dije ¡Sí quiero!, ¡Te deseo! ¡Yo sí fui! ¡Me encantas! ¡Te amo! ¡Estoy triste! ¡Estoy celosa!…. Todas las frases tienen una carga emocional, sobre todo en los celos, Dios, con una mirada pude haber generado un genocidio en el lugar donde las tripas se me encendían.

Mi mirada de tiburón, fue la que más sobresalía, aquella sexy, coqueta, impregnante y dulce a la vez, siempre fue mi aliada, para no decir, sino para actuar. Sin duda hay miradas que matan y ponen una carga emocional a nuestras palabras que no podría levantar ni el mismísimo Hulk.

Algunas veces, una mirada puede penetrarnos hasta el fondo del alma, y otras suele fulminarnos en segundos. No hay una parte del cuerpo que tenga mayor carga emocional que los ojos.

Descubre su poder, es magnífico, el contacto visual excita. Mirar fijamente a los ojos de otra persona genera una reacción de excitación, aunque la interpretación de la misma varía según el contexto.
Cuando algo nos interesa, nuestras pupilas se dilatan. Pero, además, esa dilatación nos hace parecer más sexys.

Pero, ¡ojo!, pie al engaño. Detener la mirada en algo suele ser signo de interés, amor, cariño o derivados. Así se ha dicho que un mentiroso no suele mirar a los ojos, y que ésta es una característica fundamental de su lenguaje no verbal.

No cabe duda de que los ojos son el espejo del alma, por eso, si las miradas bastaran para matar, ya habríamos muerto hace tiempo…

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