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domingo, abril 21, 2024

Vamos a Shapaja a disfrutar del río

La localidad de Shapaja, en el departamento de San Martín, con la gestión de Luis Alberto Delgado Babilonia ha dado un paso tremendo para el desarrollo del turismo y otros negocios. Otrora puerto estratégico de esta parte del país, pasó por una etapa de anomia y un aletargamiento casi sombrío y era solo un lugar de tránsito hacia el bajo Huallaga. Hoy es un balneario, él único que, por su cercanía a Tarapoto, ha adquirido una importancia y ya es un remanso para la tranquilidad cuando toda la cuenca del Cumbaza y Shilcayo están destruidas, antaño un escenario turístico maravilloso y ahora sin fajas marginales, sin aguas que corren y donde los dos riachuelos se han convertido en cloacas: ¡un verdadero desastre!

Recuerdo que Shapaja, para quienes vivíamos en la zona del Huallaga, era casi un faro de modernidad. Creado durante el gobierno de Augusto B. Leguía, tuvo su impulso dinámico a partir de los años veinte del siglo pasado, cuando era el centro de distribución de la mercadería que venía desde la costa por la ruta de Tingo María, y desde Shapaja, hacia Tarapoto, entrarían los arrieros a llevar la carga en sus recuas de mulares. Conversando con “los antiguos”, y por unas notas que por ahí encontramos, recuperamos la imagen de un puerto con un tremendo dinamismo adonde llegaban las balsas con sus remos de tiro para atracar en el puerto como si llegaran antiguos fenicios para impulsar el comercio. Shapaja, pues, nos llevaba la delantera.

Por motivos de trabajo suelo visitar la localidad de Shapaja con cierta frecuencia. Y siento también nostalgia por lo que ha significado su pasado en nuestras vidas. Era nuestra pascana obligada para retornar a nuestro Chazuta a encontrarnos con nuestras querencias y descubrir una vez más que el Perú es un país de cojudos. Shapaja tiene dos hermosas plazas que son áreas verdes y donde encontramos a los lugareños disfrutando del primor de una tarde que quema, y hoy es la localidad más ecológica de la región San Martín. Caminar por sus calles y encontrarnos con los “topasúas” –bromísticamente con este término localista se les denominaba antaño– significa entrar en una charla franca y alguien pregunta si ya conversamos con “El cholo campesino”, quien fuera especialista en criptología, si es que no nos ha metido una flauta.

El jirón Marañón, que es la calle principal de Shapaja, es también la vía que lleva a Tarapoto y Chazuta. A partir de las cuatro de la tarde sus veredas se convierten en puestos de venta de comida al paso y no deja de llamarnos la atención la bella chica que pasa con su desgarbo insinuante y nos lanza una mirada casi indiferente. Recorrer las calles laterales pavimentadas es completar el periplo sosegado cuando vemos arbustos que las adornan y de algún sitio nos llaman para invitarnos y decirnos: “¡Ven a tomar tu masatito, amiguito!”.

Pero Shapaja no es solamente el terruño en sí mismo. Tiene mucha historia con los inmigrantes que llegaron desde el norte del país, del que escribiremos también. Y nos despedimos del pueblo. Cerca a nosotros pasan unos chicos que van al río a anzuelear. De repente pescan cahuaras y doncellas.

(Comunicando Bosque y Cultura)

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