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martes, abril 23, 2024

La guerra mundial contra la madre naturaleza: Crónica de una derrota anunciada

Por Róger Rumrrill

Hoy sábado 22 de abril se celebra el Día Mundial de la Madre Tierra. Más que una celebración debería ser un día de toma de conciencia, de duelo y más que eso, un día en que todas las personas que aman la vida deben levantar la voz y organizar la resistencia contra la guerra mundial que la misma especie humana ha desatado contra la Madre Naturaleza, Gaia, la Tierra.

Esta guerra mundial contra la Tierra amenaza la supervivencia de la especie humana.

Es cierto que las guerras fratricidas han provocado millones de muertos. Sólo las guerras mundiales del siglo XX, la Primera y Segunda Guerra, costaron la vida a cien millones de seres humanos y la guerra Rusia-Ucrania-Organización del Atlántico Norte (OTAN), el Caballo de Troya de EEUU, ya suma un cuarto de millón de muertos, según estadísticas difundidas por Washington.

Pero la guerra mundial contra la Madre Naturaleza no tiene posibles acuerdos de paz y parece que será una guerra definitiva y total. Porque nos hacíamos la ilusión de que la pandemia del coronavirus que hizo tambalear el castillo de arena de la civilización occidental y produjo cambios en todo, también cambiaría la conciencia de la especie humana. Pero no fue así. Todo lo contrario, la muerte se convirtió en un tanático negocio de las multinacionales farmacéuticas y laboratorios que producen las vacunas.

Hoy mismo, la guerra en Ucrania es una orgiástica y vesánica oferta de compras y ventas. Lockheed Martin, uno de los mayores fabricantes de armas de EEUU, acaba de firmar un suculento contrato con el Pentágono por 950 millones de dólares para la fabricación de misiles para Ucrania. Lo mismo ha hecho la otra productora de armas de guerra, Raytheon Technologies, fabricará armas para Ucrania por 2 mil millones de dólares.

Diariamente se invierten en armas 4 mil millones de dólares. En realidad, como dice el analista Diego Herranz, todo el presupuesto militar global se ha disparado estratosféricamente, sobre todo en EEUU y sus aliados de Asia y de la Unión Europea. Japón se ha puesto el epitafio de país pacifista: su presupuesto militar crecerá en 60 por ciento. Alemania, ha incrementado en 100 mil millones sus fondos en armas. La codicia y la idolatría por el dinero no tienen límites. Y todo a costa de la vida humana.

La orgía de la destrucción de la Tierra

La guerra mundial contra la Madre Naturaleza está ocasionando “una orgía de destrucción” en el planeta Tierra ha dicho sin ambages el propio secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres.

Las señales, pruebas, testimonios y resultados de esta “orgía de destrucción” están a la vista de todo el mundo y millones de seres humanos sufren y padecen sus consecuencias y efectos: olas de calor infernales, lluvias e inundaciones diluviales, tormentas, ciclones, calentamiento y contaminación de las aguas oceánicas y otros impactos sobre la vida de todos los seres vivos que pueblan la Tierra.

Las cifras de este apocalipsis son interminables. Pero citemos sólo algunas que son los registros del Antropoceno o, mejor, del Capitaloceno: los glaciares que alimentan la napa freática, los ríos y lagos y que proveen el agua dulce para el consumo humano, la agricultura y la industria, ya se han descongelado hasta en un 50 por ciento y hoy en día un 40 por ciento de la población mundial padece escasez de agua; se estima que ya se ha perdido un 69 por ciento de las poblaciones silvestres entre los años 1970-2018 a nivel global. Pero en América Latina, donde el extractivismo ha decretado una sexta extinción masiva, se ha perdido en ese mismo período el 94 por ciento de esas poblaciones silvestres.

De acuerdo a la World Wildlife Fund (WWF), sólo entre los años 2004 y 2017, se han talado 43 millones de hectáreas de bosques en el mundo, la mayor parte de estas pérdidas en América Latina, África Subsahariana, sureste de Asia y Oceanía. Bosques cuyos servicios ambientales son vitales para todas las especies vivas: el ser humano, los insectos, aves y animales silvestres. Sólo en agosto de 2019 se provocaron 72 mil incendios arrasando 600 mil hectáreas de bosques. En el año 2022 se produjeron 983 incendios que convirtieron en cenizas 1 millón de hectáreas de bosques en la Amazonía: 72 por ciento en Brasil y el 12 por ciento en el Perú.

Los bosques son el pulmón del mundo, una de las mayores fábricas de agua dulce y el territorio ancestral de los pueblos indígenas quienes, pese a esta ola de destrucción, siguen siendo los jardineros de la naturaleza y sus saberes, prácticas, cosmologías y cosmovisiones son una de las tablas de salvación de la Madre Naturaleza, incluyendo a la especie humana.

En los incendios que asolaron la Amazonía brasileña en el año 2019, durante el gobierno del ultraderechista y negacionista del cambio climático, Jair Bolsonaro, los científicos calculan que murieron 500 millones de abejas por el fuego y también por el uso de pesticidas en los megalatifundios de soya y otros monocultivos. El 75 por ciento de los productos alimenticios a nivel global dependen de la polinización de las abejas y otros polinizadores.

Un quinto de los ecosistemas terrestres está por colapsar. Uno de estos ecosistemas, vital para la salud humana, la producción de alimentos y otros servicios, son los humedales. El 6 por ciento de la superficie terrestre está cubierto por humedales y estos ecosistemas son el hábitat del 40 por ciento de plantas y animales. Pero los drenajes, los rellenos para la agricultura, la construcción urbana, la contaminación, la sobreexplotación de su riqueza y el cambio climático ya han destruido el 35 por ciento de los humedales en el planeta.

 Nada ni nadie detiene la guerra contra la Madre Naturaleza

Es posible que con la nueva configuración geopolítica que se está tejiendo en el mundo, con un nuevo epicentro de poder en Eurasia y donde los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) tendrán un peso geoeconómico dirimente, se debilite aún más la hegemonía de EEUU y haya la posibilidad de un acuerdo de paz en Ucrania. Porque para EEUU la guerra con Ucrania tiene un objetivo geoeconómico y la paz no es su meta estratégica.

Pero en el caso de la guerra mundial contra la Tierra no hay asomo de paz, sino de una derrota anunciada contra la Madre Naturaleza y la propia supervivencia humana.

Porque los últimos informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas y de otros organismos independientes, están revelando y demostrando que no hay fondos para salvar a la naturaleza de la destrucción, pero sí para la guerra; que los acuerdos de las 27 COPs sólo están en el papel y peor que eso: las dictaduras del petróleo, el carbón y el gas y las multinacionales extractivistas están modificando y sacándole la vuelta a los acuerdos de las COPs.

 Los científicos y expertos califican sin medias tintas de falacias las llamadas “soluciones basadas en la naturaleza” y de “trampas letales” el “concepto cero de emisiones” y la llamada “economía verde es un oximorun utilizado para legitimar los intereses de los grupos de poder”, escribe el especialista ecuatoriano Alberto Acosta. Además, casi unánimemente, los expertos y han calificado de “estafas” los acuerdos de la COP 26 de Glasgow.

“Bajo el paraguas de la acción climática se esconde un paraíso empresarial que solo redunda en un aumento de la injusticia social. Las grandes multinacionales y las entidades conservacionistas que se dedican a plantar árboles serán las grandes beneficiadas”, escribe el especialista Víctor Resco de Dios, en una crónica publicada por The Conversation y compartida por Servindi, el 12 de este mes.

Mientras toda esta catástrofe llega a nuestras puertas, nadie se atreve a tocar ni con el pétalo de una rosa el modelo económico y de consumo, una especie de piedra filosofal económica y política, un sistema que es una fábrica de pobres y una máquina trituradora de la naturaleza (Thomas Peketty, dixit).

Todo lo contrario, como es el caso de la ultraderecha global: cierran filas y defienden con uñas y garras y con todas las armas a su alcance el capitalismo fósil y caníbal que está empujando a la especie humana al borde del cataclismo.

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