martes, agosto 9, 2022

Quiero que le correspondas a mi querido hijo

Por Ricardo Quevedo

Los recintos celestiales tienen su propia norma de vida, que no se atribuye casi en nada a las normas de la vida terrenal.
La conducta de los seres humanos en la tierra, se atribuye a actitudes totalmente relativas, es decir, nada tiene un régimen totalitario de conductas y actitudes. Por ello necesitamos de una manera permanente los aprendizajes de toda índole, que nos haga sentir comprometidos con uno mismo y con los demás. Sino sería esto, la vida humana no se diferenciaría mucho de la vida que responde a las capacidades puramente instintivas, todo lo contrario de la capacidad puramente razonable, que es parte de mi característica humana y que también es característica suya.
Pues bien, mi señora madre, llegó a hacerla soñar a Diana, un sueño que va más allá de las conductas humanas, que responde más allá de las actitudes razonables, pero que responde a vivir en total desafío una vida totalmente razonable.
Enterémonos del siguiente diálogo:
-Pase mi querida hija –son expresiones de bienvenida de la señora Amelia hacia la señorita Diana- quien acude al recinto, acompañada, como debe ser, por dos ángeles de seguridad.
-Gracias, señora Amelia, por fin aquí me tienes en esta tu eterna mansión celestial. He leído la carta de Ricardo, que te cuenta sobre nuestro caso y sobre nuestra posible re…
-un momentito señorita Diana- le interrumpe la señora Amelia-, precisamente por esta razón te mandé llamar, y gracias de antemano por venir.
Claro, mi hijo, me contó muchas cosas especiales de ti. Soy consciente de mi hijo que se viene atribuyendo toda la capacidad para comprometerse y saber amarte; él me contó en su carta que nunca fue un fracasado en el amor, simplemente tuvo mujeres para el exclusivo momento, pero no para una relación de la condición firme y madura que viene pasando contigo.
De esto como madre, soy consciente, y su entrega total ha sido por mí y por mis cuidados de salud. Por ello él dice que pasó conmigo los 365 días del año y durante 50 años de una manera incansable y permanente.
La señora Amelia hablaba con una retórica celestial y femenina; con un lenguaje claro, transparente y sin ningún titubeo. Mientras que la señorita Diana, paciente y con una mirada fija, directamente al rostro de la señora, no dejaba de sentir la satisfacción más grande de su vida, al verse por primera vez reunida en una cita a solas, en conversación directa de mujer a mujer.
Los ojos de Diana se movieron, como queriendo ver más allá de lo que estaba mirando de una manera relajada y absorbida de todo lo que estaba escuchando y observando; sus labios empezaron a moverse, dando paso a las primeras palabras y a sus primeras expresiones de profunda convicción de lo que tenía que decir:
Mira, señora Amelia, mi caso, es un caso atípico – hijita-la interrumpe la señora Amelia-, el amor no tiene argumentos; el amor no vive del pasado; alguien que haya tenido un vida buena o mala, una vida elegante o no; alguien que haya tenido una vida de riqueza o no.
El amor mí querida hijita Diana, no vive de estas cosas.
-Te entiendo señora Amelia –retoma la intervención la señorita Diana-, cuando digo que mi caso, es algo atípico, me estoy refiriendo a varias variantes que rayan con mi vida. Yo tuve un esposo que amé mucho, se murió hace dos años por un terrible tumor que le salió en la cabeza, y que pasamos un calvario terrible los dos un buen tiempo: él sufriendo de dolor congénito, y yo, del dolor a perder a un amor, pues estaba ya totalmente resignada a perderlo.
Otra variante que raya con mi vida señora Amelia, es a mi propia decisión por hoy de no tener compromiso con hombre alguno, porque yo cuando amo, amo de verdad. Ricardo, que siempre conversamos sobre nuestro caso, él me hace recordar permanentemente, que hace ratos se entregó totalmente hacía mí, y que tan solamente faltaría que yo también me entregue totalmente hacia él…
-Perdón mi querida hija – reacciona de una manera inmediata la señora Amelia-, de eso se trata el amor, no de cuestiones atípicas, no de cuestiones titubeantes, ni de mucho menos de situaciones variantes. Aunque no te entiendo esto que me hablas de variantes.

-Variantes, me refiero señora Amelia, -es la aclaración de Diana-, me refiero a muchos y muchos admiradores que tengo. Yo soy una persona pública, trabajo con mi imagen que les gusta a muchos hombres; trabajo con la palabra, que me permite vender planes de seguro familiar a la empleocracia con jugosas indemnizaciones cuando el asegurado sufre casos de accidentes.
-Te felicito mi querida hijita por este trabajo que pones mucho de tu capacidad y de tu agradable carisma –es la reacción de la señora Amelia-, pero ¡Cuidado! El amor muchas veces es ciego.
Yo no voy a hablarte de otros hombres, quiero hablarte de mi propio hijo, que se merece una mujer como tú; una mujer como tú que le sea correspondido y que le ame, y te ruego mi querida hijita –diciéndola esto, se acerca mucho más a su lado de Diana, le coge de las dos manos, le mira fijamente a los ojos, y en un breve silencio de ambas miradas que se cruzan, le dice: …
”Yo quiero que tú… le correspondas a mi querido hijo”.

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