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sábado, noviembre 26, 2022

Las devoró a todas

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En el mundo hay distintos tipos de mujeres. Está la que se produce para estar llamativa ante los hombres, con una gran raja en su diminuta falda se prepara para ascender a un puesto de trabajo. Ella gana dinero sólo con una sonrisa. También está la mujer que es decente, porque se viste con faldón, va a la iglesia, quiere casarse y tener nueve hijos. Y por último está la independiente, tiene ciertos principios de feminismo y no le importa tener un hombre a lado para ser feliz. Siempre hacemos referencia a esta categorización de las mujeres, sin saber siquiera que existen otras más que son dignas de admirar. Su coraje y valentía rompen esquemas y a más de uno deja con la boca abierta.
5.30 de la mañana. Se acostumbró a vencer el frío de la madrugada corriendo. Ella es la última de nueve hermanos. Pisa fuerte, se levanta el polvo cuando fugazmente hace su paso, sabe que en algún momento logrará cumplir su sueño. Sus movimientos parecen poesía, nos embriaga la brisa húmeda. Sus piernas se mueven como gacela, su cuerpo y su corazón está en forma.
La vida y el país le ofrecieron más limitaciones que oportunidades. Su primera competencia fue motivada, porque el premio era una cocina grande y su madre lo necesitaba. Quedó segunda, porque no tenía zapatillas. No ganó la cocina, sus sueños no se truncaron, la motivaron a seguir adelante, no por una cocina, sino por una vida entera llena de éxito.
Devoró a todas sus contrincantes y se comió los 42 kilómetros 195 metros en la maratón de Toronto para colgarse la medalla de oro y darle al Perú su séptima presea dorada en la historia de los Juegos Panamericanos.
Gladys llamó la atención entre el público, no por su agilidad, sino porque no tenía sponsor deportivo mientras corría la maratón de 42 kilómetros. El coraje y la lucha de Tejeda no necesitó un sponsor como incentivo. En tanto, sus rivales se veían como atletas publicitarias, que sólo vendían marcas.
Le sobran ganas, le quedan fuerzas, Gladys Tejeda, no se ve emocionada por los cientos de flashes que recaen en ella. Antes la discriminaban, no querían que salga en las portadas de las revistas de los pitucos amarillitos. Toda su vida ha corrido a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, para ir a estudiar o ayudar al padre que ya está en el cielo. Esta vez el reto no fue diferente, ya tenía zapatillas. No competía por una cocina, competía por un sueño, por su vida. La mirada de Gladys no se separaba de las nubes brillantes por el intenso sol que azotaba toda la pista. Ella observa a su padre, que celebraba su triunfo desde el cielo.
Tejeda ahora tiene un objetivo: los próximos Juegos Olímpicos. Lograr lo mismo en Río 2016 sería increíble”, afirma a los medios. Se para y se va a su estilo: corriendo.
Parece irónico que ignoremos cuando una peruana, que no se gringa y de buen apellido participa en algún evento deportivo o cultural. Nuestra mentalidad discriminatoria, hace que sólo se pueda idolatrar a personas que no suman a la sociedad. Es lamentable, que muchos hayan estado concentrados en la “gran boda del año” que fue trasmitida por un canal televisivo, aumentando el morbo y la superficialidad de toda una sociedad. Mientras tanto, a la misma hora, Gladys Tejeda, sudaba coraje, brotada valentía por los poros, su seriedad no era más que concentración. La victoria estaba cerca.
Una boda farandulesca no nos identifica, sin embargo, una peruana corriendo como gacela, nos enorgullece, nos motiva a sentirnos peruanos con P de patria, no sólo hoy, sino siempre.
A días de celebrar fiestas patrias, nos pintamos de rojo y blanco (aunque suene trillado). Nuestro Perú no sólo son realitys, nuestro Perú, es coraje.
Fue la primera peruana en clasificar en las olimpiadas de 2012, cuando denunció que su entrenador le pegó. Hoy, pese a todo, batió el récord panamericano.
De tanto caminar por las alturas, bordeando lagos y ríos y soportando bajas temperaturas, su cuerpo se fortaleció y, naturalmente, consiguió una gran resistencia. Como siempre andaba descalza, sus pies crecieron duros y fuertes.
“Ya ganarás, hija”, le decía su mamá. Esa frase ya se cumplió.
Puertas cerradas en su cara, sin ropa de marca, sin zapatillas. Gracias Gladys por regalar este triunfo a todo un país sin siquiera merecerlo.

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