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domingo, noviembre 27, 2022

¡Con mi caco no te metas!

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Los llamados líderes políticos peruanos que han ocupado la Presidencia de la República se encuentran en momentos difíciles por la ya no sospecha de haber recibido sobornos de la empresa brasileña Odebrecht, que encontró su mina de oro en el Perú. El modus operandi de la empresa tuvo como estrategia el entregar sobornos a los gobernantes de turno con la táctica de hacerlo a través de depósitos en cuentas de sus amigos, de los funcionarios menores –de quienes se sospecha que lo hacen como sacrificio por el líder–. La prensa relata el descubrimiento de todo un proceso para favorecer a la empresa brasileña, en donde las ampliaciones y adendas se dieron sin discreción.

Lo que está ocurriendo con nuestros políticos pareciera ser parte de una cultura con “líderes” como la parte visible de una intrincada red y donde los militantes “leales” toman partido de defenderlos a pesar de los antecedentes históricos y comprobados de sus fechorías. [Por ejemplo, lean a Federico Salazar, en el diario El Comercio, de ayer domingo 19.02.2017]. Para cumplir con sus objetivos, las redes sociales se convierten en el vehículo de los militantes para denostar de quienes tienen el “atrevimiento” de cuestionar a sus “líderes”, cuando no se puede tolerar la discrepancia.

Los militantes que adoptan estas actitudes de obsecuencia y poco civismo para la tolerancia -que es un valor democrático importante–, defendiendo lo indefendible, es la demostración de poca o ninguna capacidad para la respuesta constructiva y empoderada. Es la actitud del servilismo en que caen personajes de todas las condiciones culturales, sociales y económicas. Y es penoso ver que el cuestionamiento a sus líderes o una crítica a sus partidos” los desequilibra, los aturde y los destruye emocionalmente.

La obsecuencia de la militancia podría ser una derivación moderna de la política del pisco y la butifarra, casi tradición en el Perú desde los inicios de la República. Es la corrupción de la partidocracia que impide los cambios en la manera de hacer política, donde casi siempre el senador y diputado, en el pasado, del partido en el gobierno, se convirtió en el sátrapa del momento, porque de éste dependían los puestos públicos, los cargos de confianza y el disfrute del poder. Y es en este momento cuando el mentalmente débil militante se desubica, no puede soportar lo que supone una afrenta al “líder”.

Cuando los militantes políticos tengan el coraje de cuestionar a las cúpulas de sus partidos, y a sus jerarcas en especial, y no actuar como si nos dijeran “¡Con mi caco no te metas!”, ese día comenzaremos a transitar hacia un país en donde los dirigentes políticos no se crean que gozan de impunidad. Los mismos militantes dejarán de creer que tienen la obligación de defenderlos, más aun cuando las sospechas se traducen en verdades evidentes, y se convertirán en ciudadanos libres. Solo así podremos construir un país más grande y mejor. Por eso, no defendamos a ningún líder político con la estrategia de atacar al otro.

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