Doce años. Doce.
A veces lo digo en voz alta y suena poquito, pero luego volteo y veo todo lo que he escrito, todo lo que he sentido, todo lo que he quemado… y me doy cuenta de que “Con Aroma a Café” no nació como una columna: nació como una extensión de mí. Una mezcla peligrosa de pensamiento, corazón, humor, ironía y esas ganas tercas, muy de mujer terca, de decir lo que otros prefieren callar.
Doce años escribiendo esta columna y, honestamente, todavía no sé qué es más sorprendente: ¿que siga yo aquí, rebelde e insolente como siempre? ¿O que ustedes sigan aquí, adictos a mi aroma, incluso cuando les quema la lengua y el orgullo?
Porque “Con Aroma a Café” nunca fue un espacio tibio. No nació para complacer, ni para adornar, ni para sonar “bonito”. Nació, porque yo lo parí para despertar, para provocar, para calentar el alma y lo que se deje calentar; para decir lo que muchas piensan en silencio mientras se muerden los labios y fingen decoro.
Yo nunca fingí.
No sé fingir.
Mi café no se sirve frío.
En estos doce años he escrito desde mi piel y desde mis cicatrices, desde mis amores rabiosos y mis indignaciones de mujer que ya no pide permiso para opinar. He tocado política como quien mete la mano en un panal: con riesgo, con morbo y sabiendo que algún picotazo me va a caer. He hablado de religión sin arrodillarme ante nadie, de sexo sin esconder la sonrisa, del amor sin cursilería y de historias humanas que abrazan o sacuden.
Siempre he escrito desde mi propia voz: femenina, filosa y sarcástica; sensible cuando se me antoja, suave como espuma cuando quiero abrazar y tan amarga como café sin azúcar cuando toca decir verdades que raspan. Una voz que no pide permiso, pero exige respeto. Una voz que juega, seduce y provoca; que toma las palabras de la cintura y las hace bailar al compás que yo decido.
Y sí, he calentado más de una sensibilidad ajena, que nadie aquí se haga el santo, por favor.
Pero no pienso disculparme: una columna escrita por una mujer que dice lo que quiere, como quiere y cuando quiere, inevitablemente incomoda a alguien.
Y sinceramente… qué vida tan gris sería la que no molesta a nadie.
A ustedes, lectores de ayer, hoy y quién sabe cuántos mañanas: gracias.
A los fieles que me leen con una devoción casi erótica, gracias.
A los nuevos que se dejaron seducir por este aroma que no perdona medias tintas, gracias.
Y a los que me odian, me critican, me leen con rabia o con celo y juran que esta columna debería desaparecer: también gracias.
Porque si algo aprendí en estos doce años es que el café y las mujeres que escribimos sin miedo despertamos pasiones intensas: amor, furia, fascinación o envidia. Pero nunca indiferencia.
Ustedes creen que leen mi columna… pero la verdad es que mi columna también los lee a ustedes. Me los saboreo de a pocos, entre líneas, entre suspiros, entre corajes. Y así nos hemos acompañado doce deliciosos años: ustedes con su hambre, yo con mi fuego.
Y como no pienso bajarle ni el tono ni el volumen a esta esencia que ya tiene historia, pulso y malicia, hoy… brindo:
Por más años quemando la boca y abriendo los ojos.
Por más artículos que rompan silencios, que despierten y desordenen.
Por más verdades desnudas, sin mantita ni filtro.
Por más amores que empiecen aquí, sin permiso.
Por más pasiones que quemen bonito.
Por más lectores que se atrevan a entrar…y por los que se quedan sin quererlo.
Y por esta columna que sigue humeando, viva, intensa, mía.
Porque mientras tenga corazón para sentir, piel para estremecerse y dedos para escribir,
“Con Aroma a Café” seguirá latiendo fuerte, caliente, rebelde, peligrosa y deliciosamente incómoda. Como yo. Como ustedes. Como todo lo que realmente vale la vida.
Feliz 12 años.



