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De regalos, egos y bilis navideña

La Navidad debería ser, en teoría, una pausa. Un paréntesis emocional en el calendario donde el alma baja la guardia, el ego se toma vacaciones y el corazón, ese órgano que no figura en los balances ni en las boletas, recupera protagonismo. Debería ser un tiempo para el gesto sencillo, para el “me acordé de ti”, para el detalle que no compite ni presume, que no necesita aplausos ni foto para redes.

Pero no.

En la práctica, la Navidad se ha convertido en una suerte de subasta emocional con villancicos de fondo: ¿quién da más?, ¿quién queda mejor?, ¿quién recibe de todos y se ofende si no le alcanzan las expectativas? El espíritu navideño, ese que tanto se invoca, parece haberse quedado atrapado en el tráfico de diciembre, aplastado entre egos inflados y listas de reclamos.

Hemos transformado una fecha que invitaba al recogimiento en una competencia olímpica de vanidades. Si el regalo no es grande, ofende. Si es sencillo, humilla. Si no coincide con los estándares imaginarios, esos que solo existen en la cabeza del ofendido, se convierte, para algunos, en una afrenta personal. Hoy la Navidad ya no se mide en buenos sentimientos, sino en centímetros, gramos, marcas, envoltorios y supuestas jerarquías emocionales.

Peleas por aquí, discusiones por allá. Amistades fracturadas por un amigo secreto mal ejecutado. Indignación colectiva porque la canasta no traía lo esperado, porque el panetón no era “de marca”, porque el presente del centro laboral no estuvo “a la altura”. Y entonces: boom. Todo estalla. Como si el verdadero sentido de la fecha fuera el reclamo y no el gesto. Como si el regalo se midiera por su precio y no por la intención que lo acompaña.

Y es que cuando alguien reacciona así frente a un gesto mínimo, no está peleando contigo. Está peleando con todo lo que arrastra: frustraciones acumuladas, resentimientos viejos, una mochila de odios que pesa tanto que termina discutiendo hasta con la puerta cuando no abre bien. Uno no puede sino sentir cierta lástima, y una legítima preocupación, por la salud mental que se deteriora cuando el veneno interno no encuentra salida ni tratamiento.

La insolencia no es carácter. La grosería no es franqueza. Y la doble personalidad, esa que sonríe en público y muerde en privado, no es fortaleza, sino una grieta mal disimulada. Las frustraciones, las depresiones y los vacíos no se curan atacando al otro ni descargando bilis en fechas que deberían invitar a la calma. Eso, créanme, es trabajo para un médico especializado, no para una víctima circunstancial ni para el pobre incauto que solo quiso tener un gesto.

Tal vez valdría la pena, en lugar de tanto reclamo, abrir los cajones. Sacar esos juguetes que los hijos ya no usan. Mirar ese dinero que estaba destinado a cumplir un capricho más y convertirlo en algo distinto: una sonrisa ajena, un niño con regalo, una familia que no tiene nada y para la que la Navidad no es un debate sobre marcas, sino una esperanza mínima. Mientras tanto, tú, iluso, renegando por tu presente navideño.

La Navidad no debería sacar lo peor de nosotros, pero a veces lo hace. Funciona como un espejo incómodo que revela cuánto hemos perdido el sentido de las relaciones humanas, el respeto básico y la capacidad de agradecer incluso aquello que no cumple nuestras expectativas. Y cuando eso ocurre, el problema no es el regalo. El problema es la ausencia de norte, de mesura y de humanidad.

Este no es un ajuste de cuentas ni un lamento personal. Es una invitación, algo sarcástica, sí, a revisar qué estamos celebrando realmente. Si la Navidad es una revancha social, una pasarela de egos o un campo de batalla emocional, entonces algo hemos entendido muy mal.

Tal vez esta Navidad, en lugar de hacer inventario de lo que no recibimos, podríamos revisar lo que aún nos sobra: tiempo, empatía, un poco de paciencia y la capacidad, cada vez más escasa, de entender al otro.

Tal vez el mejor regalo no venga envuelto, no tenga marca ni precio, y no genere selfies, pero sí alivie por un rato el peso ajeno. Y si aun así algo nos incomoda, siempre queda ese gesto incómodo y casi revolucionario de respirar hondo, bajar el ego del trineo y recordar que la Navidad no es una auditoría de consumo ni un examen de orgullo, sino apenas una tregua mínima para no seguir repartiendo bilis cuando todavía nos queda humanidad.

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