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Tarapoto: cuando el tránsito deja de ser un problema y se convierte en una amenaza.

Tarapoto hoy en día atraviesa uno de los peores momentos de su historia en materia de tránsito vehicular, no se trata de una percepción exagerada ni de la típica queja ciudadana, es una realidad visible, cotidiana y peligrosa. Basta con pararse unos minutos en cualquier calle importante de la ciudad para constatarlo, conductores que se pasan la luz roja sin el menor reparo, que ignoran los pasos peatonales, que invaden calles preferenciales como si no existieran, que ingresan a los óvalos por donde no corresponde y que, en general, conducen con una mezcla alarmante de irresponsabilidad, prepotencia y desprecio por la vida.

Pero sería injusto y cómodo cargar toda la culpa únicamente sobre los conductores. A la falta de empatía y educación vial se suma un factor igual de grave, la desconexión absoluta de las autoridades con la raíz del problema. En lugar de fiscalizar, educar y sancionar de manera enérgica y efectiva, se opta por soluciones improvisadas que bordean el absurdo.

Tarapoto y con ella el Perú parece dirigirse a un récord poco envidiable; ser una de las pocas, si no la única ciudad del mundo, que ha decidido semaforizar los óvalos y llenar de rompe muelles incluso las calles preferenciales. Medidas que lejos de ordenar el tránsito lo vuelven más caótico, más lento y más peligroso. Un óvalo con semáforos deja de ser un óvalo; una vía preferencial plagada de rompe muelles deja de ser preferencial. Lo que se está haciendo no es gestionar el tránsito, es disfrazar la incompetencia.

El mensaje implícito es devastador; como no podemos hacer que se respeten las reglas de tránsito mejor deformamos la infraestructura para adaptarla a la mala conducta lo que representa  una renuncia tácita a la autoridad, al principio de orden y a la idea básica de que las normas existen para cumplirse.

El problema de fondo es claro y conocido, ausencia de fiscalización real, falta de sanciones ejemplares, licencias otorgadas sin una formación adecuada y una cultura vial prácticamente inexistente. Ningún rompe muelle va a reemplazar a un inspector bien capacitado. Ningún semáforo mal colocado va a suplir la falta de multas efectivas. Ninguna señal pintada en el asfalto va a corregir la conducta de quien sabe que no habrá consecuencias.

Es momento de un llamado urgente a la conciencia colectiva. A los conductores, para recordarles que manejar no es un derecho absoluto, sino una responsabilidad que puede costar vidas, cada luz roja ignorada, cada cruce tomado a la fuerza, cada peatón atropellado por la prisa es una decisión, no un accidente inevitable.

Y a las autoridades, para exigirles algo básico pero fundamental, liderazgo.

 Ordenar el tránsito no es inventar obstáculos, es hacer cumplir la ley, significa invertir en educación vial desde las escuelas, capacitar a quienes otorgan licencias, fiscalizar de manera constante y transparente, y sancionar sin excepciones ni favoritismos.

Tarapoto no necesita más semáforos en los óvalos ni más rompe muelles sin criterio, lo que necesita es decisión, coherencia y respeto por la vida. Porque cuando el caos se normaliza, lo que sigue no es progreso, es tragedia y esa, lamentablemente, ya está tocando la puerta.

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