Autor: Jorge Gary Mori Ruiz. “Lomas Motilón”
Editorial: Lamas Remixes.
Género: Narrativo.
Especie: Mito.
Datos escritos por: Kenlly Amasifuen Dávila (Level K).
Breve reseña:
“La secta del Yakuruna” surge de antiguos relatos de la Amazonía, donde los ríos y/o lagunas esconden secretos.
En este relato, se habla de una secta oculta que rinde culto al Yakuruna en silencio, realizando rituales prohibidos a orillas de los ríos y/o lagos, haciendo pactos con este ser que no pertenece al mundo de los hombres.
Se dice que quienes realizan o tienen cierto contacto con estos rituales, son atraídos por promesas de poder, conocimiento chamánico o general, o lo más extremo, una vida inmortal en las profundidades.
La historia se basa en la cosmovisión de la Amazonía, donde la naturaleza no es solo un escenario, sino un ser vivo con poder y voluntad propia.
Pequeño desarrollo del escenario:
La historia se sitúa en diferentes caseríos y pueblos amazónicos atravesados por un río.
El Yakuruna.
El Yakuruna es un ser mítico de la Amazonía en general que habita en los ríos y/o lagos.
Según la creencia del pueblo, el agua siempre reclama lo que le pertenece, y este ser, se encarga de ello.
Ambiente y sensaciones
Lomas Motilón utiliza muchas sensaciones físicas para transmitir terror y suspenso.
No es un miedo directo, sino psicológico, que se siente en los personajes del relato.
Conclusión:
La naturaleza ha visto nacer y morir miles de generaciones en el tiempo. Solo ella guarda la verdad de como empezaron sus mitos; nosotros, de paso, creamos historias y miedos con lo que apenas alcanzamos a conocer, es decir, una mínima parte de lo que existe en la Amazonía.
Capítulo I – ANTES DEL CAMINO.
Aquel día el río arrastraba el cuerpo de una niña.
Tenía la piel hinchada, los ojos abiertos, fijados en el cielo gris que cubría al pueblo. Los que lograron verla, sentían una presión incómoda en el pecho, como si el aire se volviese espinoso justo antes de entrar en los pulmones.
Respirar requería un esfuerzo mínimo pero consciente, y más de uno se llevaba la mano al pecho solo para asegurarse de que el corazón seguía latiendo con normalidad.
Alrededor de su boca (que también estaba abierta), los shinguitos giraban y giraban, tanto, que el sonido de sus pequeñas alas formaba un murmullo parecido al de un sonido tenebroso. Ese zumbido no se quedaba quieto ni sonaba siempre igual; se intensificaba, disminuía y de la nada regresaba con más fuerza que antes, tanto que, al escucharlo, la piel de la nuca sentía un cosquilleo que recordaba a la sensación de escalofríos que una mala noticia provoca.
Aquel cuerpo flotaba con una tranquilidad inquietante. El agua lo levantaba y lo dejaba caer en un vaivén constante, semejante al movimiento que hace el pecho al respirar. Esa semejanza resultaba perturbadora y siniestra.
Dentro del caserío, se podía escuchar un machete golpeando pequeños trozos de leña y cada impacto se sentía en el aire con mucha violencia. El sonido de la madera que se quebraba era seco, tan parecido al crujido de huesos que se rompen, que cualquiera que lo hubiese escuchado habría jurado que provenía de algún esqueleto profanado en el pequeño cementerio.
El ruido no solo podía oírse, sino que podía sentirse en la cabeza, exactamente en la base del cráneo.
Sin explicación alguna, muchos sentían un fuerte o ligero dolor de cabeza, pero no podían explicar el porqué de eso.
El humo de la tullpa ascendía hacia ese cielo grisáceo, cubriendo con su pasar los techos de palma y llenando las pequeñas casas rústicas con ese típico olor a leña quemada, olor que se adhería a la garganta, raspaba por dentro y obligaba a tragar saliva con frecuencia.
Las casas parecían haberse reducido, los techos se notaban más bajos de lo normal, las paredes de barro se cuarteaban con el calor acumulado por el humo, emitiendo fracturas que recordaban hechos siniestros después de una noche fría y oscura.
Por la mañana, los niños reían mientras corrían descalzos entre los charcos que había dejado la lluvia del día anterior. Jugaban en el barro y disfrutaban de su infancia, sin saber que el caserío escondía un terrible secreto. El barro frío se les pegaba en las plantas de los pies, se colaba entre sus pequeños dedos y ese contacto los hacía gritar entre risas breves y sobresaltadas.
Sus voces podían atravesar el aire. Por momentos, esas pequeñas voces parecían estar demasiado cerca, pero, deformadas por la humedad.
Algunas madres sentían nuevamente un escalofrío terrible al escucharlas, como si se tratara de un recuerdo antiguo que las obligaba a mirar hacia el río antes de volver a sus quehaceres.
Por otro lado, sobre el río que cruzaba el pueblo (mencionado anteriormente), ese cuerpecito seguía allí, flotando, mostrando que el agua estaba cuidando a su presa. Su largo cabello se abría alrededor de su cabeza como si fueran finas raíces, y la corriente lo acomodaba con una paciencia perturbadora, y su piel, moreteada e hinchada, tensada al límite, parecía que estaba a punto de ceder.
Nadie lloraba demasiado ni de forma exagerada. El dolor se acumulaba en el pecho, en los hombros, en las manos que temblorosas, sudaban incesantemente.
Nadie, absolutamente nadie se atrevía a nombrar lo que algunos en el caserío ya conocían.
Sabían que el agua siempre reclamaba lo suyo, y ellos, en silencio, tenían que aceptar y obedecer, ya que esto era parte del trato.
Quienes habían visto al yakuruna de forma casual dentro de las aguas del río, regresaban distintos.
Este cambio no se notaba de inmediato, sino que era lento, como una enfermedad que se instala sin ningún síntoma.
Primero se alteraba la mirada. Después, el cuerpo.
Algunos regresaban mudos, sin poder pronunciar palabra alguna, con los labios apretados y sellados por una fuerza invisible que solo los chamanes más avezados sabían definir. Sus gargantas se movían al intentar pronunciar alguna palabra, pero el sonido no encontraba ruta de salida, como si se hubiera quedado atrapado en algún lugar del cuerpo.
Otros volvían con los ojos vidriosos, como si el agua les hubiera arrancado el alma y toda sensación de vida. Caminaban despacio, arrastrando los pies, como si el suelo evitase que pudieran dar un solo paso.
Se decía que los más graves regresaban con una risa quebrada, sostenida demasiado tiempo en el rostro de quien la portaba, como si desde las profundidades hubiesen traído un secreto que era difícil de contener. Una risa que tensaba la piel de quienes la veían, que hacía estremecer el cuerpo y helar la sangre.
A pesar de todo esto, la vida continuaba.
Había que ir a la chacra, aunque las piernas pesaran más de lo normal, preparar café para el lonche típico de la tarde, aunque el estómago rechazara cualquier tipo de potaje, acostarse temprano con el cuerpo exhausto.
Y, como era de esperarse, el río, ese ser que calla secretos milenarios, seguía allí, detrás del caserío, llevándose aquel cuerpecito que no tenía la culpa de flotar en él, siempre observando, atento y paciente.
Algunos sentían su presencia incluso lejos del agua: una humedad inexplicable al respirar y en la piel, un frío leve en los huesos, una incomodidad que no desaparecía al acostarse o despertarse.

DATOS DEL AUTOR:
Jorge Gary Mori Ruiz «LOMAS MOTILÓN», escritor, productor musical y DJ, nacido en Lamas, ha trazado su camino entre las sombras del arte y el misterio.
Con estudios en Psicología, Contabilidad, Gramática y Literatura, su fascinación por lo oculto y lo macabro lo llevó a dar forma a su primera obra: “MANCHAY AMAZONIKU 1”, alcanzando en los 8 primeros meses de publicación, una gran acogida a nivel regional, nacional e internacional.
Inspirado por los grandes maestros del terror y las historias sepultadas en la memoria de la Amazonía, su escritura es un umbral hacia lo desconocido, donde el miedo y la ficción se entrelazan en un camino sin retorno.



