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BRAYDEN, EL NIÑO QUE NO SE PERDIÓ: LO PERDIMOS

Hay dolores que no hacen ruido, pero truenan. Hay silencios que no callan, sino que gritan con toda la garganta rota.

En el caserío Naranjal, en Moyobamba, la Navidad no tuvo villancicos, el Año Nuevo no tuvo fuegos artificiales, y los abrazos quedaron con un vacío en medio: el tamaño exacto de un niño de dos años.

Brayden Ramírez Córdoba. desapareció el 21 de diciembre de 2025. Desde entonces, el calendario se volvió un enemigo: cada día suma horas, pero intenta restar esperanza… y la comunidad, terca y hermosa, se resiste a permitirlo.

La angustia ya no es solo de los padres. El dolor se volvió de todos, de esos que se reparten como pan amargo en cada mesa.

En Naranjal nadie pregunta qué se va a cocinar, sino qué se sabe de Brayden. Y la respuesta, como una bofetada, sigue siendo la misma: nada. Nada que alivie, nada que explique, nada que devuelva el aire completo a los pulmones de quienes lo esperan.

Mientras tanto, la Policía Nacional y las Rondas Campesinas del Alto Mayo han duplicado esfuerzos. Qué lindo verbo: duplicar. Ojalá se pudiera duplicar también la certeza, duplicar la justicia, duplicar el milagro. Han recorrido chacras, trochas, quebradas y hasta los rincones donde el monte se hace secreto.

La región San Martín mira, comparte, difunde. Se ha tejido una red de solidaridad tan grande que debería ser visible desde el cielo; quizá si los milagros usan mapa, la encuentren iluminada.

Los padres creen que fue raptado. Y no les pidamos serenidad científica ni precisión jurídica: hablan desde el abismo. “Es una súplica”, dice Sergio Ramírez, y uno entiende que esa palabra no sale de la garganta, sale del desgarro.

Ellos no celebraron Navidad; ellos esperaron. No brindaron por el 2026; contaron minutos. Mientras otros envolvían regalos, ellos desenvuelven miedo. Los juguetes siguen ahí, ordenados como si esperaran instrucciones; las zapatillas pequeñas siguen quietas, como si guardaran su pasito corto; la casa entera está en pausa.

Y, sin embargo, hay que aceptar otra palabra incómoda: sociedad. Esa sociedad que se indigna en redes, escribe «palabras cargadas de dolor” y luego cambia de tema con la ligereza de un dedo que desliza la pantalla.

Sí, duele decirlo: somos capaces de compartir la foto de un niño desaparecido y, un segundo después, reírnos del meme del día. Multitarea emocional, le llaman. Autoengaño con WiFi, diría yo.

También están los que opinan con megáfono y sin pudor: que si los padres, que si la culpa, que si el castigo divino, que si la brujería, que si la vecina. El mercado de especulaciones está más surtido que el de frutas. 

Es fácil, cómodamente fácil, explicar la tragedia desde el sofá de una sala, con un café tibio y cero responsabilidad. Qué duro es lo otro: buscar, sudar, caminar, cargar la incertidumbre como una mochila que no se puede dejar en el suelo.

Ironía de la vida: vivimos rodeados de cámaras, GPS, satélites, inteligencia artificial, vigilancia y drones… pero un niño de dos años puede desaparecer sin dejar rastro. El mundo puede rastrear tu pedido de hamburguesa en tiempo real, pero no puede decirnos dónde está Brayden. Progreso, lo llaman. Yo lo llamaría con un poco más de sinceridad: desorden tecnificado.

Moyobamba, sin embargo, está dando una lección que no cabe en ningún algoritmo: la unidad y la empatía pueden marcar la diferencia. Hombres y mujeres que quizá nunca cruzaron una palabra ahora comparten mapas, rutas y cansancio.

Las Rondas Campesinas buscan, la PNP busca, la gente busca… y, lo más importante, siguen creyendo. La esperanza no se apaga, aunque la noche sea larga. Será terca, será imprudente, será romántica, pero sigue encendida.

Y aquí la sátira se vuelve incómoda, porque el blanco no es la familia ni la comunidad: somos nosotros, los que decimos “qué terrible” y pasamos de largo; los que normalizamos el horror como quien se acostumbra al ruido del tráfico; los que tratamos la desaparición como una noticia más, con titulares de impacto y corazón anestesiado. Nos volvemos expertos en palabras grandes y analfabetos en humanidad básica.

Brayden no se perdió. No se pierde lo que está cuidado, lo que está protegido, lo que tiene un mundo que se hace cargo. A Brayden lo perdimos.

Lo perdió un sistema que no previene, una sociedad que no protege a sus niños, un Estado que llega tarde y a veces ni llega. Y reconocerlo duele, pero mucho más duele mirar a otro lado.

Si alguien lo tiene, que lo devuelva. No por miedo, no por presión, no por cálculo: por humanidad. Si alguien sabe algo, que hable. Si alguien vio algo, que lo diga. A veces la diferencia entre tragedia y regreso es una persona que decide no callar. 

Cada dato importa, cada pista cuenta, cada conciencia pesa. Porque, al final, esta no es solo una cruzada por Brayden: es una cruzada por nosotros. Para no acostumbrarnos al vacío, para no normalizar la desaparición, para no convertir el dolor ajeno en simple contenido compartible.

Para recordar que un niño no es un rumor, no es un expediente, no es un caso: es vida en pausa.

En Naranjal no hay casas de catálogo; hay una casa empolvada por la tierra y la necesidad. El piso es testigo de pasos descalzos, ollas vacías y sueños con hambre. Allí, tres niños miran la puerta como quien mira un milagro atrasado. Extrañan a su hermano con una mezcla de culpa y esperanza, aferrándose a la idea de que Brayden regresará.

La madre recoge los juguetes como si ordenara el corazón; el padre mira al monte como si el monte debiera responder. Todo está ahí, en pausa: la cama, la ropita, la risa en ausencia. La casa es pobre, sí, pero está llena de amor en espera. Y esa espera se pega a la piel como tierra mojada; no se la pueden quitar ni con llanto ni con sueño.

La esperanza, terca como la pobreza misma, se sienta cada tarde en la puerta. No se apaga, aunque el viento la zarandee. Se queda allí, mirando el camino, como si supiera que algún día, en cualquier descuido de la desgracia, un niño de dos años volverá corriendo y todo el polvo del Naranjal tendrá, por fin, sentido.

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