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Uchuraccay: La historia de una labor que no se rinde 

Por: Ernesto Calderón Neyra
Pdta. Independiente

Hay labores que no se miden por el salario, el reconocimiento o la comodidad, sino por el riesgo que se asume en nombre de la verdad. El periodismo es una de ellas. Uchuraccay no es solo un punto en el mapa de Ayacucho; es una herida abierta en la historia del Perú y, al mismo tiempo, un símbolo profundo de lo que significa ejercer la prensa en contextos donde informar puede costar la vida.

El 26 de enero de 1983, siete periodistas y un guía llegaron a Uchuraccay impulsados por una convicción esencial: contar lo que estaba ocurriendo en el corazón del conflicto armado interno. No iban armados, no iban a juzgar; iban a mirar, escuchar y narrar. Esa es, en esencia, la labor periodística. Sin embargo, en un país fracturado por el miedo, la desinformación y el abandono estatal, esa labor fue confundida con una amenaza.

Los asesinatos de Uchuraccay no pueden leerse únicamente como un error trágico de una comunidad campesina. Son también el reflejo de un Estado ausente, incapaz de proteger a sus ciudadanos, de informar con claridad y de tender puentes entre el Perú urbano y el Perú profundo. Cuando el Estado no está, la sospecha reemplaza al diálogo y la violencia ocupa el lugar de la razón.

Willy Retto, al tomar sus últimas fotografías segundos antes de morir, dejó algo más que imágenes: dejó una prueba silenciosa de hasta dónde puede llegar el compromiso con la verdad. Esas fotos no son solo documentos periodísticos; son testimonios éticos de una profesión que insiste en existir incluso cuando todo conspira contra ella.

Pero Uchuraccay también es la historia de una comunidad devastada. Más de 135 comuneros fueron asesinados por Sendero Luminoso, un pueblo quedó abandonado y familias enteras se vieron obligadas a huir a los cerros o a migrar. Durante años, Uchuraccay fue víctima doble: primero del terror subversivo y luego del olvido. Recordar solo a los periodistas sin mirar el sufrimiento de la comunidad sería repetir una lectura incompleta de la historia.

El periodismo, como labor histórica, no se ejerce en el vacío. Se ejerce en territorios reales, con personas reales, cargadas de miedos, lenguas, memorias y heridas. Uchuraccay nos recuerda que informar sin comprender el contexto también tiene límites, pero que silenciar la realidad es siempre peor.

Hoy, cuando la desinformación circula con velocidad digital y la prensa vuelve a ser cuestionada, atacada o desacreditada, Uchuraccay sigue hablando. Nos dice que la libertad de expresión no es un privilegio, sino una condición indispensable de la democracia. Nos recuerda que sin periodistas no hay memoria, y sin memoria no hay justicia.

La historia de Uchuraccay no es solo pasado. Es advertencia y compromiso. Advertencia de lo que ocurre cuando la violencia y el abandono se normalizan. Compromiso para que la labor periodística —incómoda, necesaria, imperfecta— siga caminando, incluso en los territorios más difíciles, con una sola convicción: que la verdad, aunque duela, siempre vale la pena.

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