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El Estado ausente también corta el cordón umbilical

La imagen es imposible de olvidar. Una mujer de pie, con una criatura recién nacida apretada contra el pecho como quien protege lo único que le queda. Lleva una bata hospitalaria verde, empapada de sangre que cae en hilos espesos hasta el suelo blanco, manchándolo todo: el piso, los zapatos, la dignidad del sistema. No hay camilla, no hay médico, no hay obstetra, no hay prisa institucional. Solo hay sangre y una madre sosteniéndose en pie más por instinto que por fuerza. Al fondo, los equipos médicos descansan, limpios, ordenados, inútiles.

El hospital está ahí, pero no está presente. La escena no ocurre en una zona de guerra: ocurre dentro de un establecimiento de salud en el Perú. Y esa es la herida más profunda: no es solo una mujer pariendo sola, es un país entero que decide no mirar mientras la vida nace abandonada.

La joven madre, de apenas 21 años, ingresó al Hospital de Yungay, en Áncash, alrededor de las ocho de la mañana. Ocho horas después, cuando el cuerpo ya no negocia y la vida no espera, dio a luz sola. La llevaron a la sala de  partos, (nombre irónicamente optimista) para descubrir que no había nadie en turno. Nadie. Como si el nacimiento pudiera agendarse, como si el dolor aceptara horarios administrativos.

Las cámaras de videovigilancia lo registraron todo. Porque, a estas alturas, en el Perú, la única que no abandona es la cámara. Se ve a la mujer pidiendo ayuda. Se ve al esposo corriendo por pasillos que conducen a ninguna parte. Se ve un hospital convertido en escenografía: paredes, equipos, protocolos… sin humanidad.

Después vino el guion de siempre. Comunicados. Indignación oficial. Procesos administrativos. Rescisión de contratos. Separaciones temporales. Cambio de director. La liturgia del escándalo, esa que se activa únicamente cuando la vergüenza se viraliza. Antes de eso, el abandono no era noticia: era rutina.

Qué alivio, nos dicen. La madre está estable. La bebé pesa 3,150 gramos. Evolución neurológica favorable. Ambas bajo observación 48 horas más. Caso casi resuelto. Aplausos contenidos. Página siguiente.

No. Aquí no hay final feliz. Aquí hay sobrevivientes. Y eso no es lo mismo. Porque la pregunta incómoda no es si la madre y la niña están bien hoy. La pregunta que quema es otra: ¿Por qué tuvieron que pasar por esto? ¿Habría parido sola esta mujer si su apellido fuera distinto? ¿Si no viniera de una zona rural? ¿Si su rostro no fuera el de miles de peruanos invisibles?

La discriminación en el sistema de salud no siempre insulta. A veces simplemente no atiende. No grita; deja esperando. No golpea; abandona. Y eso mata lento, pero mata.

Lo ocurrido en Yungay no es un hecho aislado. Es un síntoma. Una radiografía sin anestesia de una crisis estructural donde la vocación de servicio fue desplazada por la indiferencia, el compadrazgo y el “cumplir horario”. Donde hay profesionales capaces sin “contactos” mirando desde afuera, mientras adentro algunos reducen la medicina a una presencia física, no ética.

Aquí no bastan dos contratos rescindidos ni una separación temporal. No basta cambiar nombres en un organigrama si la cultura institucional sigue podrida. Porque el problema no es solo quién faltó ese día, sino quién permitió que faltar fuera posible.

Esto pasó en Yungay, entre sangre e indiferencia, dentro de un hospital público que estaba abierto, pero vacío de humanidad. El Estado llegó tarde, como casi siempre. Este es el retrato descarnado de un sistema de salud que abandona, discrimina y solo reacciona cuando la vergüenza se vuelve viral.

La salud pública peruana no está enferma: está anestesiada. Se acostumbró al dolor ajeno. Se acostumbró a que la vida rural valga menos. Se acostumbró a reaccionar tarde y mal, solo cuando la sangre ya manchó el piso… y las redes sociales.

Parir en un pasillo no es una anécdota. Es una denuncia. Es una metáfora brutal de un Estado que llega tarde, que no cuida, que no acompaña. Un Estado que trata derechos como favores y favores como privilegios.

La niña nació. Y eso no es mérito del sistema. Es una victoria de la vida, que se abrió paso a pesar del hospital, no gracias a él. Porque cuando el Estado no acompaña, no protege y no llega a tiempo, no solo falla: abandona.

Que esta imagen incomode. Que no se archive. Que no se diluya en comunicados ni en cambios de escritorio. Porque mientras el abandono siga siendo normal, cualquier disculpa será solo papel timbrado.

La salud no es caridad. No es suerte. No es resistencia heroica. Es un derecho.

Y parir con dignidad no debería ser una hazaña, sino el punto de partida mínimo de una sociedad que aún pretende llamarse humana.

Cuando el Estado se ausenta, no solo corta presupuestos o turnos: corta el cordón umbilical con su gente. Y esa herida, aunque no siempre se vea, sigue sangrando.

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