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Capítulo IV – LA NIÑA ENTREGADA.

El cielo amaneció despejado, lo que en apariencia indicaba un día bastante bueno y productivo.

El río se movía al mismo ritmo de siempre, y el caserío se desarrollaba como lo hacía cada mañana: las puertas estaban abiertas temprano, algunas mujeres barrían amenamente las entradas de sus casas, el olor a café se mezclaba con el de la leña encendida de algunas tullpas, y los niños salían a jugar descalzos antes de que el sol calentara demasiado las calles de tierra. No hubo anuncios en el alto parlante ni sobresaltos entre los moradores. Incluso los perros parecían dormir más de lo habitual, ya que no ladraron como de costumbre.

Una vez aparecido el sol, en la bodega de la esquina el movimiento llamaba mucho la atención, ya que en el pequeño caserío solía venderse bastante solo en fechas festivas, como sucede en la mayoría de pueblos amazónicos, pero ese día, en particular, muchos comuneros con negocio vendieron más de lo normal.

Nadie lo comentó en voz alta, ni tampoco sospechó el porqué, pero varios pudieron notar que, en varios negocios locales, entraban personas que nunca se habían visto allí. No parecían estar perdidos. Compraban de manera precisa, hablaban y preguntaban poco, pagaban sin regatear, algo que, hasta ahí, no parecía fuera de lugar. Una de estas personas desconocidas, dijo haber pasado por Rumisapa hacía unos días; entonces, de la nada, otro mencionó, mientras contaba las monedas de su vuelto, que venía de un lugar que está a una hora entrando por Zapatero. Más tarde, una mujer pidió velas al bodeguero y comentó algo sobre un puente que dividía a dos barrios en Alonso de Alvarado, y, lo que hacía más creíble a lo que decía, era ese acento marcado, propio de esa zona.

Nada de eso era ni parecía extraño hasta ese entonces, ya que el pueblo estaba acostumbrado a ver pasar gente.

Aun así, algo minúsculo podía sentirse fuera de lugar. Como cuando un sonido se repite tantas veces que empieza a fastidiar.

Por otro lado, en una casa cercana al campo del caserío, una madre lavaba de manera ancestral, usando tinganas sobre telas y golpeándolas sobre una piedra que su esposo había colocado. Lo hacía de esta forma porque para ella, era mas eficaz que usar detergente y productos químicos.

Entonces, extendió el raku paño sobre la piedra, que era ligeramente plana, lo frotó y golpeó con extremo cuidado para no dañarlo. Era una tela bastante fuerte, pensada para cargar bebés en la espalda o al frente, para poder tener cierta comodidad mientras se camina, se trabaja o se vive. Lo había usado años atrás, cuando su hija era apenas una bebé. Por eso le sorprendió encontrarlo guardado en el tinajón, doblado con tanto cuidado, como si alguien lo hubiera escondido para usarlo en algún momento otra vez.

No dijo nada.

Mientras tanto, la niña la observaba desde un costado, con apenas 8 años de vida, jugaba con un palito de piri piri, haciendo dibujos en la tierra que yacía húmeda por el agua que su mamá usaba al lavar.

No preguntó por qué su mamá no la dejó salir a jugar, ni por qué su papá la estuvo evitando casi todo el día.

Al mediodía, el calor se pudo sentir más intenso de lo normal.

Algunos hombres regresaron antes de la chacra. Dijeron sentirse sofocados y cansados sin saber por qué. Una mujer olvidó un mandando que había ido a hacer. En otra casa, alguien que nunca abrió su puerta, lo hizo. Nadie relacionó estos hechos con nada, ya que se sabe pues que hay días formidables y días totalmente extraños.

Por la tarde, se pudo divisar la llegada de más visitantes.

No juntos, sino que aparecían en intervalos, mejor dicho, no seguían un patrón definido. En un barrio, uno llegó y preguntó en una casa si le podían invitar agua; otro se sentó un rato bajo un árbol de pomarrosa y luego siguió su camino. Tras el paso de estas personas, algunos aseguraron oír que uno decía Tabalosos, otro Lamas, otro Barranquita, otro Cuñumbuque.

En otro barrio, alguien decía venir de Pinto Recodo, otro mencionó la gran cantidad de personas que visitan San Roque de Cumbaza y lo dejan totalmente sucio. Más tarde, en el mismo barrio, alguien habló de Shanao y otro juró haber pasado por el Pongo del Caynarachi antes de llegar allí. Nadie los detuvo. Nadie les preguntó el porqué de su visita.

Cuando el sol empezó ocultarse, el aire en el caserío cambió veloz y enigmáticamente.

No se heló, pero si, se volvió denso, pesado, como un bochorno general.

El padre de la niña, que sabía que había llegado el momento, la envolvió con el raku paño. Lo hizo con el mismo gesto con el que se envuelve a un bebé: firme, protector, preciso, quizá sabiendo que después de eso, no tendría ningún recuerdo de ella, o que le tocaba cargar con culpa por el resto de su vida.

Ese detalle de envolver a su hija, incomodó a quienes lo vieron, ya que esa no era una forma de preparar a alguien para salir, a menos que no sea un bebé.

Llegada casi la una de la mañana, el padre despertó a su hija, con un dolor que casi le partía el corazón, pero, que debía contener porque sabía en lo que se había metido.

Caminaron rumbo al río, despacio y sin apuro.

Las casas permanecían totalmente cerradas. Desde adentro, algunos que seguían con sus tareas, no se asomaron para ver a donde se dirigían o de quienes eran los pasos que se escuchaban.

El padre pudo observar entonces que en la orilla ya había gente.

No estaban reunidos en grupo. Estaban ahí, regados. El río seguía corriendo igual. Un alivio breve recorrió entonces al hombre que, desdichado, se decía así mismo: nada ha cambiado felizmente, todo está igual.

Entonces, mientras pensaba, comenzó un canto aterrador que él pudo sentir hasta en lo más profundo de su corazón.

Era el “maestro del agua”, que días antes había sido observado en algunas chacras locales.

Mientras el mísero padre trataba de calmar a su pobre alma, el chamán comenzó a entonar la primera frase, de manera suave pero totalmente aterradora.

Las personas que se encontraban allí, eran aquellos foráneos vistos horas antes, los mismos que repetían esto que parecía un ícaro sacado del mismo infierno, repetían palabras, una tras otra, hasta que no se supo quien daba la primera voz.

“Yaku mama… kaway, kaway…

kaway… kaway…”

Las voces se mezclaron, formando un pulso irregular y frenético que se sentía más intenso en el pecho que en los oídos.

“Mana riksini warmi… upyay, upyay…

upyay… upyay…”

Algunos bajaron la mirada, otros se mordieron los dientes.

El “maestro” alzó la mano izquierda, y el coro de los foráneos volvió a seguirlo.

“Kay shunkuyki… mikuy, mikuy…

mikuy… mikuy…”

El canto creció en un instante, suave, insistente, áspero.

“Ñukaykuna munayki… shamuy, shamuy…

shamuy… shaaaaaaaaaaamuy…”

La niña no gritó, tampoco se movió, como si aquellas palabras la hubiesen llevado a alguna dimensión de la que no podía escapar.

De pronto, un objeto de hueso que ya habías visto antes, emergió del río y brilló por un instante. No hubo violencia, solo una precisión que parecía otorgada por el mismo demonio que se encontraba sumergido casi cerca a la orilla.

Entonces, el “maestro” ejecutó un gesto que parecía no ser humano, y las voces pronunciaron a viva voz.

¡“Yakurunaaaaaaaaaaaa, allimaaaaaaa shamushka kay wasi…

ukupi… ukupi… ukupiiiiiiiiiiiiiiiiii…”!

Tras esto, el padre, inmóvil y totalmente desconcertado, puso el cuerpo de su pequeña hija sobre una roca en la orilla, aún envuelto en el raku paño que se oscurecía lentamente. Por otro lado, el “maestro” recogía la sangre que vertía de aquel pequeño ser con extremo cuidado, asegurándose de tener la cantidad exacta.

Tras esto, continuó, y los demás repitieron sin vacilar, bajando gradualmente el tono de voz.

“Chaskichiy kay kuna… millpuy…

millpuy… millpuy…”

Las palabras se volvieron más rápidas y casi erráticas:

“Chaskiy, chaskiy… mikuy, mikuy…

mikuyyy… mikuyyy…”

Y entonces, el padre totalmente destruido, vería algo que él solo había escuchado en viejos mitos.

Cuando el “maestro” entonó la última parte y el coro lo siguió hasta el final.

“Kay yawar wambra… mikuy, mikuy…

mikuyyy… mikuyyy…”

Algo, desde las aguas del río jaló aquel pequeño cadáver hacia las profundidades, mientras el chamán vertía la sangre recogida sobre la cabeza de los asistentes, incluyendo la de aquel humilde hombre que había entregado a su pequeña.

No hubo ni una ola ni tampoco corriente visible. Fue un jalón lento, pero totalmente seguro.

De pronto, el agua se cerró sin producir ruido.

Todo pareció volver a la normalidad, los foráneos de dispersaron, quizá para volver al lugar de donde provenían, y el padre, como si fuera arte de magia, no recordaba el dolor y sufrimiento que le había causado aquella escena tan perturbadora.

Al día siguiente, la aparente normalidad en el caserío se volvía tormento. Como si las ánimas buenas del bosque, o hasta la misma mama pacha estuviera enfurecida por este acto tan abominable.

Fue aquel olor nauseabundo que llegó por la tarde lo que activó las alarmas entre la gente. Curiosos moradores empezaron a buscar de que se trataba, pero al descubrirlo, tal fue su sorpresa que algunos de ellos, vomitaron o se desmayaron al ver cosa tan macabra.

Este olor no provenía del agua, sino de una piedra que sostenía un raku paño abandonado en la orilla, empapado de sangre y de una sustancia que nadie se atrevió a tocar. Los que se desmayaron, contaron luego que, entre las piedras cercanas, habían quedado marcas de sangre y pequeños trozos de carne arrancados con torpeza.

Los que soportaron la escena, emprendieron la retirada, cuando de la nada, del río empezaron a salir burbujas. De repente, en medio de ellas, un mechón largo de cabello, enredado con fibras del raku paño, salió a flote.

Cuando intentaron sacarlo del agua, una voz demoníaca y parecida a la voz de alguien que es exorcizado, pronunció el nombre de la niña, que no logró entenderse.

No era su madre, tampoco su padre, era una voz ajena, que lo dijo mal, como si no importara, y mágicamente, todos los moradores parecían haber olvidado la existencia de este inocente ser que fue entregado al yakuruna …

· Agradecimiento por la traducción aproximada del íkaro:  Doly Cachique.

· Nota: el autor y el diario se deslindan de toda responsabilidad por lo que este íkaro atraiga en quien lo lea.

· Advertencia: no todos los portales vuelven a cerrarse una vez abiertos.

“Madre del agua…  míranos, míranos…
míranos, míranos…
no te conocemos mujer… toma, toma,
toma, toma…
este corazón, come, come…
come, come…

Nosotros te adoramos… ven, ven…
ven, ven…

Demonio del agua, bienvenido a tu casa…
entra, entra, entra…
recibe este sacrificio, traga…
traga, traga…
recíbelo, recíbelo… come, come, come…

La sangre de esta niña… come, come…
come, come…”

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