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RIMAYKUNA SACHAMANTA

Ludwig H. Cárdenas Silva

Columnista

PARQUE NACIONAL CORDILLERA AZUL: UN CORAZÓN VERDE ENTRE LA ESPERANZA Y LA PRESIÓN HUMANA

Entre la pendiente andina y el aliento húmedo de la Amazonía, la Cordillera Azul se levanta como una frontera viva. No es solo un parque: es una arquitectura de nubes, agua y raíces.

El Parque Nacional Cordillera Azul fue creado mediante el Decreto Supremo Nº 031-2001-AG, y abarca una superficie de 1 353 190,84 hectáreas, extendidas sobre las provincias de Bellavista, Picota y San Martín (San Martín), Ucayali (Loreto), Padre Abad (Ucayali) y Leoncio Prado (Huánuco). Su mandato fundacional es claro: conservar pantanos de altura, comunidades biológicas sobre roca ácida, bosques esponjosos y enanos; proteger cerros rojizos erosionados, colinas y laderas; y resguardar lagos aislados, arroyos y riachuelos de altura.

Los beneficios que irradia este territorio son profundos y silenciosos. Cordillera Azul actúa como regulador climático, capturando carbono y sosteniendo cabeceras de cuenca que alimentan a miles de personas río abajo. Sus bosques nublados amortiguan extremos térmicos, su compleja topografía permite la conectividad ecológica entre pisos altitudinales, y su biodiversidad —aun parcialmente explorada— ofrece refugio a especies sensibles a la fragmentación del paisaje. En tiempos de crisis climática, este parque funciona como una esponja biológica que guarda agua en la montaña y la devuelve, paciente, a la llanura.

La gestión pública ha contribuido a sostener esta promesa verde. El trabajo del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP) fortalece la vigilancia, el ordenamiento del uso público y la articulación con gobiernos locales. A ello se suman los aportes científicos del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana, que documenta procesos ecológicos, dinámica de bosques y servicios ecosistémicos. Existen, además, iniciativas de conservación voluntaria y acuerdos con comunidades que buscan compatibilizar producción y protección, sembrando educación ambiental y alternativas sostenibles en la periferia del área protegida.

Sin embargo, el parque también carga heridas. La presión por cambio de uso del suelo se filtra por sus bordes: agricultura migratoria, tala selectiva, carreteras informales y economías ilegales tensan la línea de defensa. La extensión del territorio supera con frecuencia la capacidad operativa disponible para patrullaje permanente. Persisten superposiciones de derechos, ocupaciones antiguas sin saneamiento y expectativas económicas que chocan con la lógica de la conservación. A ello se suma un reto menos visible: integrar de manera efectiva el conocimiento científico con la experiencia local. Cuando la conservación no escucha, se vuelve frágil; cuando no incluye, pierde aliados.

Cordillera Azul enseña que la protección no ocurre solo dentro de un polígono en el mapa. Se construye también en las chacras vecinas, en las escuelas rurales, en los municipios y en cada decisión cotidiana. Celebrar sus logros implica reconocer su papel como escudo climático y arca de biodiversidad. Señalar sus debilidades exige honestidad: sin inversión sostenida, sin ordenamiento territorial en la zona de amortiguamiento, sin mercados para productos responsables y sin educación ambiental de largo aliento, el parque seguirá defendiendo solo lo que puede.

Entre la niebla y la pendiente, Cordillera Azul permanece, respirando por todos. Es un corazón verde que late con fuerza, pero que necesita manos, políticas y conciencias alineadas. Cuidarlo es, al final, una forma de cuidarnos.

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