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Carnaval amazónico: Cuando el baldazo es más democrático que el poder

El baldazo llegó primero. Sin aviso, sin disculpas y con una puntería que supera a cualquier francotirador. La blusa pasó de decente a transparente en segundos, la sandalia salió disparada hacia un destino desconocido y, mientras yo intentaba conservar algo parecido a la dignidad, la selva entera estallaba en carcajadas. Así empezó el carnaval amazónico en el Perú: desnudando certezas, empapando egos y cobrándose revancha con agua.

En la Amazonía, el carnaval no es una fecha: es una actitud. Es identidad. Es el momento en que la gente le cobra la factura al calendario, a la rutina y, de paso, a la vecina renegona que pasa el año entero quejándose del volumen, del agua, del escándalo y de la felicidad ajena. Carnaval es hacerla renegar… con cariño, por supuesto. O no tanto.

Porque aquí el carnaval no se mira, se sobrevive y se disfruta, la alegría no pide permiso ni baja el volumen; irrumpe como la lluvia de la tarde, con fuerza, con ruido y con la certeza de que nadie saldrá seco. Es una forma ancestral y muy eficaz de decir: bienvenido, ya eres parte del desorden.

Aquí la identidad no se declama: se moja. Se lanza en baldes, en globos, en mangueras improvisadas. Se canta sin afinar, se baila sin coreografía y se ríe sin culpa. El carnaval amazónico no pide permiso a manuales culturales ni espera validación externa. Se construye en la calle, en la esquina, en la vereda donde alguien pone un parlante viejo y otro pone el cuerpo.

Y entre tanto jolgorio, la logística colapsa. Sandalias que desaparecen, polos que nunca regresan a su color original, celulares que aprenden a nadar sin querer. Pero nadie llora demasiado. Porque perder algo en carnaval es casi un ritual de iniciación. Es el precio simbólico por haber sido parte. Aquí el desorden no es falla: es método.

Lo maravilloso, y lo profundamente amazónico, es que ese ritual de mojarse no se queda en febrero. En la selva, el agua siempre está al acecho. No hace falta carnaval para que alguien te lance una broma líquida, una risa empapada, un baldazo emocional. El agua es memoria. Es clima. Es costumbre. El carnaval solo oficializa lo que el resto del año se practica a pequeña escala.

La chacota amazónica es democrática y persistente. No distingue edades, cargos ni estados de ánimo. El que prometió “solo mirar” termina corriendo. El que dijo “yo no juego” acaba chorreando. Y el que se ofende… peor todavía. Aquí el ofendido es presa fácil. Porque el carnaval en la selva no tolera solemnidades prolongadas ni caras largas con vocación permanente.

En medio del caos, las sandalias caen como hojas secas. Se pierden, se rompen, se intercambian sin explicación. Nadie busca demasiado la suya, porque siempre aparece otra, o simplemente se sigue descalzo. El carnaval amazónico también es eso: aprender a soltar, incluso el calzado. La comodidad es relativa; la risa, no.

Lo más fascinante es que este ritual de mojarse no se limita a febrero. En la Amazonía, el agua siempre está lista. El baldazo es cultura cotidiana, broma recurrente, memoria colectiva. El carnaval solo legitima lo que el resto del año se practica en versión reducida: el contacto, la burla cariñosa, la risa compartida. Aquí el agua no divide, une.

Cuando el carnaval se despide, queda una certeza profunda: la alegría amazónica no es improvisada, es resistente. Es una forma de estar en el mundo, de reírse de él y de uno mismo. En la selva peruana, el carnaval no termina cuando se seca la ropa. Termina cuando se apaga la risa. Y eso, por suerte, casi nunca pasa.

Por eso, cuando termina la fiesta, no termina del todo. Queda la complicidad. Queda la certeza de que la alegría no es un lujo, sino una estrategia de supervivencia. En la Amazonía peruana, el carnaval no es evasión: es afirmación. Es decirle al mundo que aquí seguimos vivos, ruidosos y dispuestos a mojarnos por seguir celebrando.

Y si al final del día vuelves a casa con un pie descalzo, la ropa arruinada y el orgullo chorreando, no te quejes. Felicítate. Has sido oficialmente parte de la selva. Y la selva, cuando te acepta, no te deja seco jamás.

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