Texto y fotos: Segundo Chuquipiondo
En esta época del año la Amazonía se cubre de lluvias, pero el agua no sólo cae del cielo: brota de los baldes levantados, de las risas que inundan las calles, del barro que cubre los pies y del achiote que pinta los cuerpos. En el oriente peruano, el carnaval es mucho más que una celebración: es un acto de memoria colectiva, identidad y resistencia cultural.
Mientras el país suele asociar el carnaval con Puno, Cajamarca o Andahuaylas, en la selva se vive una festividad intensa, ancestral y profundamente simbólica. En este territorio, Yurimaguas y Rioja destacan como dos epicentros donde la tradición se renueva cada año entre música, agua, danza y color.
Nuestra primera parada es el carnaval del Achiote, un fruto que simboliza medicina, gastronomía y cultura. “El Carnaval del Achiote nace en 2011 como una iniciativa de los grupos de danza y gestores culturales preocupados por la escasez de actividades artísticas y turísticas que fortalezcan la identidad de Yurimaguas” explica David Altamirano, del Patronato Cultural Shungos de Yurimaguas.
Cabe destacar que las investigaciones permitieron reconstruir cómo se celebraba antiguamente: una fiesta barrial, de día, sin jerarquías ni protocolos, donde el juego y la música eran protagonistas. Los vecinos se pintaban con achiote, se lanzaban picho huayo, se untaban con afrecho de masato y guisador, y bailaban al ritmo del bombo en medio del barro. Incluso, algunas mujeres portaban pequeñas talegas con limón para responder, en tono de broma, a quienes intentaban pintarlas.


Por la noche, sin embargo, la ciudad vivía otra celebración. En el antiguo Club Social, las élites organizaban fiestas de estilo europeo, con trajes elegantes, antifaces y serpentinas, evidenciando una clara división social que marcó la historia local.
Hoy Yurimaguas ha logrado recuperar el espíritu original del carnaval, integrándolo a una programación que incluye concursos de música amazónica, danza tradicional, comparsas, el gran corso y, como cierre, el gran ritual del Achiote.
Este ritual se desarrolla en la explanada de la antigua Laguna Verde, un espacio cargado de recuerdos para generaciones enteras. Allí, el achiote se transforma en símbolo de identidad, conexión con la tierra y reencuentro con la memoria ancestral.
Mancharse de rojo no es solo un juego: es un acto simbólico que une cuerpo, historia y territorio.
La Ruta del Carnaval Amazónico: integración cultural y turismo identitario
En 2016, con el objetivo de visibilizar la riqueza cultural amazónica, el Patronato Cultural Shungos impulsó la Ruta del Carnaval Amazónico, una iniciativa que articula a Rioja, Moyobamba, Lamas, Tarapoto y Yurimaguas.
“Cuando se habla de carnaval, nadie piensa en la Amazonía. Por eso decidimos unirnos y mostrarnos como un solo territorio cultural”, señala Altamirano.
Este circuito cultural ha permitido el intercambio artístico, la movilidad regional y el fortalecimiento del turismo, posicionando al carnaval como una expresión viva de identidad y desarrollo sostenible. Cada ciudad aporta su singularidad: el achiote en Yurimaguas, los diablos en Rioja, los chivos en Lamas, las pandillas en Moyobamba y la energía urbana de Tarapoto.


Rioja: donde los diablos bailan y son buenos
El Carnaval Riojano, vigente desde 1782, es una de las expresiones culturales más antiguas y emblemáticas de la Amazonía peruana. Para Raúl del Águila, gestor cultural, esta fiesta es el alma de la ciudad. “Aquí todo el pueblo participa. No es un espectáculo para mirar, es una celebración para vivirla”, afirma.
El Patronato del Carnaval Riojano coordina la seguridad, la programación y la organización barrial, garantizando una participación masiva. Cada barrio forma comités, cada familia colabora, cada comparsa se convierte en una expresión colectiva.
En Rioja las máscaras nos cuentan historias. El símbolo central del carnaval riojano son los diablos, cuyas máscaras representan a campesinos, inmigrantes andinos, personajes históricos, escenas bíblicas y figuras del imaginario amazónico. Lejos de encarnar el mal, los diablos simbolizan la sátira, la crítica social y la transformación. En Rioja, como dice la tradición, “los diablos se vuelven buenos”, danzan, juegan y generan un ambiente de alegría desbordante. Esta fusión entre tradición católica y cosmovisión amazónica expresa el sincretismo historia cultural de la región y fortalece su identidad.
El carnaval riojano también es una experiencia sensorial completa. La gastronomía amazónica, la música de las pandillas, las danzas populares y los recorridos por el Museo Toé convierten la visita en un viaje cultural profundo. “Quien llega a Rioja no solo disfruta la fiesta, se lleva parte de nuestra historia”, destaca Del Águila.
Yurimaguas y Rioja representan dos expresiones distintas pero complementarias de esta gran fiesta: una desde el ritual ancestral del achiote; la otra desde la teatralidad simbólica de los diablos. Ambas confluyen en un mismo propósito: mantener viva la memoria amazónica y proyectarla hacia el futuro. Porque en la selva, el carnaval no se observa: se vive con el cuerpo mojado, los pies en el barro y el corazón latiendo al ritmo del bombo baile.




