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Un amazónico singular, entregado al amor y al trabajo. Crónica de un insigne mandolinista (Episodio 1)

Roberto Carlos Medina

Periodista

Cuando él nació, solo ella sonrió, lo agazapó, le acarició la cabeza y le susurró con ternura premonitoria: “Voy a luchar por hacerte un hombre de bien”.

Aquel 10 de diciembre de 1927, en pleno centro de un pueblo pequeño llamado Tarapoto, no nació solo un niño: nació un hombre que poco a poco y con cada paso se fue convirtiendo en una leyenda anónima. Creció en medio de gente que directamente no era su familia: su padre, aquel que lo engendró, simplemente se fue, nunca tuvo acercamiento con él, y jamás tuvo la intención de buscarlo. Sabía dónde se encontraba, pero no quiso buscarlo.

—¿Para qué lo iba a buscar? Nunca me sirvió —dijo sin nada de nostalgia a sus 98 años.

Francisco del Castillo Vásquez solo llegó a la transición, nunca acabó la primaria; tener que trabajar desde temprana edad era una obligación, y así lo hizo. Vivió en la casa de su padrastro, don Víctor Chota, al frente del emblemático Club Social Deportivo Huracán de la cuadra tres del céntrico jirón San Martín, barrio Partido Alto.

Tener la condición de hijastro, obviamente, no lo llenó de privilegios; al contrario, era una carga que tenía que sobrellevar prácticamente en toda su adolescencia, y ser hijo único tampoco le llenó de privilegios, era el mayor y medio hermano de los hijos de Víctor Chota con su madre.

A pesar de las condiciones en las que creció, en medio de una familia que no era su familia, Rosaura Vásquez Gonzales, su madre, quiso tenerlo siempre a su lado, prodigándole lo que podía regalarle, pero que no era suficiente.

El tiempo pasó. A los 22 años, Panchín se enlistó en el Ejército del Perú, convirtiéndose en sargento tercero; poco tiempo después ascendió a sargento segundo. En ese momento, la guerra del 41 con Ecuador ya era historia; el Cabo Alberto Leveau García ya era reconocido como héroe de esa guerra.

—Ser sargento segundo era ser un jefecito —recordó con mucha nostalgia—, dijo.

Rememoró, sentados en el comedor de su casa en Chirapa, con una sonrisa amplia, sus dos años en el ejército, dos años de entero aprendizaje, de ser parte de un batallón, de una compañía en la que también tenía cierta influencia sobre sus compañeros por tener el rango de sargento segundo.

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