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Capítulo VI – MANOS QUE OFRECEN.

Las sospechas comenzaron a adquirir forma.

No surgieron acusaciones abiertas ni investigaciones formales que señalaran responsables o culpables. Pero ciertos encuentros discretos se repitieron con frecuencia suficiente para ser notados: conversaciones al paso, desplazamientos nocturnos, vehículos que llegaban sin anunciarse y se marchaban antes del amanecer, dejando tras de sí un camino de barro totalmente destruido por las enormes llantas que llevaban puestas para avanzar.

Las versiones coincidían en una hipótesis inquietante: la existencia de una estructura ritual (secta).

No organizada como institución visible o formal, sino como una red de voluntades sometidas. Individuos unidos por promesas de abundancia, intercambios y silencios compartidos. No había símbolos públicos ni templos levantados, pero sí marcas diminutas, gestos repetidos, coincidencias demasiado exactas para ser casualidades.

Algunos afirmaban que el sacrificio no era una ofrenda, sino parte del pacto.

Una negociación donde algo era entregado para preservar algo más materialista.

Y esa idea, sin pruebas, comenzó a instalar dudas interminables en los pequeños caseríos:

¿Quién decide?

¿Quién acepta?

¿Quién calla?

¿Qué otorga luego?

Porque si alguien ofrecía algo, alguien también recibía algo. Una extraña ambigüedad que, para muchos de nosotros, parece salida de una película de terror, pero, que es parte de la realidad de la Amazonía.

Desde que el nombre del “yakuruna” empezó a pronunciarse en voz baja entre la gente, las manos cobraron un protagonismo inquietante y tenebroso.

Manos que se lavaban con insistencia, aun cuando no había suciedad visible, quizá para tratar de hacer que el agua se llevase consigo alguna condena que se había quedado impregnada entre las uñas. Manos con pequeños cortes en la yema de los dedos. Cortes finos pero precisos, casi satánicos y con tendencia a ritual. Manos que temblaban apenas se acercaban al río, pero que no retrocedían a pesar del miedo de los individuos.

Se decía que el agua podía reconocer la sangre.

Se mencionaba también que el portal no se abría con palabras u oraciones, sino con contacto, como si los cortes en las yemas de los dedos llevarían aun la sangre de algún pequeño que había sido sacrificado.

Los prosperados comenzaron a ser observados con malicia. Sus manos lucían sin rasguños. Como si ya hubieran cumplido con su parte y ahora solo esperaran las recompensas.

Nadie los acusaba ni tampoco señalaba, pero podía notarse esa contaminación en su alma cuando estrechaban la mano, como si transmitieran algo invisible pero que marcaba a muchos.

Las desapariciones dejaron de parecer algo “normal”.

Los recortes del “diario voces” comenzaron a compararse en ciertas mesas, contrastando fechas con noches de luna llena, con crecientes repentinas, con reuniones privadas. Las manchas de sangre halladas en las orillas parecían siempre recientes, incluso cuando habían pasado días, como si el agua se negara a borrarlas.

Entonces nació la sospecha más espantosa:

Tal vez no se trataba solo de ofrecer cuerpos, tal vez solo bastaba con ofrecer autorización, una aprobación silenciosa para entrar y formar parte de la vida cotidiana.

Porque el “yakuruna” no exige siempre la mano que sacrifica, sino que, en ocasiones, le basta la mano que no tiembla para atraer devotos.

Gary Mori

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