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El reino de lo amoral: Cuando la política pierde la conciencia

Perú enfrenta no solo una crisis institucional, sino una pandemia moral

Una reflexión sobre la degradación ética del poder y la urgencia de reconstruir el Estado desde principios y no desde impulsos.

La historiadora Carmen McEvoy, en su columna publicada en el diario El Comercio, traza un diagnóstico severo sobre el momento político que atraviesa el país en su artículo titulado “En el reino de lo amoral”.Con una mirada histórica y crítica, la autora advierte que el Perú enfrenta no solo una crisis institucional, sino una pandemia moral que ha erosionado los cimientos republicanos y normalizado conductas que antes hubiesen generado escándalo y sanción.

La columna parte de una revelación que expone los engranajes ocultos del poder: la difusión de audios que comprometen a altas esferas del Estado. McEvoy cita a la congresista Diana Gonzales, quien señala que “es un secreto a voces” la existencia de operadores que gobiernan al margen de la ley, consolidando redes de impunidad. En ese contexto, menciona el caso de Milagros Jáuregui de Aguayo, aludiendo a expresiones que, lejos de contribuir al debate democrático, profundizan la percepción de una clase dirigente desconectada de principios éticos elementales.

Para la autora, el problema no radica únicamente en la corrupción entendida como delito económico, sino en algo más profundo: la amoralidades decir, la ausencia de conciencia y remordimiento. A diferencia del inmoral —que conoce las normas y las transgrede— el amoral vive en un universo donde la culpa no existe. Esta distinción, subraya McEvoy, es clave para entender por qué determinados comportamientos se repiten con naturalidad en la esfera pública, sin que medie reflexión o rectificación.

La historiadora exige más que diagnósticos mediáticos: demanda acción política y educativa. El Estado, advierte, ha sido capturado por dinámicas que trivializan la función pública y convierten la política en espectáculo. La “tomada de máquina”, el uso simbólico del poder y la teatralización constante sustituyen al debate serio y a la responsabilidad institucional.

En su análisis, McEvoy recoge aportes de estudios neurológicos que asocian la perversión con la ausencia de pensamiento impreciso y empatía. De allí que las decisiones públicas se tomen desde impulsos inmediatos y no desde una ética del bien común. Esta lógica, explica, se traduce en una gestión errática, indiferente al impacto social y carente de estándares éticos mínimos.

La columna concluye con un llamado implícito a reconocer que el problema no es coyuntural, sino estructural. La crisis no se resuelve con cambios cosméticos ni con la sustitución de nombres, sino con una transformación profunda que reinstale la conciencia moral en el ejercicio del poder. Porque cuando la política se instala en el reino de lo amoral, el daño no es solo institucional: es cultural, generacional y profundamente humano.

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