Al igual que las primeras noches, nadie habló del sonido.
Fue apenas una variación que casi no se percibía en el fluir del agua.
No era más fuerte o estridente, era más bien débil, tenue y distinto.
Algunos despertaron agitados sin saber por qué, se sentaron en sus camas con el corazón acelerado, convencidos de que algo había estado parado junto a ellos. Pero no encontraron nada, solo la oscuridad de la noche, pegada a las paredes, susurrando figuras que la mente podía confundir con entes malévolos.
Casualmente, uno se podía dar cuenta de que el río ya no parecía fluir, parecía más respirar: inhalar y exhalar
Quienes vivían cerca de él juraron que el nivel del agua subía apenas unos centímetros y luego descendía, con un ritmo que no coincidía con la corriente natural. Era como un pulso, un movimiento que se parecía al de un tórax, como si bajo la superficie existiera un pecho gigantesco esforzándose por mantenerse vivo.
Las noches comenzaron a alargarse.
Había hombres que, sin darse cuenta, sincronizaban su respiración con la del agua. Inhalaban cuando el cauce crecía, y, exhalaban cuando descendía, pero, al tercer o cuarto intento ya no podían romper el ritmo, sentían que, si lo hacían, algo dentro del río también se alteraría o que quizá se molestaría y pues, nadie quería alterar nada ni molestar a nadie.
En las mañanas, el aire amanecía más pesado, no era bochorno, era una presión sutil sobre los pulmones.
Los niños empezaron a respirar con dificultad. Las madres los miraban dormir y contaban sus respiraciones, temiendo que en algún momento el pecho dejara de moverse.
Por otro lado, el sonido del río comenzaba a escucharse incluso lejos de él, algunos lo oían dentro de su propia cabeza, y otros decían que estaba como un zumbido entre sus oídos.
Una mujer afirmó que, mientras molía maní para preparar su inchicapi, el golpeteo del batán seguía exactamente el mismo ritmo que el agua y cuando intentó cambiar la sincronía, no pudo. Sus manos regresaban al compás original, como si una voluntad ajena guiara sus movimientos.
Un anciano, montaraz, que decía no temerle a nada, se acercó una tarde a la orilla decidido a probar que todo era imaginación y pura verborrea de la gente.
Buen rato, permaneció de pie, inmóvil, observando la superficie.
Entonces ocurrió lo que no esperaba ver.
El agua dejó de moverse durante un par de segundos.
En uno de esos segundos y en ese silencio absoluto, el viejo escuchó una respiración profunda que no provenía del viento ni de la tierra.
Provenía de abajo, de las profundidades de aquel río.
El hombre retrocedió, pero ya era tarde: su propia respiración había cambiado. Se volvió lenta, pegajosa y muy dificultosa, como si sus pulmones estuvieran llenos de agua.
Mientras batalla para respirar con normalidad, cayó de rodillas sin gritar, no lo hizo porque logró entender: el río no estaba respirando por sí mismo, estaba aprendiendo a respirar con ellos.
Desde esa noche, varios comenzaron a soñar lo mismo: una grieta oscura en el fondo del cauce, abierta como una boca, expandiéndose con cada respiración. Dentro de ella, algo se acomodaba y se acurrucaba, algo que no tenía forma fija, pero sí algún tipo de intención.
Lo más perturbador de esto no era la visión, era la sensación de que la grieta no estaba únicamente en el río, sino que estaba en el corazón y en la mente.
En las partes más íntimas, donde el remordimiento y el miedo se tocan y libran sus propias batallas.




