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Cuando la indiferencia ladra más fuerte que la conciencia

Hay ríos que arrastran piedras, árboles y memorias. Y hay otros, más peligrosos y silenciosos, que arrastran humanidad. No bajan de los Andes ni desbordan en temporada de lluvias: nacen en la comodidad de una pantalla, se alimentan de prejuicio y desembocan, inevitablemente, en la deshumanización. Son los ríos del juicio fácil, del comentario hiriente, del “¿para qué?” que se pronuncia con la indolencia de quien nunca ha sentido el peso de una vida ajena en sus manos.

Hace unos días, el caudal del Río Rímac creció con la furia que le conocemos. Entre sus aguas turbias no solo corría el lodo, sino también el miedo de un ser indefenso: un perro atrapado, luchando por no desaparecer en ese torrente que no pide permiso. La escena era urgente. Y como siempre, hubo espectadores. Pero también hubo un hombre.

Un hombre que no preguntó si valía la pena. Que no hizo cálculos de costo y beneficio emocional. Que no abrió Google para consultar la moral colectiva antes de actuar. Un hombre que, simplemente, entendió lo que muchos han olvidado: que la vida (cualquier vida) no se negocia.

El suboficial y bombero Patrick Iroshi Ospina Orihuela, integrante de la Compañía de Bomberos 236 Huachipa, descendió al río no como héroe, sino como humano. Y eso, en estos tiempos, ya es una forma radical de valentía. Actuó porque el miedo del animal era real. Porque el sufrimiento no distingue especies. Porque el deber no siempre se escribe en reglamentos: a veces se siente en el pecho.

Y entonces ocurrió lo que nadie quiere narrar pero todos terminan comentando: el río se lo llevó. A él. Al perro. A ese instante donde la dignidad humana decidió enfrentarse al azar.

Y ahí empezó el otro espectáculo.

El de las voces que, desde la orilla seca de la indiferencia, comenzaron a opinar. Que si fue imprudente. Que si solo era un perro. Que si la vida humana vale más. Como si la vida fuese una tabla de Excel donde se jerarquizan existencias. Como si la empatía tuviera que pasar por filtros de especie, utilidad o conveniencia.

La tragedia no fue suficiente. Había que añadirle juicio. Había que ensuciarla con esa costumbre tan nuestra de convertir el dolor en debate, la pérdida en argumento, la muerte en contenido.

Y es ahí donde uno se pregunta: ¿en qué momento dejamos de sentir?

Porque no, no se trata de romantizar la muerte ni de glorificar el riesgo. Se trata de entender lo que nos revela. Patrick no murió “por un perro”. Murió siendo coherente con lo que era. Murió haciendo lo que muchos predican y pocos practican: actuar.

Hay quienes creen que el valor se mide en causas grandes, en discursos encendidos, en luchas que otorgan visibilidad. Pero el verdadero valor, ese que incomoda, suele ser silencioso, casi íntimo. Es el que no necesita cámaras ni aplausos. Es el que no pregunta quién merece ser salvado.

Ese valor fue el que llevó a Patrick al agua.

Se habla de humanidad, pero se practica la indiferencia. Se exige respeto, pero se ofrece desprecio. Se llora la violencia, pero se normaliza el odio.

Y, sin embargo, vivimos en una era donde el cinismo tiene más seguidores que la compasión. Donde es más fácil burlarse que comprender. Donde un comentario cruel recibe más reacciones que un acto noble. Las redes sociales se han convertido en plazas públicas donde se lapida con palabras, donde se dispara con ironía, donde la empatía parece un recurso escaso, casi en extinción.

Y en medio de todo eso, los animales, esos seres que sienten dolor, frío, hambre y abandono, quedan reducidos a objetos de debate. Como si su sufrimiento fuese opcional. Como si su vida fuese secundaria. Como si no importara.

Pero importa.

Importa porque la forma en que tratamos a los más vulnerables dice más de nosotros que cualquier discurso elaborado. Importa porque la empatía no se fragmenta: o se tiene, o se pierde. Importa porque cada acto de indiferencia es un pequeño ensayo de deshumanización.

Patrick entendía eso. No con palabras, sino con acciones.

Hoy, mientras algunos siguen discutiendo si “valía la pena”, la verdadera pregunta debería ser otra: ¿en qué momento dejamos de valorar a quienes sí actúan? ¿En qué momento la crítica reemplazó al respeto? ¿En qué momento el corazón se volvió sospechoso?

El Perú no solo perdió a un policía y bombero. Perdió a uno de esos hombres que no necesitan discursos para enseñarnos lecciones. De esos que hacen mientras otros opinan. De esos que incomodan porque nos obligan a mirarnos en el espejo.

Y quizás eso es lo que más duele. Porque su historia no solo habla de un acto de valentía. Habla de nosotros. De nuestra tendencia a minimizar, a juzgar, a reducir la vida a categorías cómodas. Habla de esa peligrosa facilidad con la que olvidamos que todos (humanos o animales) compartimos algo esencial: la capacidad de sentir.

MENOS CRÍTICA. MÁS RESPETO. No como consigna vacía, sino como urgencia moral.

Porque mientras sigamos ladrando odio desde la comodidad de nuestras pantallas, serán otros como Patrick, quienes sigan intentando salvar lo poco de humanidad que nos queda.

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