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El abrazo que no tapa el sol

Hay noticias que informan… y hay otras que te escupen en la cara. Esta es de las segundas. No solo por lo que ocurrió, sino por lo que deja al descubierto: una sociedad que, cuando debería detenerse, mirar y hacerse cargo, prefiere voltear la cara, coordinar en silencio y seguir como si nada. Como si la vida fuera descartable. Como si el asfalto no tuviera memoria.

Un joven atropella a una muchacha, la deja tendida en la pista y se va. Horas después, ella muere. Y entonces empiezan a aparecer evidencias que se convierten en símbolos incómodos de algo más profundo que un accidente: una crisis de valores.

Esta historia no solo indigna por lo ocurrido en la pista, sino por lo que vino después. Hubo una reunión en un parque, registrada en video. No es versión ni rumor: ocurrió. Y en esa escena aparentemente cotidiana se reveló algo aún más perturbador: el encubrimiento también se organiza.

Ahí estuvo Marisel Linares, periodista, pareja del padre del acusado y propietaria de la camioneta involucrada, integrada a ese engranaje incómodo que buscó ganar tiempo frente a lo inevitable. Porque cuando la verdad avanza, siempre hay quienes creen que pueden ir un paso delante de ella.

Y en medio de ese cuadro que parece sacado de una tragicomedia nacional, hay una escena que lo dice todo. Adrián se despide de su padre y lo abraza. Pero no es un abrazo cualquiera. Es un gesto que se parece demasiado al agradecimiento. Como quien dice: “gracias por cubrirme”. Como quien no agradece haber aprendido, sino haber evitado el castigo. Como un niño al que le perdonan una mala nota en el colegio. Solo que aquí no hablamos de un curso desaprobado, hablamos de una vida perdida.

El sarcasmo, entonces, se vuelve inevitable. Porque, al parecer, hemos sofisticado tanto la crianza que ahora algunos confunden protección con impunidad. Qué moderno resulta todo: hijos que no enfrentan consecuencias y adultos que actúan como si la ética fuera opcional, como si la responsabilidad pudiera postergarse hasta que pase el escándalo.

Pero volvamos al centro. Al corazón de esta historia que algunos parecen olvidar con una facilidad alarmante: Lizeth no era un objeto. No era una interrupción en la vía. No era “algo” que podía dejarse atrás. Era una joven con una vida en marcha. Y no cualquier vida.

Lizeth Marzano era una deportista calificada. Campeona en apnea. Representó al Perú en competencias internacionales, llevando el nombre del país con orgullo, disciplina y esfuerzo. Mientras otros aprendían a evadir responsabilidades, ella aprendía a contener la respiración bajo el agua, a dominar el cuerpo, a controlar la respiración, a exigirse más allá del límite.

Y hay una imagen que debería perseguirnos: su pasaje a Estados Unidos, guardado en el cajón de su habitación, esperándola. Un viaje que nunca ocurrió. Un boleto que hoy se convierte en el símbolo más cruel de todo lo que le fue arrebatado. Porque a Lizeth no solo le quitaron la vida; le robaron el futuro.

Mientras tanto, seguimos distraídos con lo accesorio: quién era dueño del vehículo, quién lo prestó, quién llamó a quién. Pero el problema es otro. Más incómodo. Más cercano. Más nuestro.

¿Qué estamos haciendo como padres?

No para juzgar a otros, sino para mirarnos sin anestesia. ¿Estamos formando hijos capaces de detenerse, de ayudar, de asumir? ¿O estamos criando personas que creen que siempre habrá alguien que arreglará el desastre?

Porque el amor, ese que tanto invocamos, parece haberse deformado. Hoy, para algunos, amar es encubrir. Amar es callar. Amar es reunirse en un parque a “coordinar” en lugar de enseñar a enfrentar. Amar es evitarle al hijo cualquier incomodidad, incluso si eso implica pisotear la verdad. Pero el amor no es eso.

El amor no es complicidad en un crimen. No es blindar a alguien de sus actos. El amor verdadero es el que incomoda, el que corrige, el que pone límites. El que dice: “te acompaño, pero no te escondo”.

Vivimos en una sociedad que ha confundido el éxito con la apariencia. Hijos pegados a celulares, padres pegados al ego. Mucho discurso de valores, poca práctica real. Y cuando llega el momento crítico, descubrimos que lo que creíamos firme era, en realidad, puro maquillaje.

¿Cuántas Lizeth Marzano hay allá afuera? Jóvenes con sueños, con talento, con una vida por delante. Y basta un segundo de irresponsabilidad para apagarlo todo.

Hoy, dos familias viven dolores distintos, pero igual de profundos. Unos padres visitarán un penal. Otros visitarán una tumba. Unos mirarán a su hijo tras las rejas. Otros hablarán con el silencio de la tierra. Y en ese contraste brutal debería caber toda nuestra reflexión.

Este caso no es solo una noticia. Es un espejo. Un llamado incómodo a revisar qué estamos sembrando en casa. Porque si seguimos criando sin límites, sin empatía, sin responsabilidad, no estaremos formando personas: estaremos fabricando tragedias.

Y entonces, cuando vuelva a ocurrir (porque volverá a ocurrir si no cambiamos) ya no bastará con indignarnos. Tendremos que aceptar que, en algún nivel, también fuimos parte del problema.

Porque no, Lizeth no era una bolsa de basura en la pista.

Era una vida.

Y su ausencia debería dolernos lo suficiente como para no seguir educando hijos que crean que todo, incluso la verdad, puede arreglarse con un abrazo a tiempo.

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