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Celibato, flagelación y prejuicio: Cuando el enamorado de la Virgen María llama calientes a las mujeres de la selva

Hay mañanas en las que el café parece conspirar con el ánimo. Los lunes, por lo general, son más bien aliados del bostezo. Pero hoy la taza tenía un aroma algo distinto: un optimismo raro, casi sospechoso.

Mientras el primer sorbo intentaba ordenar las ideas y reconciliarme con el mundo, apareció en las noticias uno de esos episodios que confirman una vieja sospecha nacional: en la política peruana, la realidad casi siempre termina superando a la parodia. Y lo hace con una facilidad desconcertante.

Ahí estaba otra vez Rafael López Aliaga, resucitado por el archivo digital, ese cementerio donde descansan las frases que algunos quisieran enterrar para siempre. Esta vez no era un comentario nuevo, sino uno de esos momentos que vuelven cuando el personaje decide recordarnos quién es realmente. Porque si algo tiene la hemeroteca es memoria, y si algo tiene nuestra política nacional, es una extraña habilidad para tropezar dos veces con el mismo prejuicio.

Hace unos días, en un mitin en Pucallpa, el devoto político, famoso por su fervor religioso y su particular relación con el cilicio, decidió explicar la natalidad en la Amazonía con una teoría digna de una sobremesa mal informada: que en la selva hay muchos niños “porque las mujeres son calientes”.

La frase, pronunciada con la seguridad que solo concede la ignorancia convencida de sí misma, no tardó en provocar lo inevitable: no una ola de indignación, sino el océano entero.

Porque reducir la compleja realidad de la Amazonía a la libido femenina no es solo un desliz retórico. Es un prejuicio antiguo vestido de comentario político. Una caricatura machista y colonial que durante décadas ha intentado reducir a las mujeres amazónicas a un estereotipo.

Y cuando ese estereotipo sale de la boca de un aspirante al poder, deja de ser chisme de cantina para convertirse en síntoma político.

Pero lo verdaderamente revelador de esta historia no es solo la frase, sino el personaje que la pronuncia.

Hablamos del mismo político que durante la pandemia, en una entrevista con Milagros Leiva, sugirió que niñas víctimas de violación podrían ser llevadas a “hoteles de lujo” para que tengan a sus bebés y luego decidan si criarlos o entregarlos en adopción. Una propuesta que en su momento generó indignación nacional y que hoy vuelve a circular porque el protagonista parece empeñado en recordarnos que sus ideas sobre el cuerpo femenino tienen algo de sermón medieval y bastante de desconexión con la realidad.

También hablamos del hombre que confesó públicamente usar un cilicio, esa faja de alambre utilizada en ciertas prácticas de mortificación corporal, como parte de su disciplina espiritual. El mismo que asegura practicar el celibato desde hace cuarenta años. El mismo que explicó su método para reprimir el deseo sexual diciendo que, cuando ve a una mujer atractiva, le dice a la Virgen María que ella es más bonita.

Sí, según sus propias palabras, está enamorado de la Virgen María.

Cada quien es libre de vivir su fe como mejor le parezca. La espiritualidad pertenece al territorio íntimo de las personas y no debería ser objeto de burla. Pero cuando alguien que ha convertido su vida en una batalla permanente contra el deseo humano decide pontificar sobre la supuesta “temperatura moral” de las mujeres amazónicas, la contradicción se vuelve demasiado evidente para ignorarla.

Porque cuando alguien libra una guerra personal contra el cuerpo, termina inevitablemente obsesionado con el cuerpo de los demás.

Y esa obsesión suele expresarse en discursos que intentan regular, juzgar o caricaturizar la vida de otros.

Las palabras pronunciadas en Pucallpa no son simplemente torpes. Invisibilizan problemas reales. El embarazo adolescente en la Amazonía no se explica por la “calentura” femenina, como si estuviéramos hablando de un chiste de bar. Se explica por factores mucho más serios: violencia sexual, desigualdad estructural, falta de educación sexual integral y un acceso profundamente desigual a servicios de salud reproductiva.

Reducir todo eso a un comentario misógino no solo es ignorante: es irresponsable. Además, revive un estereotipo que muchas mujeres de la selva han tenido que enfrentar durante décadas.

Lo recuerdo bien.

Cuando estudiaba en Trujillo, no era raro escuchar ese tono de curiosidad masculina disfrazado de broma: “las charapas son calientes”, “las charapas son fáciles”. Había algo casi antropológico en la manera en que algunos repetían el cliché, como si estuvieran describiendo una especie exótica.

Confieso que, en más de una ocasión, la cachetada demoraba menos que la frase.

Con el tiempo uno entiende que ese estereotipo nace de varias cosas: ignorancia, fantasía masculina, despecho mal disimulado… y también de una industria cultural que durante años redujo a la mujer amazónica a caricaturas televisivas grotescas.

Pero lo que en la universidad podía quedar como una broma estúpida entre jóvenes mal informados, en boca de un político que aspira a gobernar un país adquiere otra dimensión. Porque el poder amplifica las palabras.

Y cuando un líder político repite prejuicios coloniales, no solo habla por sí mismo: legitima siglos de discriminación.

Lo preocupante no es que un político tenga convicciones conservadoras. En democracia todas las ideas pueden debatirse. Lo preocupante es cuando el prejuicio reemplaza al argumento y la caricatura sustituye a la reflexión.

Bueno, terminé mi café con una conclusión inevitable: quizá el problema del Perú no es la falta de políticos devotos. El problema es cuando algunos confunden la fe con superioridad moral y el prejuicio con diagnóstico social.

Porque cuando el celibato, la flagelación y el prejuicio deciden explicar la vida de las mujeres de la Amazonía, lo único que realmente queda al descubierto no es la supuesta “calentura” de ellas, sino la fría y persistente pobreza intelectual de quien pretende gobernarlas.

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