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El silbido del maligno

Contó que hacía las rozas del terreno y luego, bajo un sol inclemente, lo limpiaba para iniciar, con la hectárea libre, la siembra de plátano y fríjol. Todo este proceso lo efectuó primero en el poblado de Pilluana, distrito de la provincia de Picota. Después de trabajar como peón, inició su propio emprendimiento.

La producción era para su consumo, pero también la cargaba en una balsa —construida por él y sus ayudantes— para recorrer río abajo y venderla en Shapaja, lugar desde donde pretendía llevar sus productos hasta Tarapoto. Sin embargo, como ya era conocido por esos lares, su recorrido casi siempre terminaba allí.

Con el dinero y las provisiones, dejaba la balsa encallada en la orilla del Huallaga, en la playa principal del pueblo, y emprendía el retorno hacia Pilluana por senderos sinuosos. En el camino debía sortear elevadas montañas y el propio río, además de esquivar animales salvajes que veían a Panchín y su cuadrilla como presas fáciles de devorar.

No le temían a la noche; sin embargo, preferían no exponerse porque no tenían armas suficientes para enfrentarla. Por ello, acampaban en zonas relativamente seguras hasta el alba. “Nos quedábamos fumando nuestro mapacho; el sueño no llegaba rápido. Eran conversaciones largas, de horas, escuchando todos los ruidos posibles y siempre vigilantes por si algún animal rondaba nuestro pequeño campamento, de siete a diez personas como mucho. El humo del tabaco espantaba a los zancudos, e incluso las culebras huían del lugar debido al fuerte aroma que expedía nuestro mapacho”, comentaba con los ojos vidriosos.

Una noche escuchamos un fuerte silbido que recorría el denso monte. En contados segundos se volvió más intenso; parecía estar sentado en la copa de un árbol grande. Desde allí, como una ráfaga de viento, atravesó nuestro campamento pasando cerca de la cabeza de uno de los peones. Minutos después de que el ánima se alejara, el hombre comenzó a vomitar de forma desmedida. No había mucho que hacer por él, así que solo atinamos a soplarle la cabeza con el humo del tabaco; mágicamente, funcionó como un bálsamo que calmó de inmediato su malestar hasta que terminó profundamente dormido. Esa noche no pude descansar —señaló Panchín.

A la mañana siguiente, muy temprano, todos se levantaron, recogieron sus pertenencias y continuaron el camino. El peón afectado aún sentía el rigor de aquel momento espantoso que había rozado su cabeza y revuelto su estómago hasta hacerle botar bilis.

Ya en Pilluana, junto a sus acompañantes, Panchín pagaba los jornales y entregaba el dinero para los gastos de la casa y el cuidado de sus hijos. Pero la travesía no terminaba ahí: para cerrarla, faltaba su fuerte “pocochón”, una gran botella de aguardiente de caña.

Con mandolina en mano, evocó una canción de su trío preferido y comenzó a entonarla:

Una copa más
te brindo al despedirnos;
una copa más
que nos hará olvidar.

Una copa más,
tal vez un poco amarga
por nuestro gran cariño
que nunca volverá.

Una copa más,
es la ley de la vida
el nacer y morir;
nuestro amor fue tan grande
y dejó de existir.

Una copa más,
tal vez un poco amarga
por nuestro gran cariño
que nunca volverá.

Una copa más…

Roberto Carlos Medina del Castillo
Periodista

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