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Hasta que suena el disparo

Hay un video que nadie debería ver, pero que todos vieron. Empieza como empiezan tantas historias en nuestro país: una mesa, dos vasos, una conversación cualquiera, una pareja frente a frente bebiendo alcohol como quien intenta ahogar algo que no se puede nombrar. No hay música de fondo, no hay gritos, no hay persecución. Solo dos personas sentadas. La calma. La falsa calma. La calma que a veces precede a las peores tragedias.

De pronto, él se levanta apenas, saca un arma y le dispara en la cara. Así, sin discusión cinematográfica, sin frases finales, sin dramatismo de novela. Un disparo seco. La vida de una mujer parece terminar en un segundo. La mujer no grita, no corre, no se defiende. Solo cae. Como caen las hojas. Como cae la noche. Como cae la dignidad de una sociedad que mira, comparte, comenta y sigue cenando.

Luego viene lo más macabro. Él guarda el arma, se sienta a su lado, le habla al oído, como si pudiera escucharlo. Llora. La abraza. La besa. El asesino consuela a su víctima. El verdugo interpreta al viudo. El monstruo quiere parecer humano. Y nosotros miramos la escena desde nuestros celulares, en alta definición, con datos móviles, mientras el horror se vuelve contenido.

El intento de feminicidio en Bellavista no solo dejó una mujer en cuidados intensivos luchando por su vida. Dejó algo más perturbador: la costumbre. La normalización. La peligrosa capacidad que estamos desarrollando para ver la violencia contra la mujer como una noticia más, un video más, un escándalo más que durará dos días en redes sociales hasta que aparezca el siguiente.

Nos estamos acostumbrando a la muerte de las mujeres. Y eso debería darnos más miedo que el asesino.

Porque el problema ya no es solo el hombre que dispara. El problema es la sociedad que justifica. La que pregunta qué hizo ella. La que dice “seguro lo engañaba”, “seguro lo provocó”, “seguro era celoso porque la quería”. Hemos romantizado los celos, la posesión, el control, la dependencia emocional. Nos vendieron la idea de que el amor duele, de que el amor aguanta, de que el amor perdona golpes, insultos, humillaciones. Nos enseñaron que algunas mujeres deben resistir, soportar, callar, para mantener la familia, el matrimonio, las apariencias.

Y así, poco a poco, fuimos criando monstruos con apariencia de hombres normales.

El feminicida no siempre es el extraño en la calle. Muchas veces es el que duerme al lado, el que comparte la mesa, el que conoce la contraseña del celular, el que pregunta a qué hora llegas, el que se molesta si sales con amigas, el que revisa tu ropa, el que te dice que sin él no eres nada. El feminicida empieza siendo controlador, luego celoso, luego violento, luego pide perdón, luego llora, luego promete cambiar. Y un día dispara.

Y la sociedad recién se sorprende cuando ve el cadáver. Pero la violencia empezó mucho antes, cuando nadie dijo nada.

Vivimos en una sociedad que todavía cree que la mujer es propiedad, que el hombre manda, que la mujer obedece, que el hombre provee, que la mujer agradece, que el hombre decide, que la mujer aguanta. Y cuando esa idea se rompe, entonces algunos hombres sienten que pierden poder, y hay hombres que no soportan perder poder.

Prefieren perder la libertad antes que perder el control. Prefieren la cárcel antes que el abandono. Prefieren matar antes que aceptar que la mujer no les pertenece.

Eso no es amor. Eso es posesión. Eso es ego. Eso es violencia.

Pero hay algo igual de preocupante: las redes sociales convirtieron la tragedia en espectáculo. El video circuló con morbo, como chisme digital. La muerte de una mujer se volvió contenido viral. La gente analizaba el video como si fuera una película: que si él lloró de verdad, que si ella lo miró, que si estaba borracho, que si fue premeditado. Nos volvimos comentaristas del horror.

Estamos perdiendo la capacidad de indignarnos de verdad. Nos escandalizamos, sí, pero desde la comodidad de la pantalla. Escribimos “qué terrible”, “hasta cuándo”, “justicia”, y luego seguimos viendo videos de gatos, bailes y recetas. La indignación nos dura lo que dura la batería del celular.

La pregunta ya no es solo qué está pasando. La pregunta es en qué nos estamos convirtiendo.

Porque una sociedad que se acostumbra a ver morir a sus mujeres es una sociedad que está enferma. Una sociedad que viraliza la violencia es una sociedad que la normaliza. Una sociedad que no protege a sus mujeres está condenada a convivir con el miedo, la rabia y la injusticia.

Necesitamos autoridades que entiendan que el feminicidio no es un problema doméstico, no es un problema de pareja, no es un crimen pasional. Es un problema social, cultural, educativo y judicial. Es un problema de Estado. Y debería tratarse como prioridad nacional, no como estadística anual.

Pero también necesitamos algo más difícil: cambiar la forma en que pensamos, educamos, hablamos y amamos. Enseñar que el amor no controla, no golpea, no humilla, no amenaza, no mata. Enseñar que nadie pertenece a nadie. Enseñar que irse también es un derecho. Enseñar que los celos no son prueba de amor, son señal de peligro.

Porque si seguimos así, el próximo video ya se está grabando en alguna mesa, en alguna casa, en alguna esquina. Otra pareja conversando, dos vasos, una aparente calma, una historia que parece normal….Hasta que suena el disparo.

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