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La política debería importarte más de lo que crees

Voces Libres
Por Sergio M. Gallegos Mendoza

La política peruana está tan desprestigiada que, hasta cierto punto, resulta comprensible la repulsión que genera en muchas personas y cómo aleja a los mejores ciudadanos de ella. Pero es un error tremendo porque le pasa factura a toda la sociedad en su conjunto, ya que la política está inmersa en todos los aspectos de nuestras vidas. Incluso, al asumirte como apolítico, ya estás asumiendo una posición política.

Nuestros últimos Congresos han trabajado consistentemente en ese propósito y han sido consecuentemente cada uno de ellos, peor que el anterior, y esto no se debe a que como dicen algunos muy a la ligera, que “el peruano no sabe votar”, sino a que en realidad la oferta de candidatos es totalmente pésima, salvo honrosas excepciones, en donde más que curriculum lo que se impone es el prontuario.

No exigimos que el político sea un santo, ya que como decía José Ingenieros en su obra ´El hombre mediocre´, “ninguna persona es honesta al 100%”, sino que únicamente realice su función de mejorar la vida de sus conciudadanos, y no la de enriquecerse ellos mismos y el de su círculo de allegados, como resaltan los programas periodísticos en donde muchos congresistas en menos de 5 años ya son millonarios.

Nos han bombardeado durante 30 años con la muletilla de que el Estado debe ser lo más pequeño posible y tener solo un rol fiscalizador y el de facilitar las inversiones. Y esa visión de un Estado débil ha sido una campaña tenaz desde los medios de comunicación tradicionales y sus economistas a destajo que siempre buscan meter miedo sobre un Estado más empoderado. Esto ha hecho que la población no solo vea al Estado como un ente ausente –que lo es en muchos sentidos–, sino como un aparato ineficiente que no soluciona sus problemas cotidianos. Nos han querido convencer de que al Estado no hay que pedirle nada ni exigirle nada, que nosotros debemos, individualmente, buscar los mecanismos necesarios para “prosperar”. ¿Y el Estado? ¿Y los otros?

Por lo tanto, el creer en el Estado mínimo ya ha quedado demostrado que es un pensamiento y un modo de ver la vida totalmente anacrónico. Al contrario de lo que se propugna en el Perú, el Estado debe ser fuerte porque este puede impulsar el desarrollo del sector privado en su conjunto, y no solo el de una camarilla de 5 familias que controlan casi todo en el país. Las pruebas están ahí, para aquellos que lo desean ver dejando sus fanatismos de lado, de cómo países con sistemas políticos totalmente diferentes (Francia, China, Noruega, Singapur o Brasil) prosperan con Estados fuertes y avocados a dar sus ciudadanos servicios públicos universales, o lo que en el Perú aún desconocemos, el famoso Estado de Bienestar. (Comunicando Bosque y Cultura).

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