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La voz que no se apaga: Augusta Vela Vela, alma del coro de la Semana Santa en Lamas, 76 años de fe y cánticos al Cristo lamista

En la ciudad de Lamas, donde la fe se entrelaza con la memoria y las calles guardan el eco de antiguas procesiones, la Semana Santa no solo se vive: se hereda, se canta y se encarna en personas que han dedicado su vida entera a preservarla. Una de ellas es Augusta Vela Vela, o simplemente “doña Agushita”, como la llaman con cariño.

A sus 76 años, su historia no es solo la de una mujer devota, sino la de una guardiana silenciosa de las tradiciones religiosas. Nacida en el barrio de Quilluallpa, desde niña encontró en la iglesia un refugio, un propósito y una forma de servir. Mientras otros jugaban, ella aprendía cantos litúrgicos acompañando a la recordada madre Balvina, quien le enseñó no solo las melodías, sino el sentido profundo de la fe hecha canto. Con el tiempo, su voz se volvió inconfundible, firme y potente, capaz de elevar el espíritu en cada procesión.

Doña Agushita fue parte esencial del grupo de liturgia durante décadas. Su presencia era constante desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección. No había rincón del templo que no pasara por sus manos: era la encargada de decorar la iglesia, vestir al Cristo lamista en cada estación y preparar con esmero el anda del Cristo yacente que recorre las calles en la procesión del Viernes Santo. Su labor, aunque silenciosa, ha sido clave para la solemnidad de la Semana Santa en Lamas.

Pero su vida no se limitó al templo. Desde muy joven también destacó como basquetbolista, demostrando disciplina y energía. Además, fue una mujer trabajadora desde la infancia, desempeñándose en las cocinas de familias distinguidas de Lamas, donde aprendió los secretos de la gastronomía tradicional de Semana Santa. Perfeccionó platos emblemáticos como el puré de chonta, al que daba un sabor especial capaz de conquistar los paladares más exigentes.

Hoy, el paso del tiempo ha dejado huellas. Caminar ya no es fácil para ella, pero su espíritu permanece intacto. Vive en el barrio de San Juan, cerca del parque, donde recibe con alegría a vecinos y familiares. Siempre tiene una bendición, una sonrisa sincera y una palabra amable. Su casa se ha convertido en un pequeño santuario de fe.

En esta Semana Santa, su mayor anhelo es poder asistir a la misa, especialmente el Viernes Santo, el día que marcó su vida durante tantos años. Quiere, una vez más, sentir el recogimiento de la procesión, escuchar los cantos que tantas veces lideró y recibir la bendición de Dios como lo ha hecho desde niña. Aunque sus pasos sean lentos, su fe sigue corriendo con la misma fuerza de siempre.

Augusta Vela Vela no es solo una mujer devota: es memoria viva de una tradición que resiste al olvido. Es ejemplo de entrega silenciosa, amor profundo a Cristo y fidelidad a la iglesia. En un tiempo donde muchas costumbres se diluyen, su vida recuerda que la verdadera fe se construye en los pequeños actos cotidianos: en una flor colocada con cuidado, en un canto entonado con el alma, en un plato preparado con dedicación.

Porque mientras exista alguien como doña Agushita, la fe de Lamas seguirá teniendo voz, memoria y esperanza.

Tomás Cotrina Trigozo – Docente universitario y miembro de la ANP-Lamas

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