La monstruosidad del zúngaro
Crónicas de un insigne mandolinista
Panchín era uno de esos “todoterreno” que parecía de acero: nunca se le veía fatigado, algo que sorprendía a sus hijos mayores, quienes en un abrir y cerrar de ojos se convertían en adolescentes. Eliseo y Hernán lo acompañaban en cada tarea, pero en aquella época él jamás los sobrecargaba de trabajo. Todo era simple para ellos, aunque ya intuían lo que su padre hacía para subsistir en un mundo donde los oficios valían más que las profesiones.
No obstante, Panchín siempre subrayaba que contar con una profesión que especializara el oficio era mejor que ser un “todoterreno”, o, como se dice hoy, un “mil oficios”. Tiempo después, sentados en el mercado de Moyobamba, Hernán del Castillo recordaba que, en época de mijano, un pez gigantesco mordió uno de los anzuelos más grandes de su padre en pleno río Huallaga. Era tan inmenso que resultaba casi imposible arrastrarlo con la canoa.
Panchín, a pesar del sol inclemente y sin ayudante, se empecinó en sacar al animal del agua. Con el pequeño Hernán como única compañía, poco podía lograr, pues la fuerza de un niño no era suficiente. Tendido en la canoa, con el pez aleteando en su intento por escapar, Panchín se levantó y comenzó a llamar a sus amigos. Les pidió ayuda a cambio de regalarles un buen trozo de zúngaro.
Con la fuerza de cinco hombres más, el enorme animal fue arrastrado hasta la ribera. Hernán quedó atónito ante su tamaño descomunal: era un pez bestial, de piel lisa y boca cubierta de barbas, como si fuera el patriarca de todos los peces del río; una verdadera monstruosidad. Los compadres celebraban porque, de pronto, ese día tendrían zúngaro frito acompañado de café de olla bien cargado.
Aquel episodio marcó al niño, que comenzó a reconocer la valentía y tenacidad de su padre: un hombre bajito y esmirriado que no daba ninguna batalla por perdida y jamás claudicaba, por más intenso que fuera el momento. Lo veía como alguien de apariencia dura, sin muchas muestras de afecto —quizás por las carencias de su propia niñez—, pero que nunca dejaba la mesa sin comida.



