RIMAYKUNA SACHAMANTA
Ludwig H. Cárdenas Silva
Columnista
En campaña, las palabras sobran. Se repiten, se inflan, se aplauden. Pero también hay vacíos que incomodan. Uno de ellos —quizá el más preocupante— es el del agua. No la que se menciona de paso en algún discurso, sino la que realmente sostiene al país: la que nace en las alturas, la que recorre los valles, la que mantiene viva la Amazonía. De eso, casi nadie dijo nada.
Los candidatos han salido a prometer lo de siempre. Carreteras, aeropuertos, hospitales, colegios. Obras por aquí, obras por allá. Como si el desarrollo se midiera solo en metros de concreto. Pero nadie explicó de dónde saldrá el agua que esas obras necesitarán. Nadie habló de proteger las cabeceras de cuenca, ni de enfrentar la contaminación de los ríos, ni de lo que está pasando con nuestros glaciares, ni del vínculo inseparable entre el agua, los bosques que la resguardan y la vida que depende de ambos.
Cuando apareció el tema ambiental, fue apenas un saludo a la bandera. Frases sueltas, generalidades, buenas intenciones sin contenido. Alguno mencionó la Amazonía, es cierto, pero sin aterrizar en propuestas reales. Se habló de sostenibilidad como quien cumple con un requisito, no como quien entiende un problema ni la delicada trama de biodiversidad que sostiene nuestros ecosistemas.
Y eso preocupa, porque no es un detalle menor. El país ya enfrenta problemas serios con el agua. Hay zonas donde escasea, otras donde está contaminada, y muchas donde su futuro es incierto. Pero en lugar de discutir soluciones, la campaña ha preferido quedarse en lo superficial, sin reparar en que, sin bosques sanos ni diversidad biológica, el equilibrio del agua también se rompe.
A esto se suma algo igual de grave: la confusión sobre lo que realmente le corresponde a cada autoridad. Muchos candidatos al Congreso —senadores y diputados— han basado sus propuestas en ejecutar obras. Prometen construir, invertir, gestionar proyectos. Pero esa no es su función. Su tarea es otra: hacer leyes, fiscalizar, proponer normas que orienten el rumbo del país.
No es un tema menor. Si quienes llegan al Legislativo no tienen claro su rol, difícilmente van a responder a problemas complejos. La protección del agua, de los bosques y de la biodiversidad no depende de inaugurar una obra, sino de establecer reglas claras, de asegurar su cumplimiento, de pensar en el largo plazo.
Aquí es donde la discusión debería ser más seria. ¿Qué leyes se proponen para cuidar las fuentes hídricas? ¿Cómo se va a enfrentar la contaminación? ¿Qué medidas concretas se plantean para proteger la Amazonía y sus ecosistemas? Esas preguntas casi no han aparecido.
Al final, queda la sensación de que estamos escuchando mucho, pero entendiendo poco. Se habla de progreso, pero no se define bien qué significa. Y sin esa claridad, cualquier promesa queda en el aire.
El agua no suele estar en el centro del debate. No genera titulares ni aplausos fáciles. Pero es esencial. Sin ella —y sin los bosques y la vida que la acompañan— no hay agricultura, no hay industria, no hay ciudades, no hay país posible.
Tal vez el problema no es solo de los candidatos, sino también de lo que como ciudadanos estamos dispuestos a exigir. Porque mientras sigamos conformándonos con promesas de corto plazo, lo importante seguirá quedando fuera.
Y el agua, silenciosa como siempre, seguirá esperando.



