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El verdadero desafío no será solo elegir, sino volver a creer

Incertidumbre y la urgencia de reconstruir la confianza democrática

Ayer, más de 27 millones de peruanos acudimo a las urnas en un escenario marcado por la desconfianza, la fragmentación política y una institucionalidad debilitada.

En medio de ese escenario gris enfrentamos una de las jornadas electorales más decisivas de los últimos años. Con más de 27 millones de votantes habilitados y medio de una profunda incertidumbre política, donde las proyecciones anticipan una probable segunda vuelta en junio y donde lo que está en juego trasciende el resultado: se trata de la posibilidad de recuperar la gobernabilidad, la confianza y transparencia en las políticas públicas.

La jornada, sin embargo, ha mostrado signos de relativa normalidad en su desarrollo. La organización civil Transparencia informó en su tercer reporte que el 97,9 % de las mesas de votación observadas a nivel nacional estaban instaladas hasta las 4:00 p.m., un avance significativo frente al 94 % registrado a las 2:00 p.m. y al primer corte de la mañana. En Lima, pese a retrasos iniciales por problemas logísticos en el traslado de material electoral, se alcanzó un 94,5 % de instalación, mientras que en zonas urbanas se llegó al 97,7 % y en áreas rurales al 100 %evidenciando una mayor eficiencia fuera de la capital.

Por su parte, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) reconoció que hubo demoras en algunos centros de votación, aunque precisó que estos representaban apenas el 0,72 % de los más de 10.000 locales habilitados en todo el país. Incidencias menores en lo operativo, pero que contrastan con un problema mucho más profundo: la crisis de confianza en el sistema democrático.

Un estudio del Barómetro de las Américas revela una caída sostenida en la confianza electoral en el Perú: del 46 % en 2012, al 33 % en 2018, hasta llegar a un preocupante 17 % en 2025Es decir, menos de dos de cada diez peruanos confían hoy en el proceso electoral. Una cifra que no se explica únicamente por la calidad de los candidatos, sino por un deterioro más amplio de la institucionalidad democrática.

Durante la última década, el Perú ha sido escenario de una inestabilidad política crónica, con presidentes destituidos, enfrentamientos constantes entre Ejecutivo y Legislativo y una creciente incapacidad de construir consensos. Si bien tras la caída del régimen de Alberto Fujimori se abrió una etapa con expectativas de fortalecimiento institucional, los gobiernos de Alejandro Toledo y Alan García, aun sin mayorías parlamentarias, lograron cierta gobernabilidad.

El quiebre se acentúa a partir de 2011, con la elección de Ollanta Humala, en un contexto de extrema polarización frente a un fujimorismo fortalecido en el Congreso. Desde entonces, el antagonismo político se trasladó del Parlamento a la sociedad, erosionando la legitimidad de las instituciones electorales y alimentando una peligrosa práctica: la del desconocimiento de resultados por parte de quienes pierden.

Este fenómeno, lejos de ser aislado, refleja una dimensión cultural. El sociólogo Danilo Martuccelli describe al Perú como una “sociedad desformal”, donde las normas son percibidas como ajenas o manipulables, y donde predomina la idea de que “si tú no respetas las reglas, yo tampoco”En este contexto, la democracia deja de ser un sistema de reglas compartidas y se convierte en un terreno de sospecha permanente.

A ello se suma la fragmentación extrema de la oferta política. En estas elecciones participan 35 candidatosuna cifra que evidencia no solo la debilidad de los partidos, sino también la incapacidad de construir alianzas. La eliminación de las elecciones primarias por parte del Congreso ha profundizado esta dispersión, incentivando candidaturas individuales incluso sin respaldo electoral sólido.

El problema no es exclusivo del Perú. En distintos países de la región se observa una creciente deslegitimación de las instituciones democráticas. Sin embargo, en el caso peruano, esta tendencia se agrava por factores estructurales: debilidad estatal, informalidad y una histórica distancia entre ciudadanía y poder.

Hoy, el país no solo eligió a un presidente. Se enfrenta a una decisión más compleja: si seguirá atrapado en el círculo de la polarización, la desconfianza y la ingobernabilidad, o si logrará iniciar un proceso de reconstrucción institucional.

Porque, más allá de quién gane, el verdadero reto será que el próximo gobierno consiga algo que parece cada vez más esquivo: hacer que los peruanos vuelvan a creer en su propia democraciaFuente: Barómetro de las Américas

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