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Historias de Tarapoto, 66

Por Willian Gallegos Arévalo

La plaza de armas de Tarapoto siempre fue el lugar de reencuentro de la gente. Hasta los años cincuenta todavía se jugaban partidos de fútbol que alegraban las tardes domingueras de los “chicharreros”, que avanzarían hacia la modernidad con los nuevos emprendimientos y con las obras que realizaría el gobierno de Fernando Belaunde Terry. Nunca Tarapoto alcanzaría un nivel de dinamismo como en la década de los años sesenta.

La llegada de los inmigrantes desde comienzos de los años cuarenta había comenzado a darle a la ciudad un nuevo cariz: gente visionaria, con nuevas ideas y nuevos ímpetus. Comenzaría el despegue y ya no pararía nunca. Los inmigrantes le dan otra dinámica a la ciudad y su territorio, donde el cultivo de panllevar que tenía una alta participación social, se asocia al comercio y a una incipiente industria, casi todo para el mercado local. Tarapoto había sido casi preferencialmente agrícola y, aun así, con esta precariedad, tenía un gran movimiento. Y esta tendencia inmigrante es universal. Por ejemplo, el dinamismo cultural de Atenas, en el siglo IV A.C., lo dieron los inmigrantes que llegaban de otros territorios.

Nunca conocí una plaza que sea el ágora general de la gente: de lunes a domingos; pero alcanzaba su clímax los sábados por la noche cuando en las aceras de su perímetro interior pavimentado parecía haberse formado un tumulto en

movimiento, como una vorágine incontrolable. Eran los momentos para lucir las mejores prendas, las “tabas” bien embetunadas, los ´agroshos´ “bacanes” con el cuello remangado de sus camisas de popelina y sus pantalones de dacrón importado de Colombia para impresionar a las colegialas. Y casi todos, detrás de ellas, ya sea para intentar un primer contacto o pedir una cita. Las noches sabatinas eran de fulgor y frenesí. Y el que quería lucirse, nada más ir a disfrutar de un helado o unas “Delicias” en el bar Querco, de los hermanos Nicolás y Miguel Sandoval Delgado que quedaba al interior de la Plaza de Armas, en la esquina que da a los jirones San Martín y Martínez de Compañón. Poco después el local sería transferido a Farid Silman Marsini.

La plaza de armas de Tarapoto era el centro de las grandes concentraciones sociales, políticas y culturales. En esos tiempos claro. Belaunde Terry llegaba siempre, como también llegaron Luis Bedoya Reyes, el presidente de Bolivia, René Barrientos Ortuño. Alrededor de la glorieta central se realizaban los mítines políticos y se expresaban las demandas ciudadanas, como la creación de la universidad, entre otras. Nos gustó el discurso de Bedoya Reyes y su respuesta cuando los demócratas de Acción Popular le pedían que el gobierno cierre el Congreso por la fuerte oposición que le hacía la coalición APRA-UNO, y fue cuando respondió en su estilo enérgico: “¡No, señores! ¡Un gobierno democrático no puede permitir que se viole la Constitución, aunque una oposición ciega nos ataque! ¡Recuerden que somos auténticos demócratas!”. (Comunicando Bosque y Cultura.

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