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El país del desprecio (o cómo hacerse Dios con un micrófono y medio cerebro)

Hay países que se construyen sobre cimientos de piedra; otros, sobre pactos sociales. El nuestro, por momentos, parece levantado sobre una cantera inagotable de prejuicios reciclados. Una especie de economía circular del desprecio, donde nada se pierde: todo insulto se transforma, se adapta, se viraliza y se monetiza.

Bienvenidos al país del “like”, donde algunos han descubierto que la manera más rápida de ascender al Olimpo digital no es precisamente el talento, sino el agravio.

Porque sí, en esta era de dioses de bolsillo (deidades con Wi-Fi y ego inflado) basta una transmisión en vivo, un puñado de seguidores ávidos de circo y una lengua desatada para convertir la discriminación en espectáculo. La fórmula es sencilla: se toma una pizca de ignorancia, se le añade una dosis generosa de soberbia, se adereza con risas cómplices y se sirve caliente, directo al algoritmo.

El resultado: aplausos virtuales, indignación selectiva y, en el mejor de los casos, una investigación fiscal.

Lo ocurrido recientemente en un streaming, cuyo protagonista ya acumula más de un papelón, donde se lanzaron comentarios racistas con la ligereza de quien arroja basura al viento, pero con el peso de siglos de exclusión, no es un hecho aislado. Es, más bien, el síntoma de una enfermedad social que hemos decidido tratar con memes en lugar de memoria. Nos escandalizamos por un instante, compartimos el video, redactamos un par de líneas airadas… y luego seguimos como si todo no fuera más que una interrupción incómoda en nuestro paseo digital.

Pero el problema no es el escándalo: es la normalización.

Hemos naturalizado el desprecio al punto de que ya no lo identificamos como tal, sino como “humor”, “opinión” o, el comodín favorito, “libertad de expresión”. Y aquí conviene hacer una pausa (no dramática, pero sí necesaria): la libertad de expresión no es un salvoconducto para la humillación. No es un permiso para reducir al otro a caricatura, ni mucho menos para negar su dignidad. Es, en teoría, una herramienta para ampliar el diálogo, no para estrechar la humanidad.

En un país como el Perú, donde la diversidad cultural no es un eslogan sino una realidad palpable, andina, amazónica, costeña, mestiza, migrante, la discriminación no es solo un agravio individual: es una forma de sabotaje colectivo. Es dinamitar los puentes que tanto nos cuesta construir. Es decirle a una parte del país que su voz vale menos, que su voto molesta, que su existencia incomoda.

Y, sin embargo, ahí están los nuevos oráculos digitales, dictando sentencias desde sus altares de streaming, convencidos de que el volumen de sus seguidores equivale al peso de sus ideas.

Porque esa es otra de las grandes confusiones contemporáneas: creer que la popularidad es sinónimo de legitimidad. Como si los aplausos (reales o comprados) tuvieran la capacidad de absolver la estupidez.

Lo más inquietante no es que existan estos personajes, porque la historia siempre ha tenido bufones, sino la indulgencia con la que los tratamos. Les damos pantalla, les damos clics, les damos la relevancia que luego utilizamos para indignarnos. Es un círculo perfecto: los alimentamos y luego nos quejamos de su tamaño.

Por eso resulta casi irónico que tenga que ser el sistema de justicia (ese mismo que muchos consideran lento, torpe o selectivo), el que nos recuerde lo obvio: que discriminar es un delito. Que no todo vale. Que hay líneas que, aunque algunos insistan en borrarlas con sarcasmo barato, siguen estando ahí. El artículo 323 del Código Penal no es poesía, pero tiene algo que a veces le falta al discurso público: límites claros.

Reducir este problema a una cuestión legal sería quedarse en la superficie. Porque la ley puede sancionar, pero no puede educar por sí sola. Puede castigar la expresión más burda del racismo, pero no erradicar las microviolencias cotidianas que lo alimentan: el chiste “inofensivo”, el estereotipo repetido, la mirada condescendiente.

La pregunta incómoda y necesaria es otra: ¿por qué nos resulta tan fácil reírnos del otro? ¿Qué vacío estamos llenando cuando convertimos la diferencia en burla?

Tal vez la respuesta no sea halagadora. Tal vez tenga que ver con inseguridades disfrazadas de superioridad, con ignorancias que se protegen atacando, con una identidad nacional que aún no termina de reconciliarse consigo misma.

Porque, al final del día, discriminar es una forma de ignorancia sofisticada: no solo desconoce al otro, sino que se enorgullece de hacerlo. Y cuando esa ignorancia se premia con visibilidad, el problema deja de ser individual y se vuelve estructural.

No se trata de cancelar personas (la nueva inquisición digital que tanto nos gusta y entretiene), sino de dejar de aplaudir lo inaceptable. De entender que cada clic es un voto simbólico, cada reproducción, una validación. Se trata, en última instancia, de asumir que la cultura que consumimos también nos construye.

Quizá sea momento de bajarle el volumen a los falsos dioses y empezar a escuchar otras voces. Voces que no necesiten gritar para ser escuchadas, que no construyan su identidad sobre la negación del otro. Voces que entiendan que en un país multicultural, la diferencia no es una amenaza, sino una posibilidad.

Porque si seguimos celebrando el desprecio, no solo empobrecemos el debate: empobrecemos el país.

Y eso, a diferencia de un video viral, sí tiene consecuencias que no se pueden borrar con un clic.

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