Crónica de Roberto Carlos Medina
A inicios de los años sesenta, Panchín continuaba desafiando al destino con su colección de mil oficios. El escenario era ahora Paujilzapa, un caserío en la provincia de Picota, donde se había adueñado de un retazo de selva para sembrar la vida: plátano, yuca, frijol y maní brotaban de la tierra bajo su mando.
En 1960, el hogar se iluminó con la llegada de Irma. Era una criatura diminuta, mutishca y de nariz respingada. Panchín, cuya imaginación para los nombres no seguía manuales sino latidos, simplemente decidió que se llamaría Irma porque el nombre le sonaba bien. No se equivocó: con el tiempo, aquella niña traviesa e inteligente se convertiría en una atleta formidable. Ella y su hermano Hernán, el «Colorado», heredaron el fuego deportivo del abuelo Germán Morey; aunque Panchín, entre anécdotas y humos de hogar en Chirapa, siempre reclamaba su propia leyenda como un futbolista de estirpe.
Su historia predilecta ocurrió en Cabo Alberto Leveau, durante un domingo de esos en los que el pueblo se paraliza por el fútbol. Panchín caminaba hacia el campo para un partido crucial cuando el destino le puso una trampa de cristal: dos amigos de jarana lo interceptaron.
—Solo un pocochón, Panchín —le dijeron.
Ni corto ni perezoso, aceptó. Una copa llamó a la otra y, en cuestión de minutos, el aguardiente ya le cantaba victorias en la sangre. Cuando un amigo le recordó el compromiso, Panchín, ya entregado al placer del cañazo, se resistió, pero el deber pudo más que la embriaguez.
Al llegar al campo, el entrenador era un manojo de nervios. Su estrella, el ambidiestro «todo terreno», no aparecía. Cuando Panchín por fin se materializó a escasos minutos del pitazo inicial, el reclamo del técnico se extinguió en un gesto de asco: el jugador emanaba «trago vivo».
—Siéntate en la banca —ordenó el profesor, decepcionado.
El partido fue un calvario temprano. El rival, implacable, encajó dos goles fulminantes. El reemplazo de Panchín no daba la talla y la sangre del entrenador comenzó a hervir. Desesperado, miró al banquillo.
—Panchín, calienta. Vas a entrar.
Aún turbado por el vapor del alcohol, se puso de pie. Cuando ingresó en el segundo tiempo, el jugador sustituido masculló con desprecio:
—¿Qué puede hacer un borracho en la cancha?
Panchín no respondió con palabras, sino con el balón. Apenas entró, el caos se volvió orden. Con la maestría de quien domina ambos perfiles, empezó a surtir a los delanteros, abriendo la cancha por los extremos y rompiendo el centro como una tromba. A pesar de su figura esmirriada y pequeña, se elevaba sobre los gigantes para buscar el balón con la testa.
En un ataque orquestado desde su bota, filtró un pase quirúrgico hacia la banda; vino el centro a media altura y Panchín, en un vuelo poético, se lanzó de «palomita». El impacto fue seco y el balón terminó en el fondo de las piolas. Era el descuento.
Con el 2-1, el orgullo le dio alas. Interceptó un pase rival y emprendió una carrera eléctrica, dejando a dos defensas sembrados en el barro. Ante la salida desesperada del arquero, la colocó con sutileza a un costado. El empate estaba firmado.
La apoteosis llegó al final. Con todo el equipo volcado al ataque, Panchín lanzó un centro al corazón del área para que un delantero sellara el 3-2 definitivo con un remate furibundo.
Mientras el sudor se mezclaba con los restos del alcohol y los gritos de la hinchada, Panchín, con una sonrisa pícara, gritó al viento:
—¡Creo que para el próximo partido, pasaré primero por la bodega por otro cañazo!… Continuará



