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San Martín al volante: Imprudencia diaria que pone vidas en riesgo

La fiscalización es escasa, sanciones poco disuasivas y la educación vial ausente.

Falta de cultura vial y el desinterés por la seguridad convierten cada trayecto en una apuesta peligrosa donde los niños y escolares son los más vulnerables y pueden ser las víctimas fatales.

La escena se repite con alarmante frecuencia en las calles y carreteras de San Martín: conductores que manipulan el celular mientras conducen, motocicletas que transportan a varios pasajeros sin protección y menores de edad expuestos a riesgos innecesarios en vías de alto tránsito como la carretera Fernando Belaúnde Terry. Las imágenes registradas entre Tarapoto y Moyobamba no son excepciones; son el reflejo de una normalización peligrosa que ha echado raíces en la vida diaria.

En uno de los casos más evidentes, un conductor maneja con una mano en el volante y la otra sosteniendo el teléfono móvil. Este acto, que muchos consideran trivial, representa una de las principales causas de accidentes de tránsito. La distracción, aunque dure segundos, puede ser suficiente para desencadenar una tragedia. Conducir y usar el celular al mismo tiempo no es una falta menor, es una conducta de alto riesgo, esta acción se ha vuelto casi cotidiana en calles, avenidas y carreteras.

A ello se suma el uso de motocicletas como medio de transporte familiar, muchas veces sin las condiciones mínimas de seguridad. Se observa a menores de edad viajando sobre el tanque de las motocicletas, en posiciones inestables o incluso en medio de dos adultos. Más grave aún es el traslado de escolares en unidades no diseñadas para transporte seguro, como mototaxis o vehículos de carga adaptados improvisadamente. Exponer a niños y adolescentes en estas condiciones es una forma de negligencia que puede tener consecuencias fatales.

En las carreteras, la situación no mejora. Vehículos menores y unidades informales transportan pasajeros, incluidos escolares, en motocar´s y en competencias de velocidad sin ningún tipo de sujeción ni protección. En vías como la FBT, donde la velocidad y el flujo vehicular son elevados, este tipo de prácticas convierte cualquier recorrido en una ruleta rusa sobre ruedas.

El problema no radica únicamente en la imprudencia individual. Existe una preocupante combinación de responsabilidad ciudadana ausente y una débil presencia de la autoridad. La fiscalización es escasa, las sanciones poco disuasivas y la educación vial insuficiente.

Esta mezcla configura una bomba de tiempo al volantedonde el accidente no es una posibilidad lejana, sino una consecuencia previsible.

La cultura de la seguridad vial no se impone únicamente con normas o multasnace en cada hogar. Es en la familia donde se forman los primeros hábitos: respetar las reglas, usar casco, no exceder la capacidad de los vehículos, evitar distracciones. Sin embargo, cuando estas prácticas no se inculcan, el espacio público se convierte en un escenario de riesgo compartido.

Es urgente que las instituciones responsables refuercen las campañas de educación y control, pero también que la ciudadanía asuma su rol. La seguridad vial es una responsabilidad colectiva. Cada decisión al volante —o como pasajero— puede marcar la diferencia entre llegar a destino o protagonizar una tragedia.

ADEMÁS ¿Se puede circular en moto con el rostro cubierto o pasamontañas?

En un contexto de creciente inseguridad ciudadana, el uso de pasamontañas u otros elementos que cubren totalmente el rostro al conducir una motocicleta en la vía pública genera preocupación y debate.

La normativa de tránsito no prohíbe de manera expresa el uso de prendas que cubran el rostro, siempre que el conductor cumpla con las obligaciones básicas: portar licencia de conducir vigente, usar casco de seguridad reglamentario y respetar las normas de tránsito. Sin embargo, hay un punto clave: la identificación del conductor.

Las autoridades pueden intervenir a motociclistas cuyo rostro esté completamente cubierto, especialmente en operativos de control, ya que esto dificulta su identificación y puede considerarse un comportamiento sospechoso. En algunas ciudades o regiones, se han impulsado ordenanzas o medidas restrictivas temporales que limitan el uso de estos accesorios, precisamente por su vinculación con actos delictivos.

Mientras estas conductas continúen normalizándose, las calles, avenidas y carreteras de San Martín seguirán siendo testigos de una realidad incómoda: la vida vale menos que la prisa, la costumbre o la indiferencia. Y eso, más que un problema de tránsito, es un problema de conciencia y autoridad.

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