En 1962, el calendario marcó la llegada de Martha, la sexta de la estirpe, la huinsha que cerraba el ciclo de la vida en el vientre. Panchín —hombre de pocas complicaciones y escaso apego a las genealogías o a los dramas de las novelas de sus tiempos de soldado— decidió llamarla Martha. Así, sin adornos; sin rastrear pasados ni heredar nombres ajenos.
Marthita llegó para encender una luz que no solo alcanzó a Luchita y Panchín, sino que bañó a todos sus hermanos. Aquellos niños, convertidos en guardianes precoces, prometieron protegerla siempre; incluso Irma quien, con apenas dos años más de existencia, se eximía de su propia fragilidad para velar por la pequeña. Creció bajo el amparo colectivo y el humo sagrado de la tushpa de la abuela Elena, quien, frente al fogón siempre encendido, sazonaba la vida con mimos y convertía la escasez en banquete.
La menor de los Del Castillo Morey floreció en ese ambiente: un lienzo de hogar donde las limitaciones materiales eran apenas sombras frente al brillo del afecto. En la casa del jirón Sofía Delgado, los problemas eran nubes pasajeras que jamás lograron desteñir la alegría que desbordaba sus paredes.
Con el tiempo, Martha trazó un rumbo audaz. Fue la única que dejó atrás el calor de Tarapoto para buscar su destino en Trujillo. Bajo el manto protector de Panchín y la profesora Luisa, se forjó como trabajadora social, convirtiéndose en el baluarte que es hoy: una mujer cuya vocación es el servicio y cuya bandera es la justicia en la región San Martín. Hoy, su voz resuena con la fuerza de la selva en la defensa de la cordillera Escalera; protege ese bastión verde con la misma entrega con la que se cuida a una madre, entendiendo que en esas cumbres habita el alma de su pueblo.
Es el espejo donde hoy se miran sus sobrinos. Ven en ella la inteligencia de quien asciende sin pisar a nadie, honrando la casta del «Todoterreno». Sus hijos, los últimos nietos de Panchín, son ahora el motor de una mujer que no conoce el cansancio.
Mientras tanto, en las alturas de Chirapa, donde el aire es más puro y el tiempo parece detenerse entre los cafetales, los hijos suben a buscar la bendición. Panchín, a sus 98 años, se aferra a la vida con una curiosidad envidiable. En casi un siglo de existencia, donde otros buscarían el reposo del viaje sin retorno, él prefiere el goce de un beso en la frente o el roce de una mano sobre su cabeza de plata.
Es feliz. Y yo, su nieto, el tercero en la lista sagrada, también llevo su marca y me niego a su partida. Panchín, en medio de todas nuestras carencias, tuvo el don sagrado de fabricar felicidad. Sigue siendo el padre que, aún hoy, me prodiga un amor que no sabe de finales.



