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CONTAMINACIÓN Y ABANDONO EN LOS RÍOS DEL ALTO MAYO

RIMAYKUNA SACHAMANTA
Ludwig H. Cárdenas Silva
Columnista

Durante décadas, los ríos del Alto Mayo fueron como venas abiertas sobre la tierra amazónica. En sus aguas no solo corría el agua: corría también la vida cotidiana de los pueblos. Allí el agricultor lavaba el sudor de la jornada, los niños aprendían a conocer el mundo entre piedras, pozas y remolinos, y los pescadores regresaban al amanecer con las canoas cargadas de boquichicos, dentones, carachamas, bujurquis y mojarras todavía brillando bajo la neblina. El río era alimento, camino y memoria. Pero hoy, muchos de esos cauces comienzan a apagarse lentamente, arrastrando consigo un silencio extraño, como si la propia naturaleza estuviera cansándose de soportar tanto abandono.

Las provincias del Alto Mayo y otras zonas de San Martín contemplan con tristeza cómo la riqueza ictiológica se desvanece lentamente ante la indiferencia colectiva y la explotación irracional de sus recursos hídricos. Lo que antes era abundancia comienza a convertirse en recuerdo.

En numerosos sectores, los ríos han sido reducidos a simples canteras abiertas. Día y noche, la extracción indiscriminada de material de acarreo remueve el lecho de las aguas con la brutalidad de una máquina sin conciencia. Las dragas y cargadores alteran el cauce natural, destruyen zonas de reproducción de peces y enturbian corrientes que durante siglos mantuvieron un delicado equilibrio ecológico. Allí donde antes había remansos profundos y orillas cubiertas de vegetación, hoy quedan cicatrices de arena removida y piedras desnudas bajo el sol.

Pero el daño no termina allí. A esta agresión se suma otra todavía más silenciosa y venenosa: la contaminación causada por insumos químicos provenientes de la agricultura. Fertilizantes, pesticidas y herbicidas terminan desembocando en quebradas y ríos, infiltrándose lentamente en el corazón mismo de la Amazonía sanmartinense. El agua que alguna vez fue cristalina empieza a cargar sustancias tóxicas que alteran la vida acuática y reducen dramáticamente las poblaciones de peces.

Muchas especies que eran comunes hace apenas algunas décadas hoy son difíciles de encontrar. Pueblos enteros recuerdan con nostalgia la abundancia de peces que antes llenaban las redes de los pescadores artesanales. La desaparición progresiva de estas especies no solo representa una tragedia ecológica, sino también cultural y económica. Cuando un río pierde sus peces, también pierde parte de su identidad.

Lo más doloroso es que esta destrucción ocurre frente a nuestras propias miradas. Se habla constantemente de desarrollo, progreso y crecimiento económico, pero muy poco se reflexiona sobre el precio real de ese supuesto avance. Ninguna economía puede llamarse sostenible si sacrifica las fuentes de agua que sostienen la vida de las futuras generaciones.

Los ríos del Alto Mayo todavía siguen allí, atravesando pueblos y alimentando sembríos, soportando en silencio el peso de nuestra indiferencia. Aún están a tiempo de recuperarse, pero la naturaleza también tiene límites. Cada pez que desaparece, cada quebrada contaminada y cada tramo destruido por la extracción irresponsable va dejando una herida difícil de cerrar en la Amazonía sanmartinense. Tal vez el verdadero progreso no consista en sacar más piedra y arena ni en producir más a cualquier costo, sino en aprender, de una vez por todas, que un río vivo vale mucho más que cualquier riqueza momentánea.

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