El año 1962 no solo trajo al mundo a la última hija de Panchín; también marcó su destino. Decidió mudarse a Paujilzapa, un recóndito caserío de la provincia de Picota. Allí reclamó un trozo de monte para rozar, sembrar la tierra y vivir del noble sustento de sus cosechas.
Panchín no era un extraño en la zona. Todo lo contrario: su carácter bonachón y su espíritu solidario lo habían convertido en un hombre querido. Siempre tenía las manos listas para el servicio. Entre el cuidado de sus parcelas y los deberes vecinales, el «Todoterreno» —como le decían— jamás faltaba a las faenas comunales. En aquellos tiempos, la minka era el motor que movía a los paujilzapinos, y Panchín era siempre el primero en llegar.
Cierta mañana, el pueblo se convocó para levantar el local comunal. En casa quedaron la Lui y Martita, mientras Panchín, presuroso, afilaba su valisha, el machete más grueso y pesado de su colección. Su tarea consistía en despejar la maleza. Avanzó hacia unas lianas densas que asfixiaban a un arbusto de apenas dos metros. Entró en aquel espacio verde sin temor ni sospecha. Los golpes secos de su herramienta perturbaron a un enemigo invisible, camuflado entre el follaje.
Como un relámpago, una delgada silueta verde saltó hacia su brazo izquierdo. Los dientes de la fiera se hundieron en su carne. El agricultor ahogó un gemido ante el violento latigazo del dolor y, quebrado por la impresión, gritó para alertar a los suyos:
—¡Me mordió la víbora!
Juanito Paredes, su vecino, corrió hacia él con el rostro pálido, preguntando de qué animal se trataba. Panchín, conteniendo las punzadas que ya devoraban su extremidad, alcanzó a decir:
—Vi una verde, no muy grande… Creo que es una loro machaco.
El pánico activó a la cuadrilla. Mientras unos buscaban al reptil, los hermanos Tapullima se plantaron al lado del herido, cuyos ojos ya delataban los estragos del veneno. Con desesperación y valentía, uno de ellos se agachó para succionar la herida, escupiendo el fluido maldito una y otra vez, intentando frenar la marea tóxica que ascendía por el cuerpo de su amigo.
El «Todoterreno» sentía que el mundo se desvanecía en una densa niebla. El dolor era un incendio interno. Le obligaron a beber brebajes extraños cuyo sabor no lograba registrar; pócimas amargas que apenas lo mantenían aferrado a la vigilia, oyendo un eco de voces borrosas que ya no alcanzaba a identificar.
Improvisaron una camilla con ramas recias. Lo cargaron a pulso fuera del bosque, llevándolo hacia un tambo aislado para que el maestro curandero iniciara sus rituales de sanación. Pensar en un hospital era un delirio: en la Picota de aquellos años, las carreteras transitables eran solo una utopía.
Al caer la noche, tras horas de agonía en el tambo y con el cuerpo retorciéndose de dolor, Panchín recibió las primeras gotas de un remedio cuyo sabor le era ajeno. El veneno ya había tomado por completo el flanco izquierdo de su humanidad. En la penumbra, el curandero soplaba y cantaba sus ícaros, manteniendo el pulso contra la muerte. Mientras tanto, en el hogar, Luchita lloraba desconsolada, implorando al Todopoderoso que protegiera la vida del hombre de la casa.
Pasaron tres días y la mejoría no llegaba. El cuerpo de Panchín comenzó a hincharse de forma alarmante, pero su corazón, terco, seguía latiendo. Los moradores de Paujilzapa rodeaban el tambo con una vela de esperanza, anhelando ver de nuevo al alegre «Todoterreno» abriendo trocha en las minkas. No perdían la fe, aunque el misterio los asaltaba: el hombre no moría, pero tampoco sanaba. ¿Qué batalla secreta se libraba en sus entrañas?
—Cualquier otro ya estaría bajo tierra hace rato. El veneno de la loro machaco no perdona —sentenció con gravedad el agente municipal del pueblo, contemplando el horizonte…
Continuará…



