Por Willian Gallegos Arévalo
Como ya escribí anteriormente, el fútbol nos hermana. Un gol hace que desaparezcan las barreras sociales y todos quienes vibran por este acontecimiento parecen vincularse íntimamente: se abrazan, se besan, se chocan, parecen sentirse mutuamente, sí. Pero una vez que termina la emoción de esos momentos gloriosos todo vuelve a la normalidad. Pero valió la pena vivir esos instantes.
Uno de los equipos de futbol sanmartinense que nos hermanó fue el ahora mítico “Club Cultural Juanjui”. Fue el año de 1972 cuando todos los sanmartinenses fuimos un solo corazón en esos días históricos cuando un equipo que llegó a Lima, como si fuera el relleno de una anécdota, su presencia estaba llena de exotismo. Desde un casi desconocido departamento, que era uno más del concierto de territorios, un equipo de fútbol llamaba la atención, no por lo que pudiera brindar como espectáculo, sino el saber si en el entonces departamento de San Martín sabían jugar el futbol. Porque, desde un pueblo casi desconocido, llegaba a la Finalísima de la Copa Perú un equipo que llenaba las páginas deportivas de los diarios capitalinos. El Cultural Juanjui sería un equipo más del torneo, querían decirnos.
Los sanmartinenses en general fuimos un solo espíritu en febrero de 1972. Todos teníamos un solo sentimiento, y era el amor a la tierra, a nuestro arraigo por los bosques y los ríos. Sin pretender ser cursi, diré que la emoción nos embargó a todos en valorar lo nuestro, en nuestra historia que falta escribirse, en rescatar el significado de los hombres que llegaron a hacer patria en estas tierras y terminaron adoptándola como suya. ¿Cómo no sentir, entonces, que un equipo sanmartinense pisara el césped del Estadio Nacional de Lima, y decirle al país que había llegado para demostrar la valía y fuerza de unas piernas y muslos como los de los legendarios Balseros Ancestrales? Porque ahí estaban esos fieros gladiadores con músculos de estoraque juanjuyano, corazón de quinilla del Ponaza, corazón de huallaguino pétreo de los cascajales de Tiraquillo y Chincha Alta, con mirada fiera de ojos del gavilán pullitero.
Nunca dejaba de comprar los principales diarios de Lima. Y en febrero de 1972 se hizo más intensa esa pasión para leer las crónicas periodísticas sobre ese hexagonal final donde los seis equipos que ganaron sus torneos regionales llegaron a la capital para demostrar al país quien de ellos era el más macho. Y, por supuesto, en las páginas deportivas de los diarios -que en esos años correspondían a las últimas paginas –, se especulaba que el casi mítico club arequipeño “Deportivo Carsa”, llegaba con pretensiones de ser el campeón de esta finalísima; pero sería su domingo triste aquel 27 de febrero de 1972: se acabaría el mito.
Voy a reconstruir esta historia a partir de mis propias vivencias, las comunicaciones personales de Oscar Acosta Aguilar, Pericles Mera, Eloy Ruíz Trigozo, y la revista “Campeones de todos los tiempos” (2022), que me obsequiara el escritor juanjuyano Juan Mera Gonzales. (Comunicando Bosque y Cultura.



