🌦️ 23.9 °CTarapotolunes, julio 13, 2026
1 PEN = 0.297 USD|1 USD = 3.362 PEN

Cuando la violencia deja de escandalizarnos

Hemos pasado de ser espectadores a productores del espectáculo  de la violencia.

Hay noticias que duran un día. Otras apenas sobreviven hasta que el siguiente escándalo les roba el titular. Pero existen escenas que deberían perseguirnos durante años, porque no cuentan un hecho aislado; retratan el fracaso de una sociedad entera.

Este fin de semana, en Moyobamba, una adolescente persiguió a otra con un machete en la mano. Sí, un machete. No fue una película, ni un videojuego, ni un reto viral. Fue la vida real. La tragedia no ocurrió porque algunos adultos intervinieron antes de que el filo escribiera una historia de sangre.

Pero imaginemos por un instante que nadie hubiese estado allí.

Hoy estaríamos llorando a una menor de edad. Estaríamos exigiendo más policías, culpando al serenazgo, acusando a las autoridades de incompetentes y llenando las redes sociales con el ya conocido «qué inseguro está todo». Nos indignaría el resultado, aunque durante años hayamos ignorado las causas.

Porque no hablamos de un sicario. No hablamos de un delincuente buscado por la justicia. Hablamos de alguien que podría ser nuestra hija, nuestra sobrina, la compañera de carpeta de nuestros hijos o la vecina que saludamos cada mañana.

Y ahí es donde el problema deja de ser policial para convertirse en un espejo.

Algo estamos haciendo muy mal.

Nos acostumbramos a ver videos de escolares arrancándose el cabello a unas cuadras del colegio mientras los demás ríen y graban. Nos parece normal que dos adolescentes se golpeen hasta quedar inconscientes para demostrar quién manda. Vemos cómo un grupo arremete contra una sola persona, como si la cobardía fuera una nueva forma de valentía. Y mientras una vida corre peligro, decenas de celulares se levantan para conseguir el mejor ángulo.

Hemos pasado de ser espectadores a productores del espectáculo de la violencia.

Ya no importa quién tiene la razón. Importa quién humilla más. Importa quién pega más fuerte. Importa quién consigue hacerse viral.

La violencia ya no avergüenza; entretiene. Se comparte, se comenta, se celebra. Y cuando la brutalidad se convierte en contenido, dejamos de ser una sociedad sensible para convertirnos en un público que consume tragedias.

Vivimos tiempos extraños. Nos da más miedo decirle «no» a un hijo que verlo desafiar a un profesor. Tememos poner límites porque alguien podría llamarnos padres autoritarios. Hemos confundido la crianza respetuosa con la renuncia a educar. Como si respetar significara permitirlo todo.

No. Respetar también es corregir. Respetar es enseñar que la libertad termina donde empieza la del otro. Respetar es hacer entender que existen consecuencias.

No se trata de volver a la violencia como método de crianza. Jamás. La violencia nunca educó. Pero tampoco educa la indiferencia. La autoridad no es autoritarismo. La disciplina no es maltrato. Los límites no son enemigos del amor; son una de sus expresiones más responsables.

Estamos criando hijos incapaces de tolerar una frustración. Jóvenes que sienten que cualquier mirada es una ofensa, cualquier comentario una agresión y cualquier diferencia merece resolverse con los puños… o con un machete.

Sí, un machete.

Qué palabra tan dura para hablar de una adolescente.

Pero más duro será escuchar algún día que ese machete sí encontró un cuerpo.

Y entonces volveremos a hacer lo que mejor sabemos: llorar sobre la sangre ya derramada.

Dirán que fue culpa de la falta de policías. Que faltan leyes más severas. Que el Estado fracasó.

Y sí, seguramente habrá responsabilidades compartidas. Pero sería una enorme cobardía no reconocer que la primera escuela sigue siendo el hogar.

Porque un niño no aprende el respeto por generación espontánea. Aprende viendo. Aprende escuchando. Aprende cuando descubre que sus actos tienen consecuencias.

Si en casa nunca hubo límites, difícilmente respetará los del colegio. Si no reconoce la autoridad de sus padres, mucho menos reconocerá la de un docente o la de un policía. Si nadie le enseñó a controlar su ira, la calle terminará haciéndolo… a golpes, con una denuncia o, peor aún, frente a una tumba.

Y entonces aparecerá la frase más hipócrita de todas: «Era un buen chico». «Era una buena chica».

No. Era un adolescente al que muchos adultos dejaron de educar.

Nos encanta repetir que los jóvenes son el futuro. Pero el futuro no se construye con discursos bonitos. Se construye cada día, cuando un padre corrige, cuando una madre pone límites, cuando un profesor es respaldado por cumplir su deber y cuando la sociedad deja de romantizar la rebeldía que termina convertida en violencia.

Porque no estamos formando una generación de cristal. El cristal, cuando se rompe, corta. Y una sociedad que fabrica cristales rotos termina llena de heridas.

La pregunta ya no es qué pasó este fin de semana en Moyobamba.

La verdadera pregunta es cuánto falta para que el próximo machete ya no encuentre a un vecino que lo detenga, sino a una víctima que no alcance a escapar.

Pero ese día ya será demasiado tarde.

Volveremos a preguntar quién falló. Culparemos a la Policía, al colegio, al Estado, a las redes sociales.

Todos tendrán un responsable.

Todos… menos el espejo.

Porque las sociedades no se destruyen de un día para otro. Se van rompiendo cada vez que normalizan la violencia, cada vez que callan frente a ella y cada vez que renuncian a educar.

Ojalá no tengamos que contar muertos para volver a entender que los límites también son una forma de amar.

Comparte esta publicación:

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp