Si quieres ver a un adulto perder la paz en tiempo récord, no necesitas política, tráfico ni impuestos: basta con un niño llorando en un lugar público. Ahí se cae la supuesta paciencia, la tolerancia y, por supuesto, la tan proclamada empatía.
Hay algo profundamente contradictorio en nuestra sociedad.
Nos encantan los niños cuando sonríen para la foto, cuando reparten abrazos pegajosos o cuando corren hacia nosotros con los brazos abiertos. Los celebramos cada tercer domingo de agosto, les dedicamos canciones, promociones comerciales, publicaciones llenas de corazones y frases sobre la importancia de proteger la infancia.
Pero basta con que lloren en un restaurante, griten en un aeropuerto o tengan una pataleta en un espacio público para que la ternura se convierta en molestia y el amor colectivo por la niñez se desvanezca con una velocidad sorprendente.
Ayer celebramos el “Día del Niño”. Y quizá sea un buen momento para preguntarnos si realmente amamos a los niños o si solo amamos la versión cómoda de ellos.
Porque los niños reales no son personajes de catálogo.
Los niños se cansan, se frustran, se aburren, se alteran, tienen hambre, sueño, miedo y ansiedad. Preguntan demasiado, hablan demasiado alto, lloran sin previo aviso y, muchas veces, expresan emociones que todavía no saben identificar, mucho menos controlar.
Y ahí aparece uno de los tribunales más implacables: el de las miradas inquisidoras.
Esas que no necesitan palabras para condenar. Las mismas que convierten a una madre en la acusada principal de un juicio público por el delito de tener un hijo que está aprendiendo a gestionar sus emociones.
Porque, al parecer, hemos llegado a un punto en el que algunos adultos exigen que los niños se comporten mejor que ellos.
La escena es bastante conocida. Un niño hace un berrinche. La madre intenta calmarlo. El padre trata de distraerlo. Y alrededor aparecen los expertos internacionales en crianza instantánea: personas que quizá nunca han sostenido a un niño agotado durante un viaje de varias horas, pero que poseen un doctorado honorífico en juzgar a los demás.
“¿No sabe controlar a su hijo?”
“¿Por qué no lo hace callar?”
“¿Qué clase de educación le está dando?”
Y, por supuesto, el premio mayor: el irónico reconocimiento a la “madre del año”.
Lo viví hace poco durante un viaje en avión. Un niño lloraba desconsoladamente. Quizá tenía sueño, estaba cansado o se sentía incómodo. Podían existir mil razones.
Sin embargo, varios pasajeros comenzaron a mover la cabeza en señal de desaprobación. Algunos susurraban. Otros observaban con evidente molestia.
Mi hijo, que tiene una voz tan potente como su entusiasmo, me preguntó qué estaba ocurriendo. Le pedí que hablara un poco más despacio y le expliqué que el niño probablemente estaba estresado y que era importante respetar ese momento.
Entonces, con un tono bastante alto y sarcástico, le dije algo que, curiosamente, muchos adultos todavía necesitamos recordar: “Eso se llama empatía. Y parece que a algunos se les olvidó traerla a este avión”.
Mi hijo me miró y respondió con un sencillo: “está bien, mamá”.
Y ocurrió algo inesperado.
Las actitudes comenzaron a cambiar. La tensión disminuyó. Incluso una aeromoza se acercó para ofrecer apoyo a la madre y, finalmente, el niño se quedó dormido durante el viaje.
A veces, la diferencia entre un ambiente hostil y uno solidario cabe en una sola palabra: comprensión.
Pero existe una realidad todavía más compleja: la mayor visibilidad de la neurodivergencia, particularmente del autismo, ha puesto sobre la mesa una conversación urgente sobre la necesidad de comprender que no todos los niños sienten, procesan o reaccionan de la misma manera.
Sin embargo, la visibilidad no siempre ha venido acompañada de sensibilidad. Con demasiada frecuencia, los niños neurodivergentes siguen siendo víctimas de comentarios crueles, críticas injustas y actos de discriminación.
Se les señala por hacer movimientos repetitivos, por no tolerar determinados estímulos, por hablar demasiado alto, por tener crisis emocionales o por reaccionar de una manera distinta ante situaciones que otros consideran normales.
Y lo más doloroso es que, muchas veces, la solución que algunos proponen es retirarlos.
Que se vayan.
Que salgan.
Que no incomoden.
Como si esconderlos fuera una alternativa. Como si la inclusión consistiera en aceptar la diferencia siempre y cuando no se vea demasiado.
Lo que pocas personas comprenden es que detrás de cada episodio puede existir una madre agotada, una familia que lleva años enfrentando desafíos invisibles o una mujer que carga una mochila emocional mucho más pesada de lo que imaginamos.
Pero resulta más fácil señalar que ayudar. Más sencillo criticar que acompañar. Más cómodo ponerse la máscara de la empatía que practicarla.
Porque, seamos sinceros, vivimos en tiempos en los que la empatía se ha convertido en un concepto muy elegante para las redes sociales, pero bastante escaso en la vida cotidiana.
Publicamos mensajes sobre el amor, la inclusión y el respeto, pero perdemos la paciencia ante el primer llanto.
Compartimos frases inspiradoras sobre la infancia, pero nos incomoda la presencia de un niño que se comporta exactamente como un niño.
Quizá hemos olvidado algo esencial: todos fuimos ese niño.
El que lloró.
El que gritó.
El que hizo preguntas interminables.
El que se cansó.
El que tuvo un berrinche.
La diferencia es que nosotros tuvimos la fortuna de crecer rodeados de adultos capaces de comprender que crecer también significaba equivocarse, frustrarse y aprender a manejar nuestras emociones.
Por el tan comercializado “Día del Niño”, tal vez deberíamos dejar de celebrar únicamente las sonrisas y empezar a aceptar también las lágrimas.
Porque la infancia no necesita espectadores que aplaudan solo los momentos felices. Necesita adultos capaces de acompañar el proceso completo.
Y eso implica entender que un niño no está arruinando el mundo cuando llora. Simplemente está aprendiendo a vivir en él.
Así que quizá la próxima vez que un niño grite en un restaurante, llore en un avión o tenga una crisis en un supermercado, antes de emitir un veredicto desde el cómodo asiento de nuestra supuesta superioridad moral, deberíamos detenernos un segundo.
Preguntarnos qué está viviendo ese niño y qué está intentando comunicar.
Y, sobre todo, qué está viviendo esa madre o ese padre que intenta sostenerlo mientras también lidia con las miradas de quienes los rodean. Tal vez entonces podamos quitarnos la careta.
Esa que nos hace parecer empáticos mientras juzgamos sin conocer la historia que lleva cada familia.
Porque la empatía no consiste en publicar una frase bonita sobre la infancia. Tampoco en sonreírle a un niño cuando está tranquilo.
La verdadera empatía empieza precisamente cuando ese niño deja de ser cómodo.
Cuando llora.
Cuando grita.
Cuando se desregula.
Cuando necesita más tiempo.
Cuando su manera de sentir y expresarse no se parece a la nuestra.
Porque el problema no son los niños. El verdadero problema es la enorme dificultad que tenemos los adultos para recordar que, alguna vez, también lo fuimos.
Y quizá esa sea la verdadera prueba de nuestra empatía: no cómo tratamos a los niños cuando nos hacen sonreír, sino cómo reaccionamos cuando su llanto nos incomoda.
Ahí, justamente ahí, es donde la careta se cae.
Y mientras escribo estas líneas, con mi taza de café al lado y el recuerdo de aquel niño llorando en el avión, pienso en algo que quizá deberíamos aprender de una vez:
No todos los llantos necesitan silencio. Algunos necesitan comprensión.
Así que, por esta vez, dejemos el juicio a un lado, sirvamos una taza de empatía y recordemos que detrás de cada niño que llora hay una historia que no conocemos.
Buen inicio de semana “Con aroma a café”… pero sin caretas.



