Prometerán más camiones, nuevas plantas y grandes inversiones. Pero casi nadie nos dirá que una ciudad limpia empieza mucho antes de que llegue el recolector: empieza en la casa, en la escuela y en la decisión cotidiana de cada ciudadano de hacerse responsable de la basura que produce. La política puede ordenar el cambio, pero no puede hacerlo por nosotros.
Hay una escena que se repite todos los días: una bolsa de basura que sale de una vivienda, otra abandonada en una esquina, residuos mezclados en un mismo recipiente y, unas horas después, calles, mercados y espacios públicos convertidos nuevamente en puntos de acumulación. Las bolsas son abiertas por perros y otros animales en busca de comida, los desperdicios quedan esparcidos y la ciudad vuelve a empezar el mismo ciclo al día siguiente.
Entonces ¿quién tiene la culpa?
La respuesta suele ser inmediata: la municipalidad, el alcalde, el servicio de limpieza. Y tienen responsabilidad. Mucha. Los ciudadanos pagan arbitrios por servicios como el recojo de residuos, parques y jardines, y tienen derecho a exigir que esos servicios funcionen. Pero también existe una responsabilidad que no podemos seguir trasladando siempre a otro: la basura que producimos también es asunto nuestro.
En el Perú, las municipalidades tienen un papel central en la gestión de los residuos sólidos. Por eso, cuando un servicio de limpieza falla, la autoridad debe responder. Si queremos resolver el problema de fondo, no basta con pedir más compactadoras, ampliar rutas o construir plantas. Un camión puede recoger basura; no puede evitar que la produzcamos irresponsablemente. Una planta puede procesar residuos; no puede enseñar a una familia a separarlos.

Ahí comienza el verdadero debate.
Miremos nuestra propia región. Tarapoto, Moyobamba y Juanjuí tienen realidades diferentes, pero enfrentan una misma pregunta: ¿qué hacemos con todo lo que diariamente desechamos?
En Tarapoto, se estima una generación de entre 250 y 260 toneladasde residuos cada día. La ciudad cuenta con una planta de valorización y un relleno sanitario de aproximadamente 32 hectáreas, pero la cantidad de basura supera la capacidad operativa de la flota municipal de compactadoras. El resultado se ve en las calles: dificultades de recojo y acumulación de basura.
Se discute incluso cambiar los horarios de recolección y trasladarlos a la noche. Puede ser una medida necesaria para ordenar el servicio, pero hay que decirlo claramente: cambiar la hora del recojo no cambia el problema de fondo. Si seguimos generando basura sin separar y sacándola sin respetar horarios ni lugares, el problema simplemente cambiará de hora.
En Moyobamba, la ciudad genera cerca de 50 toneladas diarias. Sumando los residuos de Calzada, Yantaló y Soritor, que disponen sus residuos en el mismo complejo, la cifra llega aproximadamente a 72 toneladas por día. Existe un Sistema Integral de Gestión de Residuos Sólidos, con participación del Ministerio del Ambiente, y hay infraestructura para atender buena parte de esta demanda. Sin embargo, una planta, un relleno o un sistema de recojo tienen un límite cuando la ciudadanía no acompaña el proceso. Porque hay algo que ninguna máquina puede reemplazar: el comportamiento de las personas.

En Juanjuí, donde se generan aproximadamente 25 toneladas diarias, existe una experiencia que merece atención. Su Planta de Valorización Municipal permite recuperar alrededor de cuatro toneladas de residuos orgánicos al día y transformarlos en abono y compost. Es decir, una parte de lo que llamamos basura puede convertirse en recurso.
Pero la otra cara de la historia también está allí: más del 60 % de la población considera deficiente el servicio de almacenamiento y recolección final, mientras parte de los residuos inorgánicos continúa terminando en botaderos informales o puntos críticos.
Las tres ciudades nos dejan una conclusión incómoda, pero necesaria: el problema de la basura no comienza cuando llega el camión. Comienza cuando decidimos qué hacer con aquello que ya no queremos.



Ese es el punto de partida del ABC de la segregación.
Segregar es separar los residuos desde el lugar donde se generan. Así de sencillo. En casa, en la escuela, en una oficina, en un restaurante, en un mercado o en cualquier negocio.
En el sistema de colores utilizado en el Perú, el verde identifica los residuos aprovechables, como papel, cartón, plástico y vidrio; el marrón, los residuos orgánicos, como restos de comida; y el negro, los residuos no aprovechables.
No necesitamos esperar una nueva campaña electoral, una nueva ordenanza o un nuevo camión para empezar. Tres recipientes correctamente utilizados pueden ser el inicio de una revolución silenciosa dentro de una vivienda.
Una botella de plástico separada de los restos de comida puede ser reciclada. Una caja de cartón limpia puede volver al circuito productivo. Los restos de alimentos pueden convertirse en compost. Lo que parecía basura puede tener una segunda oportunidad.
Pero para que eso ocurra necesitamos cambiar una costumbre: dejar de pensar que la basura desaparece cuando la sacamos de nuestra puerta. No desaparece. Simplemente deja de estar frente a nosotros y pasa a otro lugar.
Por eso el primer territorio de la transformación esla casa.
Allí los padres enseñan. Allí los hijos aprenden. Allí comienza el hábito. Una familia que separa sus residuos está haciendo algo mucho más importante que ordenar una bolsa: está enseñando responsabilidad.
El segundo territorio esla escuela.
Un niño que aprende a separar residuos puede llevar esa enseñanza a su hogar. Puede preguntar por qué todo se mezcla, exigir tachos diferenciados, participar en campañas de reciclaje, aprender a producir compost y entender que el consumo tiene consecuencias.
La educación ambiental no puede reducirse a un afiche pegado en la pared. Tiene que convertirse en práctica cotidiana.
Y aquí comienza la responsabilidad de la autoridad. Antes de comprar equipos o anunciar una gran obra, una municipalidad debe saber exactamente qué basura produce su población. No se puede gestionar lo que no se conoce.
Un estudio de caracterización de residuos sólidos permite saber cuánto se genera, qué porcentaje es orgánico, cuánto puede reciclarse y cuánto realmente debe terminar como residuo no aprovechable. Con esa información se pueden diseñar rutas, calcular costos, organizar horarios y dimensionar correctamente la infraestructura.
Después viene la política.
Una política municipal seria necesita ordenanzas claras, campañas efectivas de comunicación y sensibilización, educación, fiscalización, incentivos y continuidad. Las sanciones pueden existir, pero no pueden ser el primer paso. Antes hay que enseñar, acompañar y facilitar.
Una estrategia puerta a puerta, con promotores ambientales capacitados, puede tener más impacto que cientos de carteles. Hay que llegar a las familias, explicar qué separar, cómo hacerlo, cuándo entregar los residuos y qué ocurre después. – Aquí la chamba en los clubes de madres, APAFAS, juntas vecinales -. También hay que premiar al ciudadano que cumple. Incentivos como “Recicla Ya” o un “Tributo Verde” pueden traducirse en descuentos en arbitrios, canjes por plantas o compost y beneficios comerciales. La regla debería ser simple: quien ayuda a mantener limpia la ciudad debe sentir que su esfuerzo cuenta.
Y en esta cadena hay un actor que durante demasiado tiempo hemos preferido no mirar: el reciclador. Miles de personas viven de recuperar aquello que otros desechan. Una política moderna no debería marginarlas, sino incorporarlas. Formalizar, capacitar, vacunar y dotar de equipos de protección personal a las asociaciones de recicladores permitiría convertir una actividad muchas veces informal en un componente organizado del sistema.
Ellos pueden ser parte de la llamada ruta verde, recuperando los materiales que los ciudadanos separan correctamente.

Pero tampoco basta con separar.
Si no existe quién compre el material recuperado, el circuito se rompe. Por eso las municipalidades deben promover alianzas con empresas, comercios e industrias que puedan adquirir plástico, cartón, papel, vidrio y otros materiales valorizables.
Eso es economía circular:que un residuo deje de ser el final de una historia y vuelva a convertirse en materia prima. La infraestructura vendrá después, y debe crecer de acuerdo con la realidad. No tiene sentido construir primero una gran planta y después descubrir que los residuos llegan mezclados.
Se puede comenzar con soluciones sencillas: compostaje de residuos orgánicos en mercados de abastos, centros de acopio, puntos de segregación y pequeñas plantas de selección. Luego, cuando la población responda y el sistema tenga volumen y mercado, se puede avanzar hacia instalaciones mayores.
La lógica debe invertirse.
Primero personas organizadas. Después infraestructura adecuada.
- Una obra sin ciudadanía es apenas una estructura.
- Un camión sin planificación es un gasto.
- Un tacho de colores sin educación es un objeto.
- Y una política sin continuidad es solamente un anuncio.
Por eso, no nos dejemos convencer de que el problema de la basura se resolverá únicamente con promesas de campaña.
Un alcalde puede ordenar el sistema, pero no puede separar nuestra basura por nosotros. El político puede poner las reglas. El municipio puede organizar el servicio. El reciclador puede recuperar el material. La empresa puede comprarlo. La escuela puede educar. Pero la primera decisión sigue siendo nuestra.
La decisión ocurre en la cocina, en la escuela, en el mercado, en el barrio, cuando dejamos de convertir una esquina en botadero. Y también en las urnas, cuando exigimos a quienes buscan gobernarnos que presenten políticas concretas, medibles y sostenibles para gestionar nuestros residuos.
Si queremos cambiar Tarapoto, Moyobamba, Juanjuí y nuestras ciudades de la región, dejemos de pensar que la limpieza pública empieza en el camión.
Empieza mucho antes. Empieza en nosotros.
La transformación no comienza después de las elecciones. Comienza hoy, en casa. Fuentes consultadas: MINAM – MPSM -MPM – MPMC-



