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Rosita, la maestra que recitaba y cantaba

Columna Kuri Anka
Abogada Cristina Del Águila

Hay personas que no ocupan cargos ni salen en los titulares, pero sostienen el tejido de un pueblo. Doña Rosita Elizabeth Bardales García fue una de ellas. Por eso esta columna hace hoy una excepción: no hablaremos del territorio de los mapas, sino del que se construye con gente.

La conocí desde que tengo memoria. Su hijo Lenin, el cuarto de sus hijos, y yo estudiamos juntos desde el kinder, y nuestras mamás, además de buenas amigas, fueron compañeras de aeróbicos. Crecí viendo de cerca a una mujer amigable y empática, con una sonrisa que parecía no cansarse nunca; y ni qué decir para mostrar sus mejores pasos en la pista de baile. Imparable.

Maestra de profesión, enseñaba incluso lejos de la pizarra. Recitaba con una sinceridad que no se aprende en manuales y cantaba con una voz inconfundible, de esas que se reconocen antes de ver a quien canta. Con ese don animaba cada encuentro en la Casa del Maestro, donde integró la directiva en varios periodos, entregando su tiempo a sus colegas sin pedir aplausos.

Con el mismo ánimo participaba en el grupo de aeróbicos de cesantes y jubilados. Y su fe la llevó a la parroquia de Santa Rosa de Morales, al grupo «Seguidores de Jesús el Maestro», un nombre que en ella tenía doble sentido: maestra de oficio, discípula del Maestro.

Solemos medir el bienestar de un departamento en indicadores, y está bien. Pero ninguna gestión del territorio prospera si no hay vecinos que se reúnen, se cuidan y se acompañan. Doña Rosita hizo eso durante décadas: convirtió la jubilación en comunidad, la fe en encuentro y la voz en abrigo.

Ojalá aprendamos de ella. Que, cuando nos toque partir, nos recuerden así: por lo que dimos, cantamos y enseñamos.

Gracias, maestra Rosita.

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