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La transformación digital no eliminó al periodismo: Lo obligó a demostrar todos los días por qué sigue siendo necesario

Periodismo: cada día más difícil, cada vez más necesario

Hay tiempos en que ejercer el periodismo parece una provocación. Preguntar incomoda. Investigar molesta. Fiscalizar genera enemigos. Y contar una verdad que alguien quiere mantener oculta puede tener un precio. Sin embargo, precisamente en esos tiempos, el periodismo se vuelve más necesario.

Durante décadas, la prensa en San Martín ha acompañado el crecimiento de una región que cambió sus caminos, sus ciudades, sus economías y también sus formas de comunicarse. Los periodistas de ayer trabajaban entre papeles, grabadoras, teléfonos y máquinas de escribir; los de hoy lo hacen con cámaras digitales, celulares, transmisiones en vivo y plataformas que convierten una noticia en contenido global en cuestión de segundos.

Cambiaron las herramientas, cambió la velocidad, cambió la audiencia. Lo que no debería cambiar es la responsabilidad de informar.

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha expresado su preocupación por las agresiones e intimidaciones contra periodistas y ha recordado al Estado su obligación de garantizar condiciones seguras para el ejercicio de la libertad de expresión. Cuando un periodista es perseguido por hacer su trabajo, la amenaza no termina en él. También alcanza a la sociedad, que tiene derecho a conocer aquello que ocurre a su alrededor.

Cuando el Estado espía ilegalmente a un periodista, cuando se intenta conocer sus fuentes o cuando se intimida a quien investiga, se produce algo mucho más grave que una vulneración individual. Se instala el miedo. Una fuente deja de hablar. Un denunciante retrocede. Un periodista piensa dos veces antes de publicar. Una investigación se detiene. La democracia puede sobrevivir a una noticia incómoda, pero difícilmente sobrevive a una sociedad acostumbrada al silencio.

Pero defender la libertad de prensa también significa defender la responsabilidad de quien la ejerce. El periodista tiene derechos, pero también deberes. Tiene derecho a preguntar, investigar, proteger sus fuentes y trabajar sin amenazas. Pero tiene el deber de verificar, contrastar, contextualizar, escuchar, rectificar y reconocer sus errores. La libertad no puede convertirse en licencia para difamar, ni la independencia en permiso para abandonar la ética.

En esta profesión, la velocidad nunca debería estar por encima de la verdad. En una época dominada por las redes sociales, donde una publicación puede alcanzar a miles de personas antes de que termine de escribirse una aclaración, es mejor llegar un poco más tarde que equivocarse. Porque una mentira puede ser viral, pero una rectificación difícilmente alcanza la misma velocidad.

Ejercer este oficio con dignidad supone también humildad. El periodista no es dueño de la verdad. Es, en todo caso, un trabajador de ella. Camina, pregunta, escucha, contrasta y vuelve al lugar de los hechos, sin grandes recursos, con salarios modestos, jornadas interminables y, en ocasiones, paga el precio de incomodar. Y aun así, vuelve al día siguiente.

En la Amazonía peruana, las dificultades se multiplican por las distancias, la presencia de economías ilegales y la cercanía entre intereses económicos y poder político. Allí, el periodismo no puede limitarse a transmitir información. Debe entender el territorio, escuchar a sus comunidades y comprender que detrás de cada conflicto existen personas cuya vida puede cambiar después de una publicación.

Por eso, el compromiso social responsable constituye una columna vertebral del periodismo independiente. En territorios complejos como la Amazonía, la relación entre periodista y comunidad deja de ser únicamente la de emisor y audiencia. Se convierte en un pacto de confianza, reciprocidad y defensa mutua.

San Martín conoce ese pacto. Durante las últimas décadas, periodistas y medios regionales han contado sus conflictos, sus avances y sus contradicciones. Han acompañado emergencias, denunciado problemas de infraestructura, puesto sobre la mesa casos de corrupción, contado las historias de agricultores, comunidades y trabajadores, y dado espacio a ciudadanos que difícilmente hubieran encontrado otro lugar para ser escuchados.

La prensa regional también ha tenido que reinventarse. Algunos medios desaparecieron. Otros resistieron. Nuevos proyectos nacieron en las redes. La radio encontró nuevas plataformas. Los periódicos llegaron a las redes sociales. El periodista dejó de esperar al cierre de edición y pasó a convivir con una audiencia que exige información permanente.

Y no es una tarea sencilla. La audiencia puede acceder a miles de contenidos, pero cada vez resulta más difícil distinguir información comprobada de propaganda, opinión o manipulación. En ese escenario, el valor de un medio no está únicamente en ser el primero. Está en ser confiable.

Una sociedad necesita periodistas libres para poder llamarse democrática.

Por eso, el futuro de la prensa no debería medirse únicamente por cantidad de seguidores, visitas o reproducciones. También debe medirse por la confianza que consigue construir. Por las fuentes que protege. Por la capacidad de reconocer un error. Y por la voluntad de seguir preguntando cuando todos los demás han decidido callar.

La prensa sanmartinense ha cambiado porque la sociedad cambió. Y seguirá cambiando. Habrá nuevas plataformas, nuevas tecnologías, nuevas formas de contar historias y, probablemente, nuevas amenazas. Pero el desafío esencial permanecerá intacto: informar sin someterse, sin miedo; criticar sin destruir y ejercer la libertad sin abandonar la ética.

Porque el periodismo no está para complacer al poder. Tampoco para perseguirlo. Está para vigilarlo. No está para fabricar verdades. Está para buscarlas. No está para hablar por las comunidades. Está para ayudarlas a ser escuchadas.

Y quizá esa sea la razón por la que, pese a todas sus dificultades, este oficio continúa siendo necesario…

¡Feliz Día del Periodista!

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