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Las chicharras del pasado

Artículo de Roberto Medina

La mañana nació luminosa y encendida. Desde muy temprano, el canto vibrante de las chicharras se adueñó del monte, trayendo consigo la promesa implícita de un calor sofocante. En un rincón de la casa en Chirapa, en una mañana de setiembre, buscando la caricia de los primeros rayos de sol, Panchín se acurrucaba dentro de su polera. Para él, aquel concierto agudo no era una molestia, sino un almanaque natural: anunciaba el inicio de un verano amazónico, denso y prolongado, de esos que transforman el paisaje de la selva peruana.

Al cerrar los ojos, el sonido de los insectos se convirtió en un puente hacia el pasado. Se vio a sí mismo años atrás, en los tiempos del Chumía, parado a orillas del río Huallaga con la tarrafa en la mano. Aquel día, la corriente trajo un desafío monumental: un zúngaro descomunal que, al morder el anzuelo, tensó el cordel al límite de su resistencia.

La orilla entera se convirtió en testigo de la batalla. Bajo el sol implacable, el enorme pez tiraba con la fuerza de un monstruo de las profundidades, haciendo sudar a Panchín a más no poder. En medio de la incertidumbre, la estrategia se redujo a la paciencia y a la resistencia física: había que aguantar, tensar y aflojar, cansar al gigante antes de intentar sacarlo de su dominio acuático. Fue una lucha palmo a palmo, saltando sobre las piedras resbaladizas y uniendo fuerzas con los amigos que acudieron al rescate. Finalmente, el zúngaro, agotado de batallar contra la corriente y los hombres, cedió.

—Era un bicho monstruoso, liso y enorme. De esos que, si te los encuentras nadando, te hacen salir corriendo del agua —recordaba Francisco del Castillo, soltando una carcajada limpia que resonó en la casa.

Aquel episodio ocurrió en una tarde de junio, en plena mijaneada, cuando el río se llena de peces y los hombres desafían al sol parados sobre las rocas. Tras la captura, empezó el ritual: tasajear el pescado en la misma orilla, repartir filetes generosos entre quienes ayudaron en la faena y reservar el resto para la venta. Eran épocas de jolgorio, de tertulias largas al borde del agua y de celebraciones intensas donde el respeto nunca se perdía.

De vuelta al presente, bajo el murmullo constante de las chicharras de Chirapa, el eximio mandolinista sonríe. Su vida actual transcurre en una paz profunda, pero sazonada por la memoria de esos años intensos. Son crónicas de un hombre humilde y trabajador que dejó huella en cada pueblo donde vivió; relatos que hoy habitan en la mente de sus hijos, nietos y bisnietos, quienes, sin haber estado allí, conocen el Huallaga y al gran zúngaro a través de la viva voz de su patriarca.

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