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Machete, fósforo y lúpulo: el caluroso septiembre de 1990

Aquel sábado por la mañana, en septiembre de 1990, el sol irradiaba con una fuerza implacable, calentando las cabezas sin la menor contemplación. Cobijados bajo el ramadón de la casona del jirón Sofía Delgado, Panchín le propuso a Roberto Carlos una jornada de brega: ir a despejar y cultivar el terreno de la tía Marthita, empotrado en la parte alta del proyecto Huallaga, en el sector Coperholta. 

El muchacho aceptó de buena gana el desafío de su abuelo y recibió la valisha destinada para su faena. Ni corto ni perezoso, pidió permiso al viejo para usar la piedra de afilar, la más granítica y noble de las tres que reposaban en el patio. Panchín, haciendo gala de su vieja destreza con el acero, hizo lo propio hasta dejar ambos machetes con un filo temible. Cumplido el ritual, el viejo preparó su morral con una botella de agua y una caja de fósforos, y junto a su nieto emprendió la marcha hacia las alturas de Tarapoto.

A las nueve de la mañana el calor ya era un fuego líquido en el cuerpo. Al arribar al predio, se toparon con una muralla verde: un espeso entramado de maleza y grama brava que superaba con holgura los dos metros de altura.

Panchín, con el lomo curtido de mil batallas chacareras, se entregó al golpe del machete. Roberto Carlos intentó emular el ritmo vigoroso del anciano, pero el terreno no tardó en doblegarlo. Escondido bajo la maleza, un denso colchón de hojas secas saboteaba cada avance, y las hojas de la grama, provistas de filosas púas en los costados, le rasgaban los brazos sin piedad.

Tras una hora de extenuante faena, agobiado por el sol abrasador y la fatiga, Roberto Carlos tomó una decisión desesperada. Aprovechando un descuido de Panchín —aquel viejo «todo terreno» que parecía no conocer el cansancio—, extrajo la caja de fósforos, encendió un palillo y lo arrojó sobre la hojarasca. En cuestión de segundos, la chispa desató un siniestro de proporciones dantescas.

 Horrorizados ante la furia implacable del fuego, ambos se despojaron de las camisetas para sofocar las llamas, pero el esfuerzo fue inútil. Viendo el avance infernal del incendio y su alarmante proximidad a una vivienda vecina, la resistencia se transformó en retirada. Corrieron por sus vidas; quedarse significaba morir atrapados en el corazón de la pira. Con los pulmones anegados por un humo denso y la culpa mordiéndoles los talones, huyeron a paso doble, sin mirar atrás, rogando que nadie los identificara como los autores del desastre.

Al amparo de la sala en Sofía Delgado, desplomados sobre los gastados sillones, el viejo rompió el silencio con la voz trémula:

—¿Cómo se te ocurre prender fuego así, muchacho? Dios quiera que las llamas no hayan alcanzado la casa.

—Yo también lo espero, abuelo… si no, terminaremos en la cárcel —respondió Roberto Carlos, con el miedo helándole la sangre.

Panchín, buscando ahogar el pánico, recordó que guardaba seis cervezas en la refrigeradora. El joven sacó la primera botella y, al lado de su abuelo, inauguró la que sería su primera borrachera a los quince años. Corrió la segunda, la tercera, la cuarta, la quinta y la última. Se bebieron hasta la última gota de cebada y lúpulo, aguardando en un estado de vigilia paranoica la llega de los policías, mientras imaginaban la peor de las tragedias: los vecinos atrapados en el incendio que ellos, por pura fatiga y pereza, habían provocado.

La mañana del domingo amaneció en un silencio sepulcral. Los días subsiguientes transcurrieron en una tensa calma y, contra todo pronóstico, la policía jamás llamó a la puerta. Consumido por la incertidumbre, Roberto Carlos le propuso al viejo regresar a la escena del crimen. Con el corazón en un hilo, desandaron el camino hacia el terreno de Marthita, temiendo enfrentarse a las cenizas de una desgracia. Sin embargo, al coronar la colina, el paisaje los recibió con un milagro: la vivienda vecina seguía erguida, intacta, y el fuego se había extinguido por sí solo a escaso un metro de sus paredes sin rozar la estructura.

Al contemplar la madera a salvo, los dos respiraron al fin y exclamaron con el alma en un hilo:

—¡De la que nos salvamos!

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