El sol cae sobre nosotros como si el cielo hubiera olvidado la lluvia. Abrimos las ventanas, encendemos los ventiladores y buscamos una brisa que parece haberse mudado sin dejar dirección. Hace tanto calor que hasta las ideas buscan sombra.
Hace poco publiqué una fotografía bromeando con que había muerto y estaba en el infierno, buscando a algunos conocidos. Viéndolo bien, quizá no estaba tan equivocada. Este octubre, Tarapoto parece tener sucursal del averno, con temperaturas que no necesitan filtros para parecer infernales.
Aquí el calor no discrimina. No pregunta cuánto ganas, qué apellido llevas ni si tienes la cuenta bancaria en azul o en rojo. Nos achicharra por igual. Y en esta batalla por no derretirnos, encontrar un arbolito donde estacionar la moto se ha convertido en una bendición. Si hay sombra, hay esperanza. ¡Bendito árbol! Por unos minutos, ese pedacito de frescura vale más que muchos lujos.
Lo curioso es que celebramos su sombra mientras, en otros lugares, los árboles se convierten en humo.
El SENAMHI reportó 40,8 °C en Tingo de Ponaza el 6 de octubre. No es una exageración de quienes sentimos que el pavimento nos quiere cocinar a fuego lento. Son temperaturas extremas que merecen atención, no solamente memes y quejas frente al ventilador.
Mientras nosotros buscamos sombra, nuestros bosques pierden la suya. Los incendios forestales destruyen árboles, deterioran ecosistemas y obligan a los animales a huir de un hogar convertido en una trampa de fuego. ¿Adónde va el animal que pierde su refugio? No puede alquilar un departamento ni mudarse por voluntad propia. Huye como puede; muchos ni siquiera consiguen escapar.
Y, sin embargo, todavía hay personas que queman maleza como si fuera una práctica inofensiva o hasta una especie de ritual para llamar a las lluvias. Como si el humo pudiera negociar con el cielo. ¡Qué contradicción! Prendemos fuego a la vegetación y después esperamos que la naturaleza nos premie con agua.
Las tradiciones merecen respeto, pero ninguna costumbre justifica poner en riesgo la vida. Una quema irresponsable puede desencadenar incendios que amenazan bosques, viviendas, animales y personas.
Los bomberos de Tarapoto han advertido que atienden entre tres y cuatro incendios forestales al día. Mientras algunos encienden un fósforo sin medir las consecuencias, otros arriesgan su integridad enfrentándose a las llamas bajo temperaturas extremas. ¿No debería hacernos pensar?
El problema no es solamente el fuego. También es la indiferencia, la falta de educación ambiental y esa peligrosa costumbre de actuar como si los recursos naturales fueran infinitos y las consecuencias siempre fueran responsabilidad de alguien más.
No se trata de afirmar que cada día caluroso sea consecuencia directa de un incendio: el clima responde a múltiples factores. Pero destruir nuestros bosques deteriora ecosistemas esenciales y agrava nuestra vulnerabilidad ambiental.
Lo que sucede no es una broma para compartir en redes sociales ni una anécdota que olvidaremos cuando llegue la próxima lluvia. Las temperaturas extremas y los incendios forestales deben ser prioridad. Necesitamos prevención, educación ambiental, vigilancia y autoridades que trabajen junto con una ciudadanía consciente.
También necesitamos dejar de normalizar las quemas irresponsables. Que todos los años haya incendios no significa que debamos aceptarlos como parte del paisaje. Cuidar la naturaleza no es una tarea exclusiva de las instituciones: comienza también con nuestras decisiones.
Quizá mañana volvamos a buscar ese arbolito salvador para estacionar la moto. Ojalá recordemos que los árboles no son simples accesorios para proteger nuestros vehículos del sol.
Porque cuando hayamos quemado demasiados bosques, no bastará con quejarnos del calor. No habrá sombra suficiente para todos, ni ventilador capaz de devolvernos lo destruido, ni lluvia que borre de inmediato las heridas de un bosque calcinado.
Y quizá entonces comprendamos que el infierno no era solamente ese calor que nos hacía sudar hasta el pensamiento, sino también nuestra indiferencia mientras se quemaba la casa de todos.
San Martín ya está suficientemente caliente. No echemos más leña al fuego, que esto ya está que arde.
Con Aroma a Café: una reflexión para saborear despacio, aunque afuera el mundo se nos tueste.



